viernes, 11 de octubre de 2024

 

Partisano

Primeras muertes

El grupo avanzaba más lento de lo previsto. Lo conformaban en su mayoría ancianos y una joven embarazada que había retornado de la gran ciudad, al enterarse de su condición. Envuelta en una mar de lágrimas y recogimiento, buscó refugio y perdón en el hogar del que se había alejado despotricando un tiempo atrás. El estado avanzado de la gestación era un verdadero lastre, a pesar del denodado esfuerzo de la madre, que intentaba mantener el paso. La necesidad de realizar detenciones cada vez más tempranas y prolongadas, jugaba a favor de quienes intentaban mantener a distancia. 

No quedaba más alternativa que buscar algún lugar donde pretender pasar desapercibidos. No era algo sencillo, teniendo en cuenta la cantidad de personas. Lo positivo era el vasto conocimiento de la región de quienes se esforzaban por no ser alcanzados. Diálogos a la distancia, cuando la brisa giraba hacia la dirección correcta, marcaba la urgencia de tomar una decisión. “Vayamos hacia las cuevas cercanas al despeñadero. Son varias y cabríamos todos de manera repartida. Un gran problema es su escasa profundidad. Basta con acercarse y sostener la mirada para distinguir el fondo.”, expresó un anciano que formaba parte del grupo decisorio. “No tenemos tiempo ni opciones. Una ventaja es su cercanía. Hay que dividir al grupo en dos, para intentar despistar. Unos pocos acompañaremos a lo que se ocultan y el resto, podrá avanzar de manera más ágil. Roguemos que todo eso alcance. “, sentenció Pier. Separados, comenzaron a moverse. Buscaban pisar sobre todo aquello que no dejara huellas y los que cerraban la fila, la emprendían contra toda marca que sirviera de rastro. 

Las cavernas fueron alcanzadas y los individuos se distribuyeron de a dos o tres, dejando de lado las menos amplias. El carpintero volvió tras los pasos y a escondidas, contempló el proceder del enemigo. Pudo comprobar que el grueso siguió recorriendo la traza original y una pequeña patrulla emprendió en dirección a las cuevas. Tras su inmediato regreso y transmitida la novedad, Pier, además, indicó mantener el más absoluto silencio y a todos aquellos que portaban algo con que defenderse, estar listos para una posible refriega. 

Los cuatro individuos alcanzaron el lugar y se mantuvieron a distancia, expectantes por unos momentos. Intercambiaron palabras y dos de ellos, se acercaron lentamente con su fusiles apuntando hacia las aberturas. Sin ingresar, comenzaron a escudriñar en cada cubículo y tras una tensa espera, uno de ellos gritó de manera incomprensible que, seguramente, no habían observado nada fuera de lugar. Los que aguardaban a distancia parecieron estar conformes e hicieron gestos para que sus compañeros volvieran. 

Emprendían la retirada cuando un débil acceso de tos pero magnificado por la cavidad, emergió hacia el exterior. Los militares dieron la vuelta y arremetieron hacia allí. Un par de estruendos provenientes de otros socavones dieron en el blanco y hubo dos bajas casi al instante entre los atacantes. La respuesta de los sobrevivientes no se hizo esperar y abrieron fuego casi al unísono. Gritos provenientes de la oscuridad confirmaron que habían hecho blanco. Un tercer disparo desde el interior derribó a un nuevo contrincante y el restante, recibió a un desencajado Pier, emergiendo a la carrera. Con la escopeta tomada por el caño y medio encandilado, alcanzó a golpear con violencia al soldado en un hombro. Éste lanzó un grito, producto del dolor. Logró realizar un nuevo disparo que por fortuna, impactó en la roca. Pier volvió a golpearlo, esta vez en un costado y soltando el arma, lo tomó por el cuello. Ambos terminaron trenzados en el suelo. El soldado extrajo su cuchillo y logró herir en un brazo al desesperado oponente. La disputa por el acero fue absoluta. Cuando todo parecía indicar que la balanza se inclinaba para el lado del militar, un disparo en su cabeza, proveniente de la humeante pistola portada por un sangrante anciano, terminó de manera abrupta con la riña. 

El viejo sonrió levemente a un maltrecho carpintero y se desplomó sobre sus pies. Instantes después, su vida se apagaba definitivamente. El cadáver de una anciana, extraído de su escondrijo, fue depositado a su lado. Entre lágrimas, insultos y golpes a la anatomía de los militares caídos, los sobrevivientes emprendieron su desvalije. Armas, municiones, calzados y hasta los elaborados botones de una chaqueta, formaron parte de lo recolectado. Como epílogo, los cuerpos fueron arrojados sin miramientos por el despeñadero. 

Pier, mientras vendaba de manera ajustada la profunda herida de su brazo con tiras de tela provenientes de una camisa enemiga, observaba de manera concentrada en todas las direcciones. Esperaba que los todos los ruidos emitidos no hubieran llegado al grueso de la tropa. El paso del tiempo y la ausencia de soldados, terminó confirmándolo. No obstante, la búsqueda de los militares desaparecidos, era esperable. 

Nuevas voces, pero esta vez familiares, indicaban un nuevo e inminente arribo de personas. Quienes se habían adelantado, una vez logrado el poblado vecino, retornaron con ayuda. Los fallecidos fueron trasladados en improvisadas parihuelas. 

El aberrante número de víctimas inocentes, que se terminaría generando a raíz del pandemónium desatado, sumaba dos nuevos integrantes a su penoso y violento ascenso. 

 

 

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