viernes, 18 de octubre de 2024

 

Partisano

La bestia golpea sin medidas

La tensión era palpable en el caserío. El frente se encontraba próximo y la intensidad del caos reinante, se delataba en la vastedad de sonidos que de allí provenían. El fuego se había intensificado en los últimos días, sin distingo de las horas de luz o de oscuridad. Las guardias locales, instaladas en lo alto, habían detectado en más de una oportunidad la presencia del enemigo pero nada hacía pensar, por el momento, en una amenaza. Se mostraban más interesados en el hallazgo de vías de acceso alternativas para permitir un mayor avance, que en el hostigamiento a los grupos poblacionales. La resistencia en el actual asentamiento estaba mejor organizada, gracias a la presencia de sobrevivientes de la antigua guerra y con formación militar, pero todo resultaría en vano frente a un ataque encabezado por fuerzas profesionales. 

Con las primeras horas del día, se produjo el arribo de un grupo de fuerzas nacionales, encabezado por un sargento y seis hombres a su cargo. Las noticias que portaban no eran alentadoras. Se estaba luchando denodadamente por asegurar una línea defensiva que incluía al único puente en la región. Una vez lograda y sabiendo de su temporalidad, se iba a emitir un único aviso de cruce. El tiempo para hacerlo, obviamente, sería muy acotado y por lo tanto, una rápida movilización, imprescindible. 

La noticia arribó pocos días después y comenzó el avance. Solo eligieron permanecer una viuda resentida y socialmente aislada y una pareja de ancianos. Con movilidad reducida y emocionalmente incapaces de abandonar la propiedad donde habían transcurrido todas las experiencias familiares, ambos, eran además, sobrevivientes de horrores bélicos pasados y estaban totalmente dispuestos a entregar a un costo elevado sus vidas. Y tenían cómo conseguirlo.

La cercana proximidad al puente se hacía evidente en el progresivo aumento de la confluencia de compatriotas desplazándose en el mismo sentido y en el incremento de los estragos, producto de los combates. El suelo reflejaba todo tipo de impactos y dentro de ellos o en las proximidades, aparecían restos de material tanto de guerra como humano. Para evitar que el horror golpeara de lleno, la vista se mantenía fija en el camino y no se desviaba, siquiera, cuando esporádicos lamentos irrumpían en la escena. La cabecera del puente fue alcanzada y se inició el lento recorrido a través del mismo. La construcción era bastante básica, con reducido mantenimiento y solo permitía la circulación vehicular en un sentido por vez. El volumen de los arribados terminó generando un verdadero embudo en su ingreso pero ello no fue motivo de gritería ni empujones. Rostros silenciosos y cabizbajos se ordenaban en filas y aguardaban su momento para poder desplazarse. Del otro lado, soldados colaboraban con los más necesitados y gritaban todo el tiempo para que no se detenga la compungida procesión. 

Cuando los últimos en llegar estaban próximo a la travesía, un par de cañonazos distantes y sus posteriores impactos en el agua, desataron la histeria y el arrebato. La distancia de los golpes fue tan cercana a la estructura que el agua desplazada terminó empapando a los transeúntes. Estaba claro que si se producían nuevos disparos, el puente podía ser alcanzado con facilidad. Gritos, empujones, apretujamientos y un par de caídas a la revuelta corriente, fue el saldo inicial y heridas, hematomas, esguinces y fracturas fue el definitivo del suceso. Todo eso sin contar el fallecimiento de quienes se precipitaron al río.

Pier se ubicaba prácticamente a la cola y avanzaba entre resuellos, arrastrando como podía a dos compañeros heridos. Un nuevo par de estruendos a la distancia, un fenomenal hongo acuático a un lado del puente y el impacto de lleno a uno de los pilares, fueron sus dramáticas consecuencias. La desaparición al momento de una sección del viaducto, pedazos del mismo y personas volando por los aires, formaron parte de la instantánea siguiente. 

Pier, semiinsconciente, fue arrastrado por un par de brazos y depositado boca abajo, a la sombra de unos árboles que marcaban el inicio de la foresta. Allí se mantuvo un tiempo que le pareció indefinido hasta que el sonido de unas tijeras rasgando la parte posterior de la ropa y un dolor realmente atroz, lo terminaron por sumergir en la pérdida total del conocimiento. El retiro de esquirlas, la desinfección de las heridas y su posterior cierre, había comenzado. 

El enemigo, cuan bestia indómita capaz de propinar brutales zarpazos, desparramaba destrucción y muerte sobre todo lo que estuviera a su alcance. El artesano aun no lo sabía pero empujado por una suma de horrores que parecían no tener fin, terminaría formando parte de quienes darían caza y matarían monstruo.

 

 

 

 

 


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