sábado, 11 de abril de 2026

 

 

 


 

 

Nunca entendió la fascinación que su pequeña hermana siente por el gastado juguete de plástico. Fue retirado por la andariega de un cajón de reliquias. Se trata de un objeto de acción que representa a un veterano general y a la que le faltan colores, en varias de sus partes. Pertenecía a su padre, que lo había recibido a su vez de sus abuelos, como obsequio en el festejo de un cumpleaños en la niñez. Su hermanita no deja de tenerlo a la mano, pese a la generosa cantidad de artilugios con los que cuenta para entretenerse.

La decrépita silueta terminó captando la atención de la joven. Eso la llevó a realizar consultas en la web. Pudo comprobar que no se trataba de un elemento creado de manera única, por la imaginación de un diseñador de juguetes, sino que representaba a un militar de férrea personalidad y con una historia profesional cargada de luces y sombras, que podían variar acorde al ángulo desde donde se realizara la interpretación. El éxito de ventas había sido aceptable y el interés de los coleccionistas retro por la piezas en su estado original, se acercaba a lo muy bueno.

El apego alcanzó un punto crítico en el cual, por ejemplo, la niña solo aceptaba conciliar el sueño con la figura a su lado. La separación temporal desencadenaba verdaderos berrinches, que solo se apaciguaban cuando el trasto hacía su aparición. A partir de allí, el desinterés comenzó a ganar trascendencia y finalmente el personaje, totalmente desplazado, comenzó a acumular polvo en el interior de una cesta desbordada de cachivaches. Esta vuelta a la luz concluyó con la devolución a su estadía original. Allí permanece desde entonces, sumergido en las sombras que conforman las paredes pulidas y la tapa de madera del reservorio.

El tiempo continuó con su interminable derrotero. La joven alcanzó la maternidad, casi finalizando los estudios superiores. Bastaron unos pocos meses para que la criatura diera sus primeros pasos y unos pocos más, para que el mundo entero se transformara en un enigma a descubrir. No pasó demasiado para que el envejecido alojamiento de objetos lúdicos volviera a ser alcanzado, su cobertura izada con torpeza y un par de diminutos ojos curiosos, hurgaran en su interior. El vapuleado juguete volvió a ver la luz y al igual que en las oportunidades anteriores, rápidamente ocupó el primer lugar en las preferencias de la tambaleante inquisidora. En esta ocasión, la incipiente madre, consideró que debía indagar más sobre el insólito interés.

¿La inclinación tenía una raíz psicológica? El oportunismo del mercadeo como una posible explicación, estaba descartado. El personaje al que hacía referencia era un completo desconocido para quienes lo estrujaban y para los adultos, solo despertaba el interés de un público muy restringido y del cuál, la familia, estaba distante. Parecía un callejón sin salida hasta que una explicación factible irrumpió de manera inesperada, mientras observaba hacia ninguna parte, a través de la húmeda ventanilla de un tren suburbano.

Tomó muestras del plástico y de los diferentes colores que teñían la presea y comenzó un análisis profundo, en el laboratorio industrial de la empresa donde se desempeñaba. Sus conocimientos profesionales sobre compuestos químicos y sus propiedades, le permitieron obtener un resultado preciso. No había nada que hiciera sospechar de una dependencia orgánica o mental, provocada por sustancias volátiles o por aquellas incorporadas en finísimas cantidades, mediante la manipulación o el contacto con las mucosas. Todas se encontraban superadas en la actualidad pero nada hacía pensar en alguna clase de peligro. El enigma seguía latente.

