jueves, 13 de junio de 2024


Quiero tu alma

Aroldo

El diablejo, surgido de lo más profundo del averno, tenía una sola obsesión y desde hacía unos días, Aroldo, padecía sus consecuencias. Empujones, tropiezos, la sensación de uñas o dientes clavados y seguido, una serie de tironeos, no hacían más que complicar su existencia. Ocurrían en cualquier circunstancia y en algunos casos, la intensidad era tal, que terminaba adoptando posturas ridículas y hasta incluso, caídas. En un par de ocasiones, fue consultado por terceros sobre su estado de salud. El diablejo quería, a toda costa, apoderarse del alma de Aroldo. 

Estos siniestros personajes se encargan de llevar a cabo la recolección de espíritus. Se les asigna el candidato y a partir de entonces, deben esperar hasta el momento del deceso para realizar la tarea. En este caso, parece tratarse de alguien bastante atropellado y de estar empecinado en querer cumplir con el encargo, antes de lo previsto. Las consecuencias para la víctima de tal inoportuna decisión están a la vista. 

El ser infernal es imperceptible a los ojos humanos por lo que Aroldo solo puede experimentar los efectos de sus intenciones. Ignorando completamente el origen de lo sufrido, realizó un par de consultas médicas, que no arrojaron una posible luz explicativa. Su vida continúa, desde entonces, conviviendo de la mejor manera posible con el nuevo cuadro de situaciones. Hasta el dormir se ha transformado en una verdadera calamidad. Trata, si puede, de no golpear a nadie y para consigo, de lesionarse lo menos posible. 

El diablejo no entiende razones para terminar con sus intentos. A pesar de las reiteradas visitas que le advierten sobre el precio a pagar si no se detiene, no hay caso. Insiste e insiste, sin claudicar. Según él, la víctima adeuda demasiado como para esperar hasta el fallecimiento. 

El acento de Aroldo delata su origen extranjero. La convivencia pacífica como un vecino más desde hace décadas, mantiene a salvo su primitiva identidad de ex jerarca militar, a cargo de uno de los campos de exterminio con mayor número de víctimas en su haber. Aroldo sigue con su vida actual de oficinista ignoto, sin comprender el por qué, de todo el padecimiento. 

El diablejo

No le importó durante las advertencias y sigue sin importarle, a pesar que lo anunciado se hizo realidad. Relevado, probablemente de manera indefinida, del traslado de las almas de aquellos que ya muertos, alcanzaron los méritos suficientes como para ganarse la mortificación eterna, cumple sin reniegos el nuevo y mísero rol asignado. Actúa como un insignificante intermediario, transportando el mensaje de quién señala al castigado y quién cumple con la decisión. No le es raro recibir la mofa de los antiguos camaradas de tarea. 

El diablejo se mantiene sin señales de arrepentimiento ni muestras de querer pedir perdón o de solicitar una reconsideración de su actual situación, acorde al impecable historial de trabajo. Está bien así, sobre todo cuando agregó a su proceder. una acción extra considerada gravísima. 

La absurda cantidad de intentos fallidos lo llevaron a convencerse de la imposibilidad de separar el alma del cuerpo de un ser viviente. Solo la muerte puede romper ese lazo indestructible que garantiza dicha unión. Lo que no menguó fue su convencimiento sobre la urgencia con la que el espíritu de Aroldo debía comenzar a pagar el precio. Pero existía otra gran dificultad, imposible de resolver por sí mismo. No podía matar directamente al humano, aunque sí, obviamente, podía hacerlo otro, sobre todo si estaba lo suficientemente enardecido, producto de su pasado. 

Cambió radicalmente la estrategia. Lindante con el edificio de oficinas al que concurre diariamente Aroldo, se encuentra la gigantesca mole de la biblioteca pública. Durante varias noches seguidas, se dedicó a buscar y dejar desparramada y abierta, cuanta bibliografía contuviera información del otrora genocida. El sobresalto inicial dio paso rápidamente a la interpretación del mensaje que se quería mostrar. Un Aroldo joven, con otra identidad y uniformado, aparecía en diferentes imágenes. Las referencias que acompañaban a lo observado, eran escalofriantes. El pasado alcanzó a la velocidad de un destello, la realidad actual del desapercibido trabajador. 

El viejo aguardaba impávido en la generosa entrada de la imponente construcción. Las personas no paraban de ingresar. El horario de inicio de las actividades estaba próximo a cumplirse. Aroldo, feliz por el respiro de las molestias, se dispuso a ingresar como un empleado más. El viejo se interpuso en su camino y lo llamó por el antiguo y verdadero nombre. Aroldo detuvo la marcha. Su rostro se encontraba desencajado. El viejo extrajo un arma y le apuntó directo al tórax. El diablejo, que acompañaba a Aroldo a reducida distancia, aunque sin agredirlo, se aprontó a recibir el espíritu liberado. Tras un instante de silencio, enojado, dirigió su mirada al anciano y descubrió con pavor, el temblor incontrolable de la mano que portaba la pistola. “No va a disparar”, pensó. Sin rodeos, se adentró en el cuerpo del longevo sobreviviente y controlando a voluntad su mano, vació el cargador del obsoleto y efectivo artefacto. Aroldo cayó fulminado sobre sí. Un diablejo con evidentes muestras de regocijo y un alma atrapada entre las manos, se retiraba de la escena, instantes después.     

