Parecen haber sido solo salpicados por el progreso. Mantienen vivas costumbres ancestrales en todos los órdenes del diario vivir. La memoria habla de una permanencia en el lugar desde hace cientos de años. El entorno del monumental lago de agua salada, ubicado a gran altitud, no ha integrado ni integra la lista de espacios geográficos tentadores o apetecibles para la explotación. Estudios recientes han reforzado el desinterés, al concluir la pobre existencia de metales o elementos químicos, altamente demandados por la industria y el mercado moderno.
Son los descendientes de una de las etnias combatidas por el gran imperio indígena, que alcanzó su apogeo, siglos atrás. Empujados por una persecución sin consideraciones, ante la resistencia ofrecida, terminaron alcanzando refugio en un terreno yermo, inhóspito. La misera disponibilidad de lo imprescindible, permitió la supervivencia de unos pocos, distribuidos en pequeños asentamientos, próximos a las orillas. Obtienen lo necesario de la caza, la crianza de animales a pequeña escala y del consumo de la rala e infrecuente vegetación, que crece en las aguas costeras. Su consumo requiere de un paladar acostumbrado a esa textura y sabor, caracterizados por una y fibrosidad y amargor, casi superlativos.
Integro el grupo de trabajo estacionado, desde hace un tiempo, cuesta abajo del portentoso espejo de agua. Soy uno de los geólogos encargados de realizar todos los estudios requeridos para dictaminar la viabilidad de la explotación a gran escala, del litio presente. Los suni jaqi (habitantes de las tierras altas, en lengua aimara), como eran reconocidos por el resto de los lugareños, eran mencionados cada ciertos intervalos. Ello terminó acrecentando mi interés por conocerlos. Su presencia ya estaba reflejada, de un modo exiguo, en la notas que previamente habíamos recibido sobre la región y se destacaba como algo de llamativa curiosidad, la ejecución de una práctica inusual con los miembros fallecidos, que concluye en las denominadas momias de sal.
El envío de muestras y sus correspondientes análisis preliminares, la recepción de los resultados definitivos y el contingente de suministros, terminaba provocando una brecha de actividad reducida por algunos días, que terminé aprovechando para acercarme al grupo mencionado. De trato cordial pero distante, el reducido clan habita una zona ribereña e inmediata al final de la huella, que permite el desplazamiento vehicular. Las construcciones son bajas y la combinación de piedras asentadas en barro y sólidamente imbricadas entre sí, otorgan la resistencia necesaria para soportar los rigores climáticos. El contacto directo con el suelo se evita mediante una combinación de paja y mantas y las reducidas aberturas se cierran con cueros y telas. El efecto aislante final es de una eficacia notable.
Instalado en las inmediaciones con mi equipo de alta montaña de última factura, la comodidad y el abrigo quedaron en ridículo, cuando me ofrecieron el acceso a una vivienda temporalmente deshabitada. Las conversaciones que lograba sostener, eran concisas y en español. Entre los suni jaqi, la lengua era aimara pero provista de giros y expresiones propias de quienes han mantenido un lenguaje circunscripto por mucho tiempo. Lentamente, pude avanzar sobre costumbres, creencias y me solté a preguntar, esperando no hacerlo sobre algo sacro, sobre las denominadas momias de sal. No hubo una respuesta inmediata. Uno de ellos se puso de pie y me invitó a que lo siguiera. Caminamos un buen trecho y en un claro ubicado entre la vegetación, se podían observar los cuerpos envueltos en telas llamativas, descansando sobre el fondo lacustre.
”¿Cuánto llevan allí? ”, manifesté un tanto absorto. “ Varios años. Y seguirán muchos más.” “ ¿Los cambian de lugar, entonces? ” “Así es, ¿tiene ganas de seguir caminando? Le advierto que será cuesta arriba.” La curiosidad fue el acicate y momentos después, encarábamos el ascenso. La serie de cuevas comenzaron a divisarse desde muy abajo y al arribo, el dolor de cabeza y el jadeo personal eran bastante intensos. Ingresamos a la que se encontraba más próxima y el impacto de los cuerpos, con el rostro descubierto y perfectamente alineados, me detuvo en seco. Mi acompañante hizo un gesto para que me aproximara, si ese era mi deseo.
Pese a los pliegues provocados por la intensa deshidratación y la fina capa de sal que lo cubría, los rasgos faciales podían observarse con total nitidez. No puedo precisar, aún hoy, cuánto tiempo permanecí en cuclillas y sin dejar de retirar la vista. Me resultaba fascinante. Mi acompañante aguardaba pacientemente, unos pasos detrás y en completo silencio. El tratamiento inmersivo previo más el frío y la sequedad de las alturas, garantizaban una conservación casi indefinida de los fallecidos.
