Malinka y el extranjero
Son los descendientes de un grupo de bravos que supo entregar a un precio muy elevado la derrota y la sumisión consecuente. Los agresores, cada vez más enardecidos por las flagrantes derrotas que debían soportar tras concluir cada ataque, apelaban al agotamiento de los contrarios, empleando números progresivamente mayores de hombres y recursos. La caída fue inexorable y cuando llegó, las represalias adquirieron la forma de un verdadero tormento. No existió pedido de clemencia alguno y los ríos de lágrimas vertidos, se lloraron en soledad. El dolor soportado fue tan intenso, que se continuó propagando en el inconsciente de las sucesivas generaciones de los vencidos, como ondas de agua desplazándose en un estanque. El resultado de ello en la actualidad, es una comunidad con integrantes cargados de amabilidad entre pares pero que se torna silenciosa y cabizbaja, en presencia de extranjeros.
Malinka acaba de concluir la desenfrenada cabalgata diaria. El joven semental, todo brío y resistencia, parece disfrutar con la misma intensidad que su dueña, del esfuerzo realizado. Todavía en el lomo de la bestia y próxima a los límites del concurrido mercado, la joven amazona observa la contrastante figura del extranjero, quién parece mirar el entorno con desorientación. Su elevada estatura y rasgos propios de los individuos del norte, marcan la diferencia con los locales. Separada de la montura, la jinete decide aproximarse, simulando una inocente curiosidad.
Dice llamarse Otto, pronunciado de manera trabajosa, en el dialecto local. Se trata de un joven antropólogo que intenta recabar, de forma presencial, información que le permita concluir con el armado de su tesis. Ésta versa sobre los múltiples estragos que genera en los sometidos, el avasallamiento por la fuerza. El científico tiene intenciones de instalarse un tiempo hasta conseguir su cometido. Tras escuchar los intereses y demandas del recién llegado, una desinteresada Malinka lo condujo hacia dónde, por un precio decente, tendría garantizada la alimentación y el cobijo necesarios.
Malinka es la hija menor de una típica familia tradicional. Como dictan las costumbres, una pareja consumada dedica la primera parte de su vida conyugal a la tenencia y crianza de varios vástagos. Eso, que tenía sentido en los viejos tiempos debido a la elevada mortalidad infantil, en la actualidad, no para de hacer crecer el número total de integrantes de la etnia. Solo el menor de los hermanos varones de la joven permanece en el poblado, habitando en la residencia familiar. Malina experimenta una diferencia notable con respecto a quienes comparten su edad. No acepta de manera pacífica el aplastamiento oportunamente infligido por los usurpadores. Esta permanente disconformidad la mantiene sumergida en una continua rebeldía y una casi completa marginación social.
El vocabulario cortés y la sonrisa casi constante del recién arribado, le permitieron ganarse con gran velocidad la aceptación popular. Bastaron unos pocos días para observarlo sostener largas conversaciones con diferentes actores sociales y participar de manera colaborativa, en actividades que requerían del esfuerzo personal como la movilización de pesados bultos o de una nutrida presencia de individuos, al trasladar de un lado a otro, los generosos rebaños de animales domésticos.
El caballo se mostraba diferente esa mañana. Los habituales ímpetus anteriores a una salida, definidos por la movilidad casi constante de sus patas, habían dado paso a bruscos cabeceos y mordidas frenéticas al hierro que atravesaba su boca. Éste forma parte del conjunto de corduras alrededor de su cabeza que permiten al jinete cambiar el recorrido y ordenar el frenado de la marcha. La travesía transcurrió sin mayores cambios pero todo se complicó en el momento de la detención. Era evidente que alguna clase de dolencia tenía fastidiado al noble bruto y por ende, sus respuestas no eran las esperadas. Cubierto de polvo y sudor, transformado en una especie de espuma sucia en algunas partes de su cuerpo, no dejaba de moverse y erguirse sobre sus dos patas traseras. Los tironeos de las riendas y las órdenes de Malinka no tenían ninguna clase de efecto sobre el díscolo equino. Algunos curiosos contemplaban expectantes la escena. El extranjero, con sus brazos en alto y suaves palabras, logró tranquilizarlo. Fue el comienzo de una creciente aunque transitoria relación entre una intrépida ecuestre y un sereno personaje, proveniente del mundo de las ciencias.
