sábado, 9 de mayo de 2026

 

 




 

 

La unidad autónoma, comandada por IA, se desplaza con sigilo al amparo de la noche. Sabe hacia dónde debe dirigirse y una vez alcanzado el objetivo, buscará la ubicación más propicia para comenzar su tarea de observar. Lo captado se procesa en tiempo real y de acuerdo al resultado, el autómata permanecerá en el lugar o deberá desplazarse. La propiedad del violento narcotraficante está localizada en las inmediaciones del gran desierto y es fruto de una vigilancia continua, a cargo de un experimento de las fuerzas del orden federales.

El proyecto Merodeador, como se lo conoce de un modo más simplificado, está integrado por un verdadero enjambre de dispositivos interconectados y a las órdenes de un poderoso sistema computacional. Él decide la clase de datos requeridos, que pueden arribar de medios aéreos, terrestres o acuáticos, en solitario o combinados. Efectuado el análisis, se emiten conclusiones, que no cesan de actualizarse. Las extensiones desplegadas en el lugar, aguardan el tiempo necesario para ejecutar su labor. Si la energía se agota antes concluirla, son reemplazadas por otras que ya disponen de todo lo recabado. El volver a empezar está descartado. Este sistema es incapaz de ejecutar ataques por si solo. Eso corresponde al siguiente paso tecnológico.

El territorio donde todo transcurre formó parte hace unos dos siglos atrás, de los dominios propios de la confederación indígena iroquesa. Uno de sus integrantes, adquirió reconocimiento y una trascendencia que perdura, gracias a sus destacadas habilidades para seguir, ocultarse y observar a quienes eran considerados enemigos. Ello fue descrito en detalle por un religioso que supo ganarse la confianza del sujeto. Aquellos relatos, preservados en formato bibliográfico, fueron alcanzados por un agente de la ley, ávido lector de material relacionado con los movimientos migratorios que se desplazaban hacia el Oeste. Integrante de la operación actual, trasladó lo encontrado a los coordinadores del programa y todo ese bagaje terminó volcado en la IA. Era como si Okwari (oso, en lengua Mohawk), estuviera repitiendo sus andanzas pero esta vez, bajo la forma de artefactos conformados por carbono, litio, plásticos y silicio.

No tomó demasiado tiempo comenzar a diagramar un mapa minucioso con la cantidad de individuos detectados, sus patrones de movimiento y los reiterados hábitos del objetivo máximo. Se sumaban, además, los probables escenarios a enfrentar durante el ingreso, ordenados desde el óptimo hasta el más factible y violento.

Okwari se mantenía a distancia segura del grupo de carretas que trasladaba a los colonos y de su fuerte custodia, integrada por una recua de antiguos bandoleros y soldados. Durante el día, su presencia podía ser detectada y en determinados momentos, acometía rápidas retiradas en respuesta a los jinetes que se desprendían a todo galope, en su dirección. Bastaban un par de millas, para que la escena llegara a su fin. Alguna vez, se encontró sorprendido por el disparo de alguien provisto con un arma de largo alcance. No obstante, era durante la noche cuando su técnica cobraba sentido. Cómo desplazarse, mantenerse al resguardo de las sombras y emplear todo lo que estuviera próximo para permanecer oculto, eran únicos en él. Luego, lo registrado en cada acción era expuesto a su grupo y se decidían los pasos a seguir.  

La agrupación de ataque se dispuso para el ingreso. Autómatas humanoides y otros, que se desplazan sobre las cuatro extremidades, integran la partida. Funcionan como apoyo, transportando implementos y ante la urgencia, se anteponen como escudos o son los primeros en exhibirse en encrucijadas complejas. Dos de ellos, se desempeñan como verdaderas centrales de comunicación móviles, permitiendo el enlace con el exterior y asegurando asì, el intercambio de información. Las unidades de observación, plenamente activas, aportan todo lo relacionado con los desplazamientos del enemigo en el exterior.

Las seguidillas de disparos de las armas automáticas se intercalan con explosiones. Cargas ubicadas de manera estratégica en el interior, intentar frenar la embestida de los elementos de seguridad. Las unidades externas mantienen el foco en la construcción y sus inmediaciones. Un bípedo, en cambio, dirige de manera persistente, su atención hacia zonas ubicadas a media distancia del conflicto. La existencia de una vía de escape se encuentra contemplada pero se desconoce su localización. La IA recibe la información, la compara con la referida a las experiencias de Okwari y dictamina dos posibles emplazamientos para su abertura. Transfiere la información y se toman los recaudos. Drones artillados con capacidad de vuelo, esperan la señal. El estallido delata el lugar de la salida. La galería, perfectamente construida, ha permanecido bloqueada en el último tramo para no alterar el paisaje. Los drones son lanzados de inmediato e instantes después, someten a quienes emergen e intentan ganar distancia. Al concluir y evaluar los hechos, el número de bajas y heridos entre los atacantes es mínimo, comparado con el exterminio casi total de los delincuentes.

La etapa donde las operaciones se planean y ejecutan bajo la íntegra responsabilidad de complejisimas operaciones matemáticas corriendo a la velocidad de la luz, se encuentra en sus albores. Las conjeturas acerca de las luces y sombras que esto trae consigo, no paran de contraponerse. Gane quien gane en la dialéctica, sólo algo importa. No pasará demasiado tiempo para que lo mencionado se transforme, en una realidad perfectamente palpable.  

 

 

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