El malestar físico y mental durante el descenso, no hizo más que incrementarse. Cuando alcanzamos las construcciones e intentaba dirigirme al encuentro con la bolsa de dormir, el indígena, adivinando la intención, me tomó con delicadeza de un brazo y me condujo hacia su vivienda. Las últimas horas del día y el brutal descenso de la temperatura, habían motivado el encierro de los paisanos. En el interior, me ubiqué como pude, entre las acurrucadas siluetas que rodeaban el fogón e instantes después, tras unos breves gestos de quien actuara como guía, una cazuela humeante fue depositada entre mis manos. Carne de llama, tubérculos en trozos y una generosa cantidad de la juncácea que casi veneraban, conformaban el consistente y sazonado potage. Tragué con dificultad algunas cucharadas y pidiendo disculpas de un modo bastante torpe, me retiré a descansar.
Para alguien que transita un sueño habitualmente cortado, esa noche pude dormir varias horas de un tirón. Recuerdo no haber parado de soñar, pero sin sobresaltos. A la mañana siguiente, apenas abrí los ojos, percibí las marcadas diferencias. Los dolores corporales habían desaparecido, incluso una aguda dolencia en la espalda baja, que me obliga al consumo combinado y con una frecuencia indeseable, de analgésicos y antiinflamatorios. Al contemplar mi rostro en el espejo, algunas arrugas faciales ya no estaban. “¿Qué me había ocurrido? “ Me propuse averiguarlo, después una reconfortante taza de café.
Kunturi, tal era su nombre e indicado recién al tercer día de mi arribo, me recibió con un rostro resplandeciente y me invitó a ingresar a una de las construcciones, que me había estado vedada hasta el momento. Todos los integrantes del grupo estaban allí. Después de instalarme, Kunturi tomó la palabra y esta vez, su voz mantuvo una inobjetable solemnidad.
“Te consideramos digno y por ello, has participado de un secreto bien guardado. El respeto que demostraste ante nuestros compañeros difuntos, lo atestigua. Estamos vivos desde hace centurias. De hecho, formamos parte de quienes combatieron y luego debieron retirarse, del acecho de las hordas del gran imperio colonizador que gobernó estas tierras, antes de la llegada de los europeos. A quienes observaste en el agua y las alturas, no son nuestros antepasados sino familiares y amigos que finalmente fallecieron. Vivimos mucho, pero no somos inmortales.” El impacto de lo escuchado me mantuvo aturdido. Kunturi prosiguió. “Los escasos recursos que este lugar ofrece, terminó deteniendo a los agresores. Consideraban que moriríamos víctimas del hambre y del rigor del clima, en muy poco tiempo. Y hubiera sido así, de no haber empezado a consumir la hierba presente en el agua. Creemos que es ella, la clave de la longevidad. Sin embargo, pagamos un precio. La fertilidad es inexistente.” Seguía sin poder asimilar del todo, lo que estaba escuchando.
Apenas pude gesticular palabras, los presentes menos Kunturi, comenzaron a retirarse. Sabían qué se avecinaba. Y de hecho, fue así. La interminable cantidad de preguntas y las respuestas en forma de pequeñas historias, nos mantuvieron encerrados durante varias horas. Referencias de toda clase sobre el imperio inca y los españoles, confirmaban o desmentían, la información circulante sobre ellos. Dos días más tarde, emprendí el retorno al campamento. Les prometí que el secreto moriría conmigo y me mantuve firme hasta el último día.
El codiciado metal blanco resultó encontrarse acumulado en un megadepòsito. La extracción comercial estaba asegurada por decenios y durante un buen tiempo, permanecí bajo las órdenes del gigantesco holding encargado de la operación. Eso me permitió un contacto frecuente con Kunturi y su gente. Al final, debí renunciar, para no levantar sospechas sobre mi lento acuse del paso del tiempo.
Acabo de depositar con gran ceremonia, junto a las restantes, la última momia de sal. Con cuidado, retiro la cobertura del rostro y las facciones de mi viejo amigo, volvieron a exponerse. Permanecí a su lado por un largo momento. Me despedí con una última mirada hacia el conjunto y mientras me desplazaba hacia el valle, me dije, “Ahora corresponde mi descanso. No puedo dejar de oír el permanente reclamo de mi humanidad toda.” Subí al vehículo y comencé a alejarme. Esta vez, no llevaba la generosa cantidad de la hierba que crece en el lago, compañera en la retorno de cada visita.