viernes, 1 de mayo de 2026

 

 


 

 

Había concluido la ingesta de grandes tiras asadas de carne grasienta y las primeras notas de sueño, comenzaban a sonar en su cabeza. La jornada había sido larga y extenuante. La presa, una vez apartada de la manada, fue sometida a una continua persecución y hostigamiento, buscando conducirla hacia el sitio que se terminaría transformando en una trampa mortal. Sus restos descansaban en el interior de la gélida cueva, apartados del fuego que proporcionaba luz y calor y con ello, cobijo, comida caliente y protección contra las fieras. El individuo gozaba de buena salud y una edad cercana a los treinta años, un verdadero logro para la época.

La hoguera y la acurrucada figura se ubicaban cerca de la abertura. Asì, evitaba la intoxicación con el humo y se podía atender de manera temprana, cualquier movimiento o ruido inesperado. La cantidad de leña acumulada, garantizaba el combustible suficiente para el resto de la noche. El neandertal se sentía satisfecho y antes de cerrar los ojos, dedicó una detenida mirada hacia los cielos. No dejaba de maravillarse con el grandioso espectáculo de las alturas colmadas con infinitos puntos luminosos. Por la mañana, acomodaría de la mejor manera posible el alimento y partiría hacia el encuentro del clan.

Era tiempo de comenzar el retorno. Aseguró sobre sí la carga y antes de iniciar la caminata, contempló por unos momentos, los signos y figuras presentes en las paredes. Algunos, de su autoría, no eran más que garabatos, producto de las fallas de los elementos para realizarlos o de las mezclas equivocas de pigmentos. Los demás, intentaban plasmar el entorno o aquello que tuviera un valor emocional.

Se movía con agilidad, a pesar del peso extra. Los sectores con nieve profunda se hacían sentir y refrenaban la marcha. Quería arribar durante las horas de luz. La oscuridad terminaba transformándose en una verdadera trampa consecuencia de la intensidad del frío y el acecho de los depredadores. Buscaba los espacios abiertos pero no muy alejados de las arboledas ni las elevaciones. Siempre alerta, giraba la cabeza en todos los sentidos con regularidad, prestaba atención a los sonidos y realizaba profundas y regulares inhalaciones. El intenso jadeo hablaba del duro ritmo que intentaba sostener.

Los ojos permanecían prácticamente cerrados. Lo diáfano del día y el intenso reflejo sobre el manto blanco, lo obligaban a ello. Cuando una lágrima intentaba deslizarse, rápidamente era escurrida con el revés de la mano. Se debía evitar el dañino congelamiento. El temor más grande que lo embargaba, provenía de algo inusual. Últimamente, los despojos de ciertas presas incluidos humanos, daban evidentes muestras de canibalismo. Animales como el lobo por ejemplo, presentan ciertos patrones conocidos al emprender un ataque y eso otorga alguna ventaja, cuando se perciben con suficiente antelación. El hombre, en cambio, puede improvisar y contra eso, no hay anticipación posible. El juego de pisadas inmediato a las víctimas, hablaba de dos individuos presentes, en los hechos mencionados. 

El sitio de residencia del grupo se encontraba próximo. Las señales de agotamiento eran cada vez mayores pero el desplazamiento sin mayores novedades que las improntas de huellas antiguas, algún que otro resbalón o el depósito del pie en un pequeño hueco cubierto por hielo quebradizo, parecía insuflar bocanadas de energía. Se preguntó acerca de la suerte de los otros cazadores. Con resultados míseros o infructuosos, los miembros del clan estaban dependiendo de su aporte para la supervivencia. Pronto, podría comprobarlo.

Los dos individuos que salieron a su encuentro, se encontraban al amparo de densos arbustos. Sus rasgos embrutecidos y un aspecto visiblemente descuidado, transmitían una elevada peligrosidad. El neandertal intentó dirigirse hacia unas salientes rocosas, procurando ganar algo de resguardo. Los oportunistas, conocedores de mil y una estrategias de evasión, se adelantaron presurosos e interrumpieron el desesperado avance. La situación se tornó muy compleja. El atacado comprendió que no quedaba otra alternativa que el enfrentamiento y se dispuso para ello.

Los sujetos se abrieron en forma de abanico y arremetieron al unísono. El neandertal se despojó de la carga y comenzó a moverse, sin alejarse demasiado de ella. El mayor porte de quienes estaban enfrente, era el responsable de una cierta torpeza en los movimientos pero a la vez, la violencia con la que golpeaban era portentosa. El neandertal pudo comprobarlo al detener a duras penas, los primeros garrotazos. Las escasas fuerzas mermaban a gran velocidad y sus acciones parecían no hacer mella en los agresores. Percatándose de la progresiva debilidad, empezaron a lanzar con mayor ímpetu, los intentos de asestarle.

El cráneo del neandertal recibió el impacto de la porción final del grueso madero, gracias a un instintivo movimiento que impidió la completa y fatal colisión. El aturdimiento fue instantáneo, los brazos se aflojaron y todo comenzó moverse delante de sus ojos, de manera descoordinada. Cuando los atacantes se disponían a rematar la tarea, los gritos y las veloces carreras de dos jóvenes individuos, frenaron la acción. Instantes después, todo pasó a ser gruñidos, puntazos, quebradura de huesos y sangre manando por múltiples heridas. El neandertal, algo repuesto, se sumó a la pelea, que concluyó con los bárbaros fallecidos y traumatismos varios en los sobrevivientes. Las mujeres, que observaban a cierta distancia, mientras guarnecían con sus cuerpos a los pequeños, se acercaron para brindar ayuda.

El grupo cuenta con el alimento suficiente para aguardar tranquilos, la culminación del níveo temporal. Todos se asignan tareas, de acuerdo al sexo y la mayor o menor habilidad para el manejo de utensilios y herramientas. Trabajar el cuero curtido, dar la forma requerida a piedras y huesos, ocupan la mayor parte del tiempo. Solo un integrante dedica una parte del suyo, a observar y luego querer reproducir lo transmitido, en la compacta pared de piedra que los cobija.

 

 

 

 

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