El viejo tuvo un juicio sumarísimo. Considerado presa de una emoción violenta justificada por las aberraciones sufridas, fue declarado inocente. Recibió, además, un pedido de perdón oficial por la negligencia de la no identificación efectiva y a tiempo del genocida ejecutado y que le permitía transitar sin consecuencias, una vida apacible.


 

miércoles, 12 de junio de 2024


 El chatarrero

Padres - Tormenta

José se encontraba viviendo uno de esos momentos poco frecuentes en lo laboral. Los pedidos de material se habían detenido por completo desde hacía un tiempo y contaba con lo suficiente como satisfacer la demanda de souvenires. Aprovechando el parate, había realizado el mantenimiento habitual del compañero de aventuras, acondicionado un par de herramientas y concluido con una mínima refacción habitacional. Fue justamente, cuando se encontraba acomodando trastos en las nuevas comodidades, que sintió el primer aguijonazo. El deseo de visitar a sus padres había eclosionado en su interior. 

Tres días más tarde, se encontraba a bordo del autobús que lo conduciría finalmente, al reencuentro con un vecindario del cual faltaba desde hacía buen tiempo. La imagen de la casa paterna lo conmovió sin dudas y los abrazos y besos con sus seres queridos, lo sacudieron hasta lo más profundo. Fueron tres semanas donde primaron las charlas interminables. Recuerdos, trivialidades, sentimientos y expectativas formaron parte del compendio abarcado. Un par de consultas telefónicas sobre posibles negocios, marcaron la necesidad de tener que volver al ruedo. Dos días más tarde, transitaba el camino de retorno. La visita a su hogar de Antonio y Susana, había quedado comprometida para un futuro cercano. 

Pepe se encontraba en la parada desde bastante antes al arribo del autobús. A diferencia de lo que fuera la llegada de su padre, esta vez, las ganas de volver a reunirse estaban cargadas de una ansiedad muy elevada. Al arribo y como era de esperarse, quién sufrió el mayor impacto tanto por lo climático como por lo paisajístico fue su madre. El calor y la desolación le resultaron bochornosos. Si no fuera por el amor que sentía por su hijo, subirse de manera inmediata al fresco habitáculo y emprender el retorno, era algo totalmente probable. 

Don Antonio se encontraba de parabienes. No dejaba de toquetear todo lo que estaba a su alcance. Se sumaba a cuanta actividad proponía Pepe y, de hecho, lo acompañó en dos salidas menores. Con Doña Susana, la cosa iba por carriles totalmente distintos. A pesar de toda su mejor buena voluntad, era evidente el padecimiento en el que estaba sumergida. Durante las horas de máxima irradiación, tenía por momentos la sensación de ahogamiento. El aire hirviente y reseco, que castigaba a la piel, los ojos y el cabello, costaba ser tragado y la obligaba a la ingesta de pequeños sorbos de agua, de manera casi continua. Además, todo se hallaba cubierto de una fina capa de arena y para una mujer, casi obsesionada con la limpieza, eso era una verdadera provocación. Durante los primeros días de la estancia, le desató una feroz batalla al diminuto contrincante. El ganador, por cansancio, fue el inerte elemento.

José acaba de probar la última adquisición. Un pronosticador del tiempo capaz de proyectar en tercera dimensión, una recreación del paisaje según las coordenadas actuales y agregarle, además, la animación de las condiciones del clima del momento. A sus ojos, una inversión práctica y a la vez, entretenida. 

Se encontraban padre e hijo concentrados en el despiece de un turbo antiguo, cuando la voz estridente de Goyo en el intercomunicador, les terminó provocando un sobresalto.

“¿José, has visto el pronóstico del tiempo en estos últimos minutos?”, inquirió el amigo chatarrero;

“No. Lo hice hace un rato y sin nada llamativo. Como no tengo una excursión prevista, no lo consulto tan frecuentemente ¿Ocurre algo?” respondió Pepe a la brevedad;

“Parece que una tormenta de mil demonios se dirige en dirección a tu propiedad. La extensión que abarca y la velocidad de avance son muy llamativos. Por las dudas, asegura todo.”, expresó Gregorio con un dejo de preocupación;

“Gracias por el aviso y el consejo. Te debo una.”, contestó José y se dirigió a observar al artefacto adquirido. 

La imagen realmente espantaba. Mientras los padres contemplaban absortos el dantesco espectáculo, José se retiró a toda velocidad hacia el exterior. El horizonte, habitualmente conformado por la línea que demarca la transición entre el color ocre del suelo y el azul del firmamento, había sido reemplazada por una franja oscura visualmente inabarcable en extensión y que no paraba de aumentar en su espesor. 