Algo inédito comenzó a ocurrir con el paso de las semanas. La necesidad de la joven de estar en contacto con la desvencijada silueta se incrementó de tal manera, que llegó a competir con su pequeña hija por ver quién la tenía más tiempo en su poder. Aquello rayaba el absurdo y eso disparó el desconcierto en la novel madre. Llegó a considerar la necesidad de tener que realizar una consulta profesional y mientras aguardaba por el arribo de la fecha pactada, siguió investigando sobre el enigmático militar. Resultó existir una autobiografía, a la que logró tener acceso. Lo escrito reflejaba una vida asociada a un continuo de misiones y por fuera de ellas, vivir saltando entre las agregadurìas militares de diferentes países. Eso lo había llevado a permanecer ausente de su hogar durante prolongados períodos y cuando no, estar desplazándose junto a su núcleo familiar íntimo. Todo culminó en la separación marital y quizás, lo más doloroso, permanecer alejado en demasía, de su única y amada hija. Los escasos momentos que logró compartir tuvieron un gran impacto emocional, en especial, al comienzo de su existencia y en los albores de la juventud. La lectora quedó impactada, tras aquellas palabras.

Comenzó a desarrollar una creciente desconfianza hacia el deslucido objeto de plástico ¿Cómo encajaba éste, en las zozobras que vivían ella y su hija?

La empresa que en su momento creara la figura, decidió sacar una edición limitada, en honor al cincuenta aniversario de su salida a la venta. Esta vez, estaría acompañada de su hija, en el momento de la juventud. Ya en el mercado y a juicio de la joven, su parecido con esta última era demasiado elevado y decidió contactarse con la firma, a fin de exigir una explicación. La respuesta, que agregaba una cita con el diseñador en jefe, no se hizo esperar. Durante el encuentro, mientras recibía una  una somera explicación, le era facilitada una antigua fotografía donde el militar posaba junto a su hija. La similitud era notable. “Mi abuelo fue quién diseñó el juguete inicial. Admiraba en gran medida al general, a quien conocía personalmente. Había servido oportunamente, bajo sus órdenes. Para la creación de la silueta que representa a su hija, nos basamos en esa escena. Es evidente el sustancial parecido entre ambas.” “Tiene razón", señaló la joven, que no dejaba de apreciar la imagen con detenimiento. “Una novedad de la figura actual contra la anterior, además de los materiales que la conforman, es la capacidad que posee de emitir frases cortas y de manera esporádica, una vez encendida. ¿Desea algo de beber?”, expresó el diseñador. “¿Podría ser un café? Si es así, solo y sin azúcar, por favor,” agradeció la joven.

En el silencio de la cómoda oficina, la frase resonó con absoluta claridad. “¡Hija, qué alegría que volvamos a encontrarnos!La joven, sobresaltada, se puso de pie y se dirigió con lentitud hacia el juguete que se encontraba exhibido sobre una moderna estantería. Al revisarla, la perplejidad y el temor comenzaron a invadirla. El discreto interruptor, marcaba la posición de apagado.

 

sábado, 28 de marzo de 2026

El verdadero enemigo

  


 

Mi instinto indica que es momento de correr y hacerme de una artillería pesada diferente. Lo que obra en mis manos, en estos momentos, no sirve para enfrentar lo que se viene. Mi instinto sabe de supervivencia e ignorarlo puede llegar a ser fatal. Siguiéndolo, estoy todavía aquí. La tarea que llevo adelante, de aplicar soluciones y por cualquier vía, sobre aquellos que han decido no entrar en razones, presenta un estrecho margen de error.

El orificio, parcialmente abierto en el suelo, tenía una ubicación y profundidad estratégica. Pero no despertaba la suficiente confianza sobre su seguridad. Ingresé e inmediatamente después del disparo, sentí el pesado movimiento sobre uno de mis pies. Me retiré con enérgicos movimientos y emprendí una alocada carrera. Más tarde, comprobaría la suerte de la tarea prevista. Ahora buscaba, desesperadamente, salvar mi integridad.

