jueves, 20 de junio de 2024


El espíritu de la montaña

Esa mañana se paseaba particularmente inquieto. No paraba de ir y venir, recorriendo la alta cumbre congelada, con la visión casi detenida en lo que ocurría en uno de los valles que conforman la base de la imponente mole natural. Habían comenzado las obras que darían origen al primero de los múltiples túneles que, progresivamente, irían conectando las sucesivas depresiones y con ello, a cada una de las poblaciones allí asentadas. La nueva ruta reduciría de manera notable los tiempos y riesgos provocados por el uso de los vetustos caminos tradicionales que permiten la interconexión entre los vecinos… 

No se trata de un ser de gigantescas proporciones, como su título permite suponerlo, ni tampoco diminuto y según ello, dotado de mal caracter. Es más bien apacible y gustoso de la contemplación. No obstante, cuando observa que algo pueda o directamente afecte, el delicado equilibrio del ambiente y en especial, el de sus preciadas alturas, puede ofuscarse y llegar, incluso, hasta el mayor de los enojos. Se desplaza únicamente cubierto por una especie de taparrabos y como podría esperarse, descalzo. No experimenta mayor placer que sentirse cubierto por el gélido frío y retirar, cada tanto, dando suaves golpes, la capa de hielo que no cesa en su intento de querer conformarse sobre su anatomía…

El espíritu ama a quien ama la montaña. En más de una oportunidad ha intervenido ayudando, por ejemplo, a escaladores extraviados. No han sido pocos los que, sorprendidos por los violentos cambios de las condiciones climáticas, propios de las grandes alturas, terminan inmersos en una gruesa nubosidad que impide moverse con certeza y peor aún, comenzar a ser castigados por copiosas precipitaciones. Algunos de estos perdidos aseguran haber escuchado voces o hasta gritos, que les han permitido alcanzar un resguardo seguro. Lo más desgarrador que ha experimentado es no haber llegado a tiempo en la asistencia. Un par de andinistas terminaron falleciendo entre sus brazos. Totalmente debilitados por el esfuerzo y sometidos al intenso frío y la altura, fueron hallados desfallecientes y no había nada más que hacer... 

Seguía contemplando con desconfianza las obras incipientes. Dado que permanece allí desde hace un tiempo indeterminado, conoce con precisión cada punto de fragilidad estructural que presenta la montaña. El hielo, formado por el acúmulo, la temperatura y la compresión del agua caída, se dispone formando glaciares o bien extendido y siendo parte del suelo congelado. Basta con saber dónde golpear en el primer caso, para que una destructiva avalancha arrase con todo a su paso. Solo es cuestión de esperar la retirada de los obreros y en minutos, el incipiente obrador será historia. Pero antes de proceder, se decide por averiguar un poco más y no hay mejor forma que a través de un viejo compañero como el espíritu del valle. Con las últimas horas de luz, se pone en marcha para su encuentro… 

El contraste entre ambos es muy llamativo. Comparten la especie de taparrabos que los cubre, pero mientras que en uno predominan diversas tonalidades de verde y marrón, en el otro, el blanco níveo está presente de pies a cabeza. Se saludan de manera afectuosa y del mismo modo, intercambian las primeras impresiones. Hace un tiempo prolongado que no se reúnen y la vez anterior, fue en la altura, algo que no agrada demasiado a quien vive entre suaves hondonadas y espacios llanos. La conversación se tornó adusta por parte del montañés cuando consultó sobre las obras que se estaban realizando. Su expresión volvió a recuperar la calma después de la explicación brindada por el allí residente. Si bien era algo que modificaba lo natural, el espíritu del valle venía acompañado todo lo realizado desde sus comienzos y se mostraba conforme con el modo con que se llevaba adelante la ejecución. El nivel de deterioro era el mínimo posible y las ventajas para los humanos eran incontrastables. Y teniendo en cuenta esto último, era muy probable que no vayan a cesar en su intento de querer ejecutarla, a pesar de cualquier inconveniente que surgiera. El espíritu de la montaña, conforme con lo oído, se despidió con la misma amabilidad inicial y comenzó con el ascenso. La elevada temperatura del valle le resultaba una verdadera molestia, aunque jamás lo expresaría en voz alta ante su amigo… 