Para Malinka, fue su primera experiencia en una relación de esas características. Por un lado, se descubrió maravillosamente vulnerable en los momentos de intimidad. Acostumbrada a llevar la iniciativa, al disenso y los análisis profundamente racionales de cada situación, se veía sorprendida ante sus propios arrebatos impulsivos y las propuestas de la pareja, que aceptaba sin rodeos. A la par y como algo a su vez inesperado, se encontraban los deseos cada vez más intensos de revancha, sobre los descendientes de quienes causaron el histórico quebrantamiento.
La partida del antropólogo era inminente. Malinka entreabrió los ojos, recostada sobre el cuerpo de Otto, quién dormía de manera relajada. Las escasas luces nocturnas ingresaban por la abertura cuyas cortinas permanecían recogidas. Estaba inquieta. Los últimos sueños que recordaba eran bastante contradictorios. Momentos idílicos, cargados de formas y colores, se contrastaban con otros, llenos de violencia y dolor. No sabía cómo interpretar tal diferencia y sobretodo, si representaba alguna clase de mensaje.
Se enderezó levemente, apoyando su brazo en el tórax desnudo. La imagen que se encontraba delante de sus ojos le provocó un sobresalto de tal magnitud, que se puso de pie, al tiempo que cubría su desnudez con la manta. El rostro de quien compartía el lecho, mostraba ciertos cambios y emitía un brillo sutil. Un par de cicatrices, algunas arrugas próximas a los ojos y una barba más tupida eran los más destacados. Malinka se debatía entre gritar o retirarse sin tanto escándalo, cuando Otto abrió sus ojos. Viendo la expresión desencajada de quién tenía enfrente, comprendió la circunstancia y antes del inicio de una catarata de preguntas sin mucho orden ni coherencia, tomó la palabra, expresándose sin darle volteretas al asunto.
- “Soy Thor y entre tantos atributos, soy considerado un dios de la guerra. Pero en realidad y a diferencia de Odín, que se entusiasma con el enfrentamiento y la muerte gloriosa, prefiero más la protección.”
- “No entiendo qué haces aquí”, expresó una incrédula Malinka.
- “He estado siguiendo tu linaje a lo largo del tiempo y es evidente que en tu persona, se ha vuelto a encender con intensidad, la llama del inconformismo frente al abuso de poder y el deseo de liberación. Además, me es imposible negar que me han atrapado tus encantos.”
- “¿Cómo es eso que observas mi linaje y conoces la historia de mi pueblo? ¡Perteneces a otra cultura!”
- “Las deidades somos las mismas. Solo varían las virtudes o atributos y los nombres, según el tiempo y los lugares. He acompañado realidades tan disímiles que si las recitara, pensarías que son solo habladurías o pura jactancia.”
- “¿De nuevo, qué haces aquí?”
- “Estuve presente antes y durante los enfrentamientos de tus antecesores. He sido y sigo siendo testigo de lo que significó haber sido vencidos y sus lamentables consecuencias, tanto las inmediatas como las actuales. Representaron el dolor en su máxima expresión y el posterior inicio de una interminable humillación. Tú puedes dar paso a la reversión de todo ello.“
- “¿Y qué puedes aportar, si decido avanzar con aquello que siento como el verdadero objetivo de mi propia vida?”
- “No puedo intervenir de manera directa en un conflicto. Toda vez que lo hice, otros como yo tomaron parte en el bando contrario y los resultados fueron dantescos. Mi contribución será, sin dudas, la sabiduría al momento de las decisiones.”
Malinka transitó en un santiamén del aturdimiento al fervor. Estar respaldada por la sapiencia de una divinidad en algo tan complejo como una contienda, le aportó tranquilidad y a modo de paradoja, incrementó el enardecimiento por querer llevar adelante lo que tanto anhelaba. Recuperada la conciencia y al dirigir la mirada hacia su acompañante, comprobó que su lugar lo ocupaba un espacio vacío sepultado bajo sábanas revueltas.
Amanecía cuando emergió al exterior. Una sola pregunta le golpeaba una y otra vez, ¿valía la pena llevar adelante acciones cuya meta podía considerarse noble pero generadoras de una mar de lamentos durante su ejecución?
Tras recorrer con la mirada los rostros de quienes iniciaban sus actividades y a los que amaba incondicionalmente, halló la respuesta. Una vida que transcurría sin dignidad era equivalente, del alguna manera, a una existencia sin libertad. Sabía adónde y a quién dirigirse para poner en marcha el engranaje. El redoble de los tambores de guerra comenzaría a escucharse en tiempos cercanos.
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