lunes, 6 de enero de 2025

 

Roldán (MSTH)

Sucesos - parte II

El padre Evaristo había concretado con éxito varios exorcismos. Era un referente sobre el tema en el mundo eclesiástico y en más de una oportunidad, la solicitud de sus servicios provenía de las más altas esferas.

La carta, de formato tradicional, descansaba en el viejo cartero. Algo poco común en su estructura era la ausencia del remitente. En manos del sacerdote y en el espacio parroquial que oficiaba de despacho, se procedió a su apertura. Sospechaba acerca de su origen. El papel estaba encabezado por un emblema que le recordaba la época del noviciado. Allí lo había observado por primera vez. Pertenecía al cardenalato del cual dependía. Recorrió en silencio las líneas garabateadas y en silencio, quemó el papel, como se encontraba explícito al final del mismo. Dos días más tarde, estaba de pie frente el cardenal, instalados en una oficina de uso poco frecuente.

– “Se me ocurrió un envío a la vieja escuela. Quizás podría pasar más desapercibido que un mensaje moderno, con su poderosa encriptación y todo eso.”, expresó sonriente su eminencia.

– “Comparto la idea. “, señaló Evaristo, expectante.

– “Tome asiento, por favor ¿Un café? Recuerdo que a usted le apetece y mucho.”

– “Sí, muchas gracias ¿Tan complicado es el panorama?

– “Directo al grano, como siempre.” Y siguiendo el estilo, le preguntó sin rodeos “¿Ha notado alguna evolución en las actividades del innombrable?”, ello, mientras ofrecía un humeante pocillo.

– “En lo inmediato, podría decirse que lo mismo, tanto en frecuencia como características. Pero debo destacar, eso sí, más intervenciones exorcistas. Y en dos casos, los demonios expulsados eran algo más que principiantes queriendo llamar la atención.” respondió Evaristo, al tiempo que se deleitaba con la exquisita fragancia que lo envolvía.

– “Sus palabras tienen consonancia con las de otros presbíteros. Es probable que estemos en los albores de una nueva embestida infernal.”

– “Hasta donde recuerdo, no estamos en vísperas de ninguna fecha o profecía de relevancia.” comentó de un modo casi casual el sacerdote, tras dar un sorbo y al concluir un momento de silencio.

– “Precisamente, pienso que ahí está la clave. Al no encontrarnos en tales proximidades, estamos desprevenidos. He consultado a un par de eruditos en momentos históricos cruciales y ambos han confirmado su total ausencia en estas fechas.” sentenció el cardenal.

– “Tengo entendido que se ha desempeñado junto a un particular durante una expulsión, ¿es así?”

– “Correcto. Lo que tenía por delante que era algo complejo. Solo, quizás no hubiese podido, o tal vez sí, pero con un costo energético demasiado elevado. En realidad, he sido acompañado por dos, en diferentes oportunidades.”

– “No deja de ser algo novedoso, ¿cómo dio con ellos?”

– “Básicamente, habladuría popular. Pero bastaron un par de charlas con cada uno y luego, tras actuar, demostraron con solvencia saber de qué se trata el asunto.”

¿Cómo llevan adelante los enfrentamientos?”

– “Inician con una serie de recitados, algunos muy antiguos y otros, citados en las Sagradas Escrituras. El esquema se mantiene hasta identificar el adversario. Logrado, continúan con frases específicas que posibilitan la expulsión. La resistencia física, la memoria y el manejo de lo emocional es encomiable en ambos. Son creyentes pero no practicantes del culto.”

El paso de los días no hizo más que confirmar el presagio. Tres barrios en paralelo, comenzaron a sufrir una brusca escalada de todo tipo de manifestaciones diabólicas. Apariciones, posesiones e incluso un par de muertos vivos, dispararon todas las alarmas. El cardenal, el obispo y el grupo de sacerdotes capaces de hacer frente a todo lo que estaba pasando, se hallaban reunidos de emergencia en las instalaciones del padre Evaristo. La gravedad de los sucesos, obligó a extender la convocatoria a Roldán y Sambueza. El encuentro transcurría a puertas cerradas y el fragor inicial había menguado hasta alcanzar los niveles de un mitin un tanto numeroso, donde la circulación y escucha de la palabra era posible.

Varias teorías explicativas de los hechos habían circulado sin demasiado éxito. Durante un breve intervalo dialéctico, Roldán soltó unas palabras que captaron rápidamente toda la atención.

– “Creo que un pozo de almas malditas ha entrado en contacto con la superficie, repitió. Solo así se puede entender el número desproporcionado de fenómenos que están ocurriendo en simultáneo. De acuerdo a viejos relatos, más de una cultura ha considerado al infierno como un espacio dinámico ubicado en lo profundo y sin una forma definida, producto de permanentes contracciones y expansiones. Siguiendo esa idea, una prolongación podría alcanzar la superficie, empujada por un cúmulo energético lo suficientemente potente. Una vez logrado, se liberarían los espíritus contenidos en ella. Esa extremidad representaría una especie de pozo, visto del lado del averno.”

– “Existen referencias a esa concepción del tártaro en textos apócrifos, contemporáneos a los Evangelios. Sin dudas, aportaría claridad sobre el conjunto de explosiones demoníacas registradas a lo largo del tiempo y sin causas evidentes que las definan. De acuerdo a esos registros, los comienzos y finales siempre fueron bruscos. Esto último podría deberse a un agotamiento de las fuerzas que sostienen los espacios y el cierre consecuente del canal de comunicación.”, terminó de explayarse el cardenal, redondeando lo expresado por Roldán.