Nuevamente en lo alto, volvió al habitual sosiego y contemplación. Sonrió, al cruzar con la mirada, a jóvenes polluelos de águila realizando los primeros aleteos en el nido. Varias generaciones de dicha ave lo habían ocupado y seguiría así, probablemente, por otro tanto…  

El espíritu del clima detuvo su habitual tránsito por el aire, lo saludó y entre comentarios, deslizó el inminente inicio de varios días sucesivos, a pleno sol. Conocía los gustos del sempiterno compadre. El espíritu de la montaña agradeció por la noticia y se dispuso a disfrutarlos. Los primeros rayos de la nueva jornada lo encontraron de pie, recibiéndolos, con una placentera sonrisa en el rostro… 


Avalancha

I 

Con las provisiones suficientes como para tres días y las misivas en sus correspondientes alforjas, lleva horas marchando por el terreno congelado. Ha dejado atrás la bestia que lo transportaba y si todo transcurre según lo esperable, alcanzará el destino con las últimas luces del día venidero. Desde hace un tiempo se decidió que cubrir este trayecto solo con el esfuerzo personal, es lo más adecuado. Las condiciones del suelo en esta época del año, sumadas a la geografía del lugar, convierten a los animales de carga en un inconveniente más que en una ventaja. Entre los riesgos menos deseados y que se potencian por la soledad aparecen los traumatismos invalidantes, ocasionados básicamente por caídas y los esguinces o torceduras. A lo largo del tiempo y como ejemplos de tal peligrosidad, se encuentran los decesos casi consecutivos de dos emisarios. Los ataques ocasionados por humanos o animales salvajes en este lugar, aunque no imposible, son bastante remotos. 

Va calzado con raquetas de nieve y sobre el trineo que arrastra, descansan un par de esquís y los correspondientes bastones. El esfuerzo se incrementa por el leve pero constante ascenso. A partir de cierto momento, el déficit de oxígeno y el incrementado descenso de la temperatura ambiente, sumarán lo suyo. Uno de sus antepasados formó parte de quienes aportaron conocimiento y experiencia para el diagramado de la actual traza. 

El primer día transcurre sin novedades. Alcanza la mínima construcción que oficia de refugio. La ausencia de nevadas recientes no complica de manera adicional el acceso. En el interior, enciende el fuego revitalizador. La cena es abundante; necesaria para reponer las energías y asegurar el calor corporal. Jarra de café en mano y casi sin poder dejar de pensar en el sueño reparador, entreabre momentáneamente la puerta y contempla el maravilloso espectáculo de la aurora celestial. 

Al día siguiente y a poco de iniciar la marcha, se topa con las consecuencias de una avalancha. Automáticamente, piensa que no llegará a destino de acuerdo a lo planeado. Rodearla sumará tiempo y distancia. A medida que se mueve, de manera paralela y descendente, no deja de observarla. De la masa informe de hielo y nieve, emergen restos vegetales y fragmentos de rocas, algunos de muy generosas dimensiones. Pensar en la violencia con la que desciende, arremetiendo contra todo a su paso, simplemente estremece. Tuvo la oportunidad de presenciar a la distancia, el dantesco espectáculo. El ruido que se genera durante el avance, resulta, por momentos, ensordecedor. Se encuentra tentado, en un par de ocasiones, de probar atravesarla, pero conoce de la presencia de espacios huecos y filos, ocultos por el manto blanco y se detiene. Finalmente, alcanza los últimos indicios, a los que rodea y comienza la remontada. Antes de alcanzar la ruta, todavía distante, visualiza una pequeña excavación natural en la pared rocosa y se instala. 

Esa noche, el frío va a ser particularmente inclemente debido a la pobre protección. Es muy probable que el amanecer lo encuentre con indicios de hipotermia. Come hasta casi el hartazgo. Frijoles enlatados, huevos y carne de cerdo deshidratada en sal, circulan una y otra vez por el plato. Los últimos leños son empleados para un café nocturno, la última bebida caliente hasta el arribo. Sabe que no puede dormirse profundamente y que deberá realizar movimientos cada cierto tiempo, para no quedar entumecido. El consumo de alcohol es reducido hasta lo imprescindible. Aunque al comienzo se presenta como adecuado para combatir el enfriamiento, las consecuencias de una ingesta excesiva pueden resultar fatales. Ha visto con sus propios ojos esto último, en varias ocasiones. 