Era consciente del terreno donde me hallaba. Las boas terrestris son verdaderas cabronas cuando se trata de defender su espacio y la que estaba ocupando el hoyo, no seria la excepción. El pesado fusil era un verdadero lastre y solo entorpecía el avance. Alcanzado a duras penas el vehículo, el golpe fácilmente perceptible, indicaba que el contrincante había abandonado el refugio y se dirigía a gran velocidad hacia el osado intruso. Retiré la pistola de su estuche y al girar, me encontré separado del gigantesco animal por una muy corta distancia. Inicié la ronda de disparos. Cada uno, pese a desprender importantes porciones del cuerpo, no amedrentaba el ìmpitu del reptil. Recién el último, directo sobre su cabeza, detuvo todos sus movimientos. Transcurrieron varios minutos antes de que pudiera recuperar normalmente el aliento.

Como en el caso anterior, la profesión me ha llevado a estar lidiando con situaciones inéditas. En una ocasión, solo podía impartir los fundamentos encargados, desde un sector del inmenso parque adyacente a la propiedad del testarudo. El problema mayúsculo lo ofrecían los animales exóticos, que vagaban libremente en áreas determinadas. Me fue imposible precisar en cuales y así, al retirarme, me encontré enfrentado a un sorprendido facòquero, que sintiéndose acorralado, empleó el par de sobresalientes colmillos para defenderse. La feroz cicatriz en la pierna derecha que me acompaña desde entonces, impide realizar toda clase de ninguneos sobre el violento episodio.

Las pirañas hacen honor a su naturaleza cuando la sangre las incita. Adoro nadar en aguas cálidas y este encargo me había llevado a trasladarme hacia ellas. La dificultad radicaba en la ubicación. No correspondían a las apetecibles transparencias de un mar tropical sino a las de un turbio río continental, infectado de peces dientones. En su márgenes, se encontraba localizada la madriguera del irreverente cabezota. El equipo de inmersión protegía de manera relativa, al igual que el agregado de un combo de sustancias repelentes. Me desplazaba luchando contra la corriente, esquivando toda suerte de restos vegetales que se elevaban desde las profundidades y bajo la inspección constante de los carnívoros fluviales. Era consciente que una mínima lesión sangrante, darla inicio a un explosivo frenesí de dientes aguzados y tras el cual, mi existencia pasarla a convertirse en un cúmulo de huesos y restos del equipo desperdigados por el fondo. El plan transcurrió dentro de lo previsto. La ejecución fue limpia y sin dejar un rastro claro sobre su origen. Ello me permitió emprender el retorno, liberado de un nerviosismo excesivo. Los empujones de la masa líquida en movimiento se habían intensificado y el esfuerzo necesario para sostener el rumbo, era mayor. Podía sentir, cada ciertos intervalos, el golpe de las aletas contra la indumentaria. Los depredadores estaban más atrevidos. Probablemente, el efecto de los químicos que los mantenía alejados, se estaba perdiendo. Debía apurar el paso.

Una breve emersiòn confirmó que el desplazamiento era correcto y que el lugar planeado para la salida estaba próximo. Bajo el cobijo de las oscurecidas aguas y al reemprender el pataleo, un breve y violento remolino me terminó depositando sobre un auténtico caos de ramas. No hizo falta comprobar el estado general de mi cuerpo. Múltiples sensaciones de ardor y dolores localizados, confirmaban el impacto de numerosos agujazos. El Terror me invadió sin más. Intenté avanzar de cualquier forma. El dolor que irrumpió, instantes después, es casi indescriptible. Mientras me movía, la boquilla del regulador de aire era estrujada con violencia, cada vez que sentía una agitada vibración y con su cese, la consecuente pérdida de una porción de mi anatomía. Alcancé la tierra y continué avanzando, impulsado sobre mis codos. A cobijo, hizo falta emplear el cuchillo para liberarme de las tres enceguecidas bestias, que continuaban aferradas a mis carnes. Suturas, transfusiones, fiebre y una posterior rehabilitación, fueron el corolario del encuentro salvaje.

Hormigas toro, gigantescos roedores hambrientos y hasta una delirante cacatúa que imitaba a la perfección, los múltiples sonidos de una alarma, se fueron sumando con el tiempo, a la lista de desafortunados encuentros con integrantes del reino animal. Todos dejaron su huella.

