martes, 21 de abril de 2026

 

 


 

 

 

Los dioses se encontraban enojados y eso se hacía sentir en el ambiente. No terminan de aceptar lo que está transcurriendo delante de su ojos. El Hombre, aquel que no cesa de reclamar su ubicación en la cúspide de la existencia, no detiene el brutal derramamiento de sangre en el que está inmerso. La prolongada extensión en el tiempo, no ha hecho más que impulsar la propagación de las acciones belicosas, incluso, hasta los confines más lejanos. Las masacres cubren con mantos casi perfectos de cadáveres, los sitios donde se dirimen las disputas. A la causa original que encendiera la primera chispa, se han sumado los resentimientos particulares y es así que, a la par de los grandes conflictos, se observan verdaderas contiendas entre los habitantes de míseros caseríos. Los dioses deciden que es tiempo de tomar partido y por ello, requieren de la presencia de Nahuatl el Menor, durante el concilio que los reúne.

Estos actos tienen muy corta duración. Las deidades gozan, en general, de muy poca paciencia y por ello, el ambiente se torna caldeado e irresoluto en contados momentos. Cuando se convoca al mitin, ciertos preacuerdos están aceptados y solo falta consagrar la resolución definitiva. Con ello, se reducen las exposiciones y la productividad gana amplio terreno. Nahuatl el Menor permanece en silencio y cumplirá sin ambigüedades, con el dictamen final.

-”No podemos permitir que este pandemónium continúe. Las almas arriban de a miles y de seguir a ese ritmo, no quedará un adorador en pie, en poco tiempo.” resongò con estridencia, la ciega y barbada deidad, que tenía por molesta costumbre, concluir sus expresiones golpeando con intensidad, el báculo contra el suelo.

-”La locura debe cesar de inmediato. Es importante, además, determinar que catalizó semejante nivel de odio y a una escala masiva. En todos los enfrentamientos no se demuestra piedad ni se realizan pedidos de tregua alguna. Un caos absoluto.” sentenció la hercúlea figura, expuesta como siempre, a una fina llovizna que resaltaba su portentosa masa muscular.

-”¿Entiendes, entonces, los objetivos de tu tarea?” consultó el Mayor a su hermano. Nahuatl se puso de pie, asintió con una leve inclinación de su cabeza y emprendió el traslado hacia donde se libraban los hechos.

En todos, la visión era aterradora. Los combatientes parecían estar poseído por lo mismo. Matar o morir era la consigna y se cumplía de cualquier manera. Se arremetía estando sano o herido, provisto de armas o sin ellas, sintiéndose fresco o agotado. Se avanzaba o caía. Las líneas de enfrentamiento no paraban de correrse y distinguir de manera precisa al bando victorioso, no era algo simple. Las reducidas diferencias entre las batallas, radicaban en el clima imperante, el tipo de pertrechos empleados y la gritería en diferentes idiomas.

Los incendios y el humo pestilente, agregaban pavor al cuadro. Nos bastaba con no dejar nada ni a nadie erguidos. Moribundos, incluso, culminaban la sanguinaria tarea, dando inicio a las llamas devastadoras. Interminables bandadas de aves carroñeras se elevaban aquí, para descender más allá. Solo el hartazgo detenía la repugnante tarea. Nahuatl el Menor comenzó a interrogarse. “¿Es posible que todo responda a una intervención diabólica?La crudeza de lo manifestado respondía a esa clase de accionar. Partió sin demoras, hacia los infiernos.

El Hades genera siempre una primera e impactante impresión, producto del horror y el caos que parecen reinar por sobre lo demás. Sin embargo, basta realizar un desplazamiento visual con algo de detenimiento y un rápido análisis de lo observado, para comprobar que todo está muy lejos de ser, una alocada improvisación. El orden y el rigor subyacente, permiten que aquello perdure a pesar del paso del tiempo y su permanente expansión. Localizar al jefazo en el aparente tumulto, no representó un problema.

"¿Estás al tanto de lo que sucede arriba, verdad?" inquirió Nahuatl el Menor, a un gozoso mandamás. "Absolutamente. Y satisfecho, a la vez. La zafra no puede ser más abundante." "¿Tienes algo que ver con semejante grado de barbarie? ¿Algún rebelde, quizás, está haciendo de las suyas?" "¡No!", dijo de manera cortante, mientras sus ojos y boca se transformaban en teas ardientes. Nahuatl el Menor volvió conforme a la superficie. El Maligno no podía mentirle, pese a todo el esfuerzo que empleara, intentando conseguirlo.

Se ubicó al reparo de un roble centenario, implantado en la cúspide de una suave colina. Desde allí, se podía contemplar la desolación, carente de todo limite. Columnas de fuego, gigantescas humaredas que se elevaban hasta los cielos y la tierra arrasada, generaban un espectáculo sobrecogedor. Permaneció reflexivo durante días pero las contestaciones, seguían ocultas.

Un par de siluetas emergieron a cierta distancia. Se los veía sucios, mal alimentados y portando un armamento reluciente. Cuando se encontraban próximos y sin mediar ninguna clase de interacción, abrieron fuego sobre el atónito observador. Mientras la andanada de proyectiles lo atravesaba sin generar el más mínimo rasguño, las anheladas soluciones emergieron victoriosas. Emprendió sin pausa, el retorno a los cielos.

Los dioses se contuvieron mientras Nahuatl el Menor, exponía su veredicto. “Considero que el Hombre, en su mayoría, ha perdido la razón y solo se conduce por impulsos, gobernados por los instintos más primitivos. Haber transferido a la tecnología, la responsabilidad de tener que dar respuestas a la mayor parte de sus demandas existenciales, desde el entretenimiento hasta el cuidado de la salud, por ejemplo, y no haber continuado con la inercia de mantener viva la curiosidad y el deseo de satisfacerla, han terminado provocando un uso cada vez menor de la facultad de pensar. La consecuencia directa es su reducción a un ser básico, incapaz de tolerar a sus pares. Lo he podido deducir cuando dos sujetos me atacaron sin razón justificable. Podían verme y eso está habilitado a las bestias.” El silencio continuó inalterado, tras finalizar las palabras.

¿Qué aconsejas para tratar lo planteado?” “Lo que está aconteciendo solo lo imaginábamos posible durante una hecatombe nuclear y nos alegramos, cuando esa posibilidad se terminó diluyendo. Nos equivocamos. Ahora, realizar alguna clase de intervención podría terminar sometiendo a inocentes y eso es inadmisible. Sólo queda aguardar, a la espera que el raciocinio se encienda e ilumine, a una cantidad suficiente de personas.

Cuando todo parecía indicar que el más fatídico de los desenlaces era inevitable, en un punto remoto del globo, alguien o algunos reaccionaron y una mano terminó bajando el interruptor. La energía que alimentaba a la máquina dejó de fluir, la máquina se detuvo y con ello, finalmente el conflicto. Solo volvería a encenderse en el momento considerado como el conveniente. Un nuevo y escabroso camino intentaba abrirse paso, en la vorágine destructiva imperante.

Nahuatl el Menor ha dejado a otro, la tarea de emisario y ejecutor. Ahora integra al Consejo y cuando se escucha su voz, el reconocimiento de quienes lo rodean trasciende, bajo la forma de una atención expectante.