Con las primeras luces del alba, inicia una marcha lenta y algo falta en la coordinación. Con el tránsito, ya a ritmo, alcanza la posta. Despojado de lo necesario para el desplazamiento en la montaña y sobre la cabalgadura, se dirige al poblado. A la mañana siguiente y de manera segura, entrega lo portado en la oficina de su empleador.

II

Transcurren el tiempo y los viajes. Se va aproximando el momento durante el cual los mismos se detienen, por la peligrosidad que genera el descongelamiento. 

Un desconocido se acerca al empleado de correo, quien se encuentra en sus días de descanso. Solicita sus servicios como guía para realizar el recorrido y ofrece, a cambio, un pago generoso. El abordado lo rechaza, señalándole, que él no realiza tal actividad. Le nombra, eso sí, a quién lo tiene por tarea. El desconocido expresa que le ha sido recomendado en tres ocasiones diferentes por su vasta experiencia, pero, así y todo, no logra convencerlo. La empresa para quien trabaja, tiene por costumbre tentar de esta manera a los empleados y comprobar, así, su lealtad. El operador del correo lo sabe. 

Con todo listo para la nueva partida, al acercarse a retirar las encomiendas, se encuentra con el extraño en la oficina, quien ha terminado de despachar documentación. Le informan que será acompañado por el cliente, a modo de excepción, debido al elevado valor de los papeles en tránsito. Sin más alternativas que aceptar y antes de partir, se dejan en claro las condiciones de responsabilidad en caso de accidente o deceso. Momentos después, se encuentran en movimiento. 

Con todo lo necesario para la marcha pedestre, dejan atrás la posta y avanzan a buen ritmo. Siendo dos perfectos desconocidos, el silencio y el recelo entre ambos es permanente. Hacen noche en el refugio reacondicionado, después de ser alcanzado por un deslizamiento. Si el impacto hubiese dado de lleno, solo los restos, sin emerger del suelo, habrían permanecido en su lugar. 

Mientras transcurre el avance, en horas de la mañana, se produce un inesperado ataque. La suma de varios errores transforma a los atacantes en víctimas en poco tiempo. Inexpertos en la alta montaña y confiados en la cantidad y el gatillo fácil, emprenden la agresión donde no es aconsejable. El entorno, producto de las temperaturas no tan extremas, se encuentra bastante inestable. Los caballos avanzan enterrándose; comienzan a disparar desde lejos y con ello, se ponen en evidencia con bastante anticipación. El empleado del correo extrae un rifle, oculto entre las pertenencias dispuestas en el trineo y ejecuta a un bandolero; el acompañante extrae una pistola de entre sus prendas a gran velocidad y momentos después, otros dos malvivientes yacen en el suelo. Los tres restantes, aturdidos por la violenta respuesta, refrenan el ataque.

Un trueno lejano en las alturas, acompañado por la incipiente vibración del suelo, evidenció el inicio. Se hallan transitando una fracción despejada del terreno y a unos centenares de metros por delante, emergen generosas salientes rocosas. 

- “A correr”, grita quién conduce a la pareja. Mientras se desplazaban, el trineo, arrastrado por ambos, da tumbos en todos los sentidos. Los agresores, todavía apabullados, reaccionan de mala manera ante la situación. Una especie de nube rasante avanza a gran velocidad. Se encuentran casi en el centro de su trayectoria y entre alaridos de desesperación, buscan retroceder, pero es tarde. 

El dúo alcanza la protección con lo justo. Una violenta ventisca, cargada de finos trozos de hielo y nieve, terminó envolviéndolo todo. El estrépito que se produce es tan atronador, que obliga a cubrirse los oídos. Gritos de terror se escapan de manera absolutamente incontrolable de ambas gargantas. Finalmente, todo cesa y un silencio y quietud absolutos, se hacen amos y señores del paisaje.  

Con las últimas horas del día, alcanzan la anhelada posta y a la tarde siguiente, la oficina de correos de destino. Deciden, de común acuerdo, no hacer denuncia alguna. El hallazgo de los cuerpos o que alguien reclame sobre el paradero de los atracadores, es improbable. 

El acompañante retira oficialmente su encomienda, estrecha la mano con quien viajara y se retira. 

El empleado de correo, mientras va en busca de un merecido descanso, piensa que ignora el porqué del ataque y más cercano aún, el nombre de quien lo acompañó. 

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