Soy uno de los pocos afortunados que pudo retirarse en una pieza y en forma definitiva, de sus labores. Disfruto realizando todo aquello que demanda la supervivencia en una pequeña extensión de tierra y rodeado de múltiples individuos que cacarean, mugen y ladran. Todo lo vivido no provocó hacia ellos, un mínimo de resentimiento siquiera. El verdadero odio está dirigido hacia los monstruos racionales que lucran con las guerras, trafican personas, drogas o lo que sea, movidos por el único interés de obtener beneficios e importándoles nada, del cuantioso sufrimiento que acompaña a esas acciones.

  

sábado, 21 de marzo de 2026


 

El vampiro descansa sobre la gruesa rama que se yergue en las alturas. Levanta la vista y comienza a recorrer el firmamento. Por momentos, entrecierra sus ojos y sonríe, ante la turbia imagen que se termina formando en su cabeza. Cae en la cuenta de la enorme cantidad de tiempo que lleva transcurrido, sin contemplar los cielos. La mar de estrellas que se despliega hasta el infinito, llega a aturdir por unos instantes. Más allá de lo que marca la ciencia, el cuadro encierra magia y sosiego.

Se siente saciado y eso predispone de mejor manera a la apreciación y el disfrute. No olvida las extensas hambrunas padecidas a lo largo del tiempo, provocadas por  pestes o guerras. La cantidad y calidad de las presas disminuía de manera tal, que la propia debilidad transformaba el acto de cazar en un auténtico tormento, por paradójico que fuera. En esas circunstancias, había llegado incluso, a maldecir la resistencia para encontrar la muerte.

Redescubrió el sitio por accidente. No lo frecuentaba desde hacía décadas, producto de la ausencia total de víctimas. Semanas atrás y para su sorpresa, detectó a una y no dudó un instante en someterla. Días más tarde y tras una nueva incursión cargada con algo de recelo, pues consideraba al último hallazgo como un hecho fortuito, volvió a toparse con otra. No podía ser solamente obra de la casualidad. Desde entonces, cuando la necesidad lo urge, incurre en la salida, que sigue sumando buenos resultados. 

La reciente moda de caminar de noche, por lugares apartados y en solitario tiene, como cualquiera de ellas, duración incierta. Eso al vampiro no le incumbe y solo aprovecha la ocasión. Reside a corta distancia y los individuos son, en general, jóvenes y saludables. “Las buenas oportunidades deben ser tomadas cuando se presentan. No hacerlo, es un error imperdonable,sentencia para sí, mientras retira los restos de sangre fresca que permanecen depositados sobre sus labios.

 



 

El hambre le nubla los sentidos y le altera de un modo dramático el razonamiento. Sabe que debe esperar pero la ansiedad lo devora como un fuego. Solo la memoria lo detiene. Por ahora. Actuar de manera impulsiva lo ha llevado a estar a centímetros de la muerte y la impresión consecuente, intensa y activa, suena como una alarma cuando el desborde es inminente. No ha sido grato tener que confrontar un grupo de pesados mastines, entrenados para destrozar a un intruso ni a una turba de enardecidos socorristas, que asisten alertados por la gritería histérica de la víctima.

Contempla, desde una distancia razonable y correctamente mimetizado, la ventana de una habitación atiborrada de objetos. La pareja se mueve en todas las direcciones, acomodándolos en los estantes o en el interior de los cajas. Pero no son ellos, el blanco de interés. Todo está centrado en el tercer individuo presente y parcialmente expuesto desde donde se ubica. Parece ser el que ordena qué hacer a los otros y nada más. De tamaño importante, promete ser un suculento festín.

