El monarca
Partir es sinónimo de encontrarse cara a cara con la muerte. El dictador jamás permitirá el retiro sobre las dos piernas de aquel que considera un traidor hacia su persona o las ideas que promueve. Pero la permanencia en las actuales condiciones, se ha hecho insostenible. El abuso de poder se torna más agresivo con el paso del tiempo y la estancia sin reacción alguna, puede considerarse sinónimo de complicidad y convalidación. No existe una salida fácil al dilema. Hay que sopesar en conjunto, observar la inclinación del fiel en la balanza y obrar en consecuencia. Por un lado se encuentra la vida, probablemente asegurada a través de un exilio definitivo y por el otro, el honor.
Decide finalmente por la estancia pero no de un modo pasivo. Sus compatriotas padecen las consecuencias y para combatir al déspota, deberá liberarse de aquellos que en peligro, pueden anularlo hasta la parálisis absoluta. Aprovecha la excusa del cumpleaños de su suegra y acompaña hasta la frontera a su esposa e hijas, que asistirán al agasajo. No necesita dar ninguna clase de aviso. Una verdadera mirìada de alcahuetes reporta las novedades al sátrapa. No obstante, ser el jefe de la guardia personal otorga ciertos privilegios y ser acusado de no informar de un modo anticipado lo sucedido, no será considerado por el soberano, una falta de importancia.
Goza de buen prestigio profesional pero considera no tener el amplio liderazgo requerido ni los recursos materiales suficientes, para encabezar una revuelta. Tampoco está seguro sobre los camaradas de armas que terminarán apoyando algo así. La pareja consorte es inexistente, al igual que un heredero directo. Continúa activo, pese a lo desesperanzador del panorama. Observa hasta los más íntimos detalles del arrogante tirano. Esto incluye hábitos, gustos, deseos y los más estúpidos y peligrosos berrinches. El ojo adiestrado en tácticas de combate, define brechas con facilidad, pero debe mantener el silencio y aguardar por el momento oportuno.
Arrastrar el pesado carruaje por un camino en estado lamentable, implica gritos y latigazos al aire por parte de la pareja de conductores y resuellos y copiosa transpiración, en las nobles bestias que traccionan del mismo. La comitiva se mueve mayormente en silencio, por el estrecho pasaje contenido entre los escarpados paredones de piedra. Gruesas cortinas ocultan el interior del vehículo donde el tirano y su grupo de cortesanas, permanecen en un interminable desmadre. Los días de caza pasados, pueden resumirse en una prolongada masacre de de las más variadas especies, reiteradas borracheras y comilonas del envilecido gobernante y su séquito y un par de sirvientes con profundas heridas. Uno, atropellado por una presa espantada y el otro, producto de la arremetida espada en mano del reyezuelo, al derramar sin intención, una copa de bebida.
El peñasco aplastó, de manera precisa, el habitáculo del transporte. Un estruendo menor, seguido de otro, de mayor intensidad, delataron la secuencia que concluyó en el regicidio. La base del gigantesco bloque convenientemente debilitada y la cúspide, hábilmente sobrecargada, sumado al momento exacto de la liberación del mismo, hablaban de estrategia finamente ajustada. La inspección de las alturas, realizada con una deliberada parsimonia, no arrojó nada más que las marcas de las palancas en el suelo y las huellas de los animales que permitieron la huida.
La corona fue lo único que sobrevivió intacto al aplastamiento. Retirada con cuidado, fue puesta bajo custodia al instante. La noticia de lo sucedido se dispersó a gran velocidad. El jefe de la custodia y su grupo, accedieron finalmente al palacio. El primero portaba con ambas manos, el símbolo del poder real. Al ingresar al ostentoso salón, un pelele, desprovisto de todo garbo y cubierto con la capa que corresponde al monarca, inició una gritería. Ordenaba la inmediata puesta sobre su cabeza, de la dorada aureola metálica. Invocaba como fundamento, una lábil línea de parentesco con el extinto corrupto. El jefe de la guardia detuvo el avance y depositó el reluciente elemento, bajo la protección de uno de los subalternos. Seguido, se acercó el patético personaje, que lo acribillaba con la mirada. Tras retirarlo del sillón real con un movimiento desprovisto de toda elegancia, le asestó un demoledor bofetón en el rostro. El sollozante energúmeno, tumbado sobre sus narices, comenzó a desabrocharse la capa. La sorpresa colectiva no dejaba de acompañar a los hechos.
Cada uno guardaba su sitio mientras las miradas iban y venían. Sin razón aparente, dos figuras comenzaron a desplazarse. Una recogió la capa y la restante, el majestuoso símbolo de poder. El jefe de la guardia recibió con postura erguida el elaborado atuendo y tras ser gentilmente invitado a sentarse, fue coronado de manera solemne. La fuerza militar presente, contemplaba la situación en máxima alerta. Gestos de incredulidad, desaprobación y hasta desprecio, eran visibles en los rostros. Nadie atinó a nada más que eso.
La primera reverencia desencadenó el inicio masivo del gesto. La estruendosa secuencia de vítores desencadenada a continuación, provocaron vibraciones en la apabullante colección de vidrios de los gigantescos ventanales. Quienes aguardaban expectantes en las inmediaciones, supieron del comienzo de un nuevo reinado.

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