– “Si es realmente lo que está ocurriendo, no queda otra alternativa que esperar al alejamiento del hueco y en el ínterin, actuar según sus consecuencias. Sin ánimo de ser pesimista, es esperable que entre tantas salidas, alguna sobresalga y los esfuerzos para su contención deberán ser mucho mayores. Sería oportuno trazar un plan de actuación para evitar que estemos todos agotados, ante ese eventual.”, opinó el obispo con pesadumbre.

– “Coincido con ello.” afirmó Sambueza, quién hasta entonces, se había limitado a escuchar.

Terminado el encuentro, los únicos dos no religiosos, continuaron con el diálogo en una cervecería distante a unos pocos pasos de la ubicación anterior.

– “Están asustados y con razón. La cosa no es para menos.”, manifestó Roldán e inició una largo sorbo a la refrescante bebida, cargada de burbujas y espuma.

– “Sí, es cierto. Complejo y de consecuencias imprevisibles. No sé como saldremos parados de ésta. Voy a conectarme con un par de colegas, por si acaso. Son muy discretos y con talentos que pueden resultar de gran utilidad.”, remató Sambueza, al tiempo de separaba un par de manís de sus envoltorios y los arrojaba, con habilidad, a su boca entreabierta.

– “No es mala idea. Yo no conozco a nadie lo suficientemente preparado. Cambiando algo de tema, ¿qué fue lo peor que le tocó enfrentar?”

– “Hace unos meses, lidiando con un malévolo importado, mi alma, por momentos, era arrastrada fuera del cuerpo. Allí experimenté lo más extraño que me ha tocado vivir. Pasaba de algo así como estar muerto pero sin perder la consciencia a recuperar el control y las fuerzas, cuando el espíritu reingresaba. Nunca he sentido una vulnerabilidad mayor.” Las palabras de Sambueza estaban acompañadas de trazas perceptibles de pesar.

– “Anima in receptum (alma en retirada). He leído algo al respecto y se considera que muy pocos son capaces de soportarlo. Salir ileso, una vez transcurrido, es menos frecuente aún."

El peor de los escenarios se hizo realidad. Cuando todo parecía indicar la finalización del suceso, una entidad realmente maléfica hizo su aparición. Doblegarla exigió una tarea sobrehumana y en el caso particular de Roldán, prácticamente el propio sacrificio.

Llegó acompañada de un séquito de esbirros que no paraban de entorpecer las medidas que permitían repeler el ataque. Hubo que convocar a un par de sacerdotes que aguardaban el llamado. Uno de ellos desistió de inmediato, al comprobar in situ, de qué se trataba la cosa. El acto final transcurrió en una construcción que oficiaba de albergue transitorio para personas indigentes. Los presentes oficiaron de rehenes del maldito, que no paraba de saltar de cuerpo en cuerpo. Para neutralizarlo, debía estar contenido en un recipiente humano y ello solo era posible con una intervención en el plano espiritual. Un alma lo suficientemente vigorosa mantendría abrazada a la figura que contenía al espanto, mientras eran recitados los cánticos que terminarían anulándolo. Roldán se ofreció para lo primero. Conocía el ritual para liberar su propia esencia y el enorme riesgo que ello conllevaba. Si la estadía externa se prolongaba demasiado en el tiempo, la muerte corporal era un hecho.

Se acostó en suelo, cerró los ojos y empezó con la letanía. El espíritu emergió lentamente (anima libertas) y en plena libertad, se dirigió hacia el infeliz que alojaba al demonio. El rostro de Roldán comenzó a palidecer rápidamente y la temperatura corporal a descender de igual manera. Sin preámbulos, el soplo se aferró con fiereza al poseído, al tiempo que Sambueza y el resto de los colaboradores, aullaban desesperadamente los preceptos. De imprevisto, el sometido lanzó un grito estremecedor y se derrumbó sobre sus pies. Las fuerzas del mal habían perdido la batalla. El cuerpo del espiritista estaba rígido, cubierto de sudor y la respiración era dudosa, cuando el alma se reinstaló en él.

Días después, se produjo un nuevo cónclave. Éste fue breve y austero y buscaba dar un cierre a todo lo acontecido. Rostros demacrados, algunos quilos menos y visibles señales de cansancio, eran suficiente evidencia de la exigencia superada. Se destacó de un modo especial, producto de lo que estuvo en juego, el accionar de Roldán. Éste se mantuvo taciturno durante las palabras. Antes de despedirse, se acordó preservar el contacto, siendo el padre Evaristo el nexo de comunicación.

Meses más tarde y tras finalizar un rutinaria jornada donde intentaba satisfacer las necesidades más diversas, Roldán se disponía a tomar unos mates. Mientras calentaba el agua, no podía alejar de sus pensamientos, la idea de considerar a la ignorancia como la verdadera fuente de aquello que muchos llaman maleficios o encantamientos. Entre sorbo y sorbo, decidió consultar el celular.

Reiterados audios y llamadas perdidas del padre Evaristo, no podían significar otra cosa que la maldad moviendo sus fichas, nuevamente.


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