jueves, 22 de enero de 2026

 


 

Protegido a medias por la pared y los restos del entablado de la trinchera, el soldado sintió que era el momento de escribir la carta. La lluvia había reducido al mínimo su intensidad, al igual que los bombardeos y la metralla. Comenzó a hurgar entre sus ropas por un pequeño pedazo de papel que había encontrado entre tanta hecatombe, con el valor agregado de estar en blanco y además, razonablemente limpio. Lo guardó con sumo cuidado, como si de un pequeño tesoro se tratase. Al lápiz lo había cedido por un compañero, quién le pidió con vehemencia que no lo perdiera. Con el pequeño papel en una mano y el lápiz en la otra, al intentar escribir las primeras letras, tomó consciente del gran esfuerzo mental que estaba haciendo, buscando ordenar las ideas.

La mano capaz de realizar los trazos de una manera fluida, se comportaba ahora como una garra torpe, a la que había que ordenarle como ejecutar los movimientos necesarios. Los dedos estaban en una semicontracción permanente y dolían, al querer sacarlos de esa posición. Comenzó a sentir un cansancio como nunca había experimentado; el hambre, una vieja y dolorosa compañía, reclamaba lo suyo; la ropa y el equipamiento, directamente lo aplastaban. Pensó que cerrar los ojos por un momento, ayudaría en algo y fue el último recuerdo consciente que tuvo.

Los sacudones, la gritería y las explosiones cercanas, lo hicieron reaccionar. “No es bueno querer escribir una carta durante la guerra,” pensó mientras guardaba a los apurones, el papel mal doblado y el lápiz. “Recuperar el conocimiento de cómo y dónde estás, no es bueno en medio de una batalla,” continuó, mientras tomaba el fusil y comenzaba a disparar a la distancia.

 

 


 

 

Todo se encontraba encaminado. El esfuerzo físico y mental de los últimos años había, finalmente, permitido alcanzar las metas establecidas. La empresa se mostraba pujante, con todos los sectores organizados. Las ganancias en franco ascenso, permitían pensar en una próxima expansión. Consciente de todo ello, podía disfrutar de esas mieles todo lo que quisiera y sin embargo, la existencia de una vibración interna disruptiva y con el volumen suficiente, lo empujaba a tener que enfrentar aquello que postergaba sin cesar.

Los niveles empresariales conquistados, no permiten dejar nada liberado al azar, capaz de impactar en la rentabilidad. Las campañas de marketing, por ejemplo, se han intensificado de un modo agresivo. El reciente lanzamiento del paquete accionario ha contado con el beneplácito del mercado. La solicitud de visitas y los pedidos de referencias de potenciales inversores, se agregan a la consistente agenda. En el departamento de investigación y desarrollo, las sonrisas distan de permanecer ocultas. Un par de patentes están próximas a reportar las primeras regalías y eso implica una inyección extra de recursos. Los costos operativos actuales están por debajo de los mínimos históricos. La optimización, sustentada en el empleo de la inteligencia artificial y la automatización de procesos, lo han hecho posible. La logística, un verdadero talón de Aquiles que elevaba los costos y el descontento de los clientes, se ha visto beneficiada con la tercerización de los servicios. El análisis de las tendencias de consumo e innovación y las oportunidades para ingresar en otros rubros, acaparan una atención relevante. En el contexto actual, sobrevivir o extinguirse, depende en gran medida, de ello.

No se trata de deshacerse de lo conseguido, pese a que el precio a obtener, rondaría el máximo posible. El rubro en el que se compite ha sido largamente soñado y ello permitió poner paños fríos, a las broncas y amarguras que se presentaron en el trayecto. Tampoco está en juego la estabilidad del núcleo familiar más cercano. La ambición, pese al rol de motivadora, jamás pudo interponerse entre ésta, su verdadera prioridad, las demandas laborales y los éxitos conseguidos.

La propuesta que generó un verdadero cimbronazo en el empresario, llegó de la mano de una visita inesperada. Ciertos elementos producidos, con un desarrollo determinado, encajan perfectamente en lo requerido por la industria bélica. Dado el nulo interés personal y de la mayoría del directorio de participar de ese ámbito, las capacidades instaladas estuvieron siempre orientadas a la esfera civil. Mantener las convicciones no fue fácil, en especial cuando se dieron a conocer los posibles contratos, muy ventajosos. Hubo dudas y con ello, irrumpieron con intensidad, los argumentos a favor de considerar las propuestas ofrecidas. Revertirlos, exigió un gran esfuerzo de quienes no transigieron y costó, además, el alejamiento de un par de personajes competentes.

Ello fue suficiente para tener que atender lo reprimido. La total negación hacia la industria de la defensa, tenía su fundamento en algo oportunamente expresado por su difunto padre. Siendo éste apenas un crío y compartiendo la vivienda familiar solo con su madre, recibieron unas semanas después de culminado el gran conflicto, la visita de un extraño. Además de entregar un papel prolijamente doblado y bastante sucio, refirió al deceso de su compañero de trinchera y sobre el cual la familia, había dejado de tener noticias. Ambos habían intercambiado unas líneas de despedida a sus seres queridos en caso de perecer y le tocó a él, entregar las de su compañero. El papel, además de contener sentidas palabras en una de sus caras, mostraba en el reverso, ideas sobre posibles prototipos y soluciones a variados problemas, desarrolladas por el ingeniero devenido en combatiente. De algunas de ellas se había valido su padre, para iniciar un pequeño emprendimiento, que creció con el tiempo. No obstante, la profunda llaga emocional que le generó lo vivido, lo acompañó incólume hasta la muerte.

El amor incuestionable hacia su progenitor y las imágenes de los prolongados momentos de retraimiento o visible angustia en que caìa, permanecían activas en el recuerdo y el corazón. “Es momento de seguir adelante,” se dijo el industrial, mientras encendía el pequeño y amarillento bollo de papel, depositado sobre los leños del hogar.


 

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