Regresó a la vivienda y mientras tomaba el juego de llaves que permitían abrir las puertas para acceder al refugio, gritó a sus progenitores que aseguraran todo lo que pudieran y sin dudar, que respondieran al aviso de moverse en busca de resguardo. En el exterior, pequeños remolinos de fina arena comenzaban a levantarse. 

Tiempo atrás, recién llegado y queriendo instalarse en el lugar, uno de los primeros consejos que recibió fue sobre la necesidad de construir un refugio subterráneo. Apenas pudo, se abocó en la tarea y lo hizo siguiendo ciertas indicaciones como la ubicación conveniente y el tipo de cierre de sus puertas. En más de una oportunidad se planteó sobre lo innecesario de semejante esfuerzo, pero en estos momentos, no paraba de felicitarse por la decisión de hacerlo. Esperaba, eso sí, que fuera lo suficientemente resistente, por la magnitud de lo que iban a enfrentar. Abrió lo candados, retiró las trabas y después de un par de tirones, las puertas cedieron. Lo dejó abierto para favorecer una rápida ventilación y se dirigió a la carrera al Depecero. El engendro, como entendiendo la urgencia, respondió con un rápido encendido y derrapando, fue conducido hasta las proximidades de la construcción principal. Arena de mayor calibre en movimiento, generaba un doloroso azote en las zonas desnudas. Era arrastrada por un aire hirviente y cuya velocidad no paraba de incrementarse. Sus padres, tras cerrar la puerta de la propiedad, se dirigieron velozmente hasta el refugio. Pepe avanzó detrás de ellos. Su rostro, transfigurado momentáneamente por el miedo, lo decía todo. 

Después de cerrar y asegurar ambas puertas, le pidió a Don Antonio que tomara con firmeza una de las manijas y fue una decisión acertada. Era muy probable que, a pesar de lo seguro de su construcción y fijado, hubieran sido arrancadas cuando la tormenta las golpeara con su máxima intensidad. Un verdadero infierno se terminó desatando en el exterior. El paso del viento generaba el equivalente a prolongados aullidos que se mezclaban con explosiones y gigantescos desgarros, producto de todo lo que estaba siendo triturado afuera. Las consecuencias también se hacían sentir en refugio. La arena se filtraba por doquier y el ambiente se había tornado aún más sofocante. La resequedad en las mucosas fue casi instantánea y los accesos de tos comenzaron a sentirse. Rápidamente, boca y nariz fueron cubiertas y los párpados cerrados con intensidad. Doña Susana, entre sollozos, rezaba a viva voz y alguna que otra lágrima recorría el rostro polvoriento de su padre. José, en tanto, no hacía más que dudar sobre la supervivencia de la estructura. 

Cuanto realmente duró todo es muy difícil de saberlo. Lo objetivo y lo subjetivo, producto del estrés, no hacían más que confundirse. Cuando el ruido menguó hasta casi su extinción, la arena disminuyó en su ingreso y la claridad aumentó su presencia, se podía suponer, de manera casi inequívoca, que lo peor había pasado. Intentar abrir las puertas hacia fuera resultó imposible, a pesar del empeño. La recomendación original de permitir también, la abertura hacia adentro, resultó ser muy sabia. Bastó alejarse de éstas y quitar las trabas, para que un aluvión de arena inundara el lugar. Con mucho esfuerzo, padres e hijo, emergieron a la superficie. 

El panorama no podía ser más desolador. Se mostraba como si un par de manos ciclópeas hubieran tomado una vasta porción del desierto profundo y lo hubieran dejado caer en el lugar. Dunas enteras ocupaban la otrora ubicación de construcciones y la carretera. La casa había soportado la embestida con bastante éxito. Aunque era posible observar ventanas reventadas y una parte del techo inexistente, la evaluación posterior no mostró fallas estructurales, que la hubieran tornado peligrosa para habitarla. La casilla donde se alojaban sus padres, se encontraba absolutamente destrozada contra un par de columnas, a unos doscientos metros de su emplazamiento habitual. El resto, incluido el Depecero, estaban semisepultados bajo ingentes cantidades de arena. La reconstrucción tomaría tanto tiempo y esfuerzo que el replanteo de permanecer allí o no, bien valía la pena. En el caso de José, eso no existió en lo absoluto. De inmediato, comenzó a escarbar con sus propias manos, a las cuales se sumaron las de sus padres, en búsqueda de las herramientas necesarias para dar comienzo a la tarea. 

Horas más tardes, un ruido bien conocido por el chatarrero, comenzó a ser escuchado. Se trataba de Gregorio, montado en su gigantesco armatoste de rescate, que remolcaba, además, una generosa casa rodante. Se detuvo en proximidades de los sobrevivientes y sin mediar palabra, estrechó entre sus brazos a un más distendido y emocionado José. Permaneció allí, instalado todo el tiempo que hizo falta, ayudando a su amigo.