La pareja se retira, dejando una iluminación difusa y cerrando tras de sí, la puerta de acceso. Debería seguir analizando el cuadro un instante más pero los agujazos estomacales quiebran toda contención y se precipita sobre la abertura escudriñada. Empuja con suavidad y para su momentánea sorpresa, la hoja se desplaza sin oponer resistencia alguna. Ingresa con el máximo sigilo. La figura se encuentra casi completamente de espaldas y no da muestras de advertencia alguna. Se lanza sobre ella, la envuelve con un potente abrazo pero la inercia continúa y ambos terminan en el suelo. El maniquí se desarma en varias partes. El golpe, delator, dispara la secuencia fatal. La puerta se abre de manera violenta, las luces se encienden y el violento ballestazo, acompaña la salida del aguzado proyectil de madera.

El dolor palpitante en el tórax, marca que ha alcanzado su destino. “Todo ha sido una trampa. Burda y estúpida, pero efectiva,” pensó, mientras comienza a deshacerse entre fuertes espasmos. “Tendría que haber esperado algo más, haber tenido un poco màs de paciencia,” fue su última reflexión.


 




 

 

  



sábado, 14 de marzo de 2026

 


 

 

Puede ser considerado un pantano de pequeñas dimensiones. Reúne el mínimo de condiciones indispensables para ello y por lo tanto, no se trata de un lugar demasiado frecuentado. La cercanía con el poblado no juega, en este caso, a favor de dicho objetivo. Sus aguas, poco profundas y estables, ofrecen recurso y resguardo a incontables ranas, aves, gusanos y a una enmarañada vegetación costera y sumergida. Como es de esperarse, la capa de barro que cubre el fondo es generosa y en determinadas circunstancias, el olor pútrido que se desprende, puede golpear el olfato con intensidad. Llama la atención, eso , el escaso volumen de insectos presentes.

Cuando se instalan las condiciones ambientales requeridas, densas nubes comienzan a observarse a muy corta distancia de la superficie y basta una leve brisa, para que sean empujadas en cualquier dirección. Cuando se proyectan sobre el caserío, todo se impregna de una elevada humedad y las sensaciones de frío y desamparo, agobian a sus habitantes.

El borrachín vivía en una modesta construcción en las afueras y la distancia que lo separaba del pantano, era relativamente corta. En su monótona narrativa, no dejaba de referirse al placer que le generaba el consumo de la carne de rana y su alternancia con la ingesta de anguilas, pez abundante en las fangosas orillas. No cesaba de repetir, además, la costumbre de salir a buscar a las primeras de noche y armado con una pala y en cualquier momento del día, a las segundas. Fue en el bar donde su inexplicable ausencia comenzó a llamar la atención. Conocidos primero y elementos policiales después, realizaron las averiguaciones y la búsqueda respectiva. Todos los intentos concluyeron con la misma e incómoda respuesta. La desaparición era una lamentable realidad y no había pistas o datos que ayudaran a resolver el enigma. Lo único inusual y tal vez periférico a lo ocurrido, fue el notable incremento en la cantidad y el volumen del croar de las ranas, durante los días previos y consecutivos a la desaparición.

Escasas semanas posteriores, el episodio comenzó a formar parte de la memoria y fue reemplazado por otros, de mayor interés para los parroquianos. Alguien comentó, entre tanto coloquio mundano, haber escuchado una mayor actividad en las turbias aguas pantanosas y otro agregó, complementando esa idea, haber percibido una explosión nada habitual, en el seno del líquido elemento. Ambos eran coincidentes con el lapso de los sucesos; altas horas de la noche.

Había descendido, como tantas veces, en el camino vecinal inmediato al pantano y se dirigía a su domicilio, circundando el espejo. El cielo despejado y la majestuosa luna llena, aportaban la suficiente intensidad lumínica necesaria para evitar el molesto ingreso a las aguas. El croar de las ranas, totalmente inédito en su potencia, resultaba casi ensordecedor. El golpe inesperado y de una fuerza desmedida sobre la pierna de apoyo, terminó provocando la caída descontrolada. Un segundo impacto, esta vez sobre una mano, permitió detectar algo húmedo, pesado y muy adhesivo. Instantes después, el atemorizado caminante era arrastrado un buen trecho. Liberado de la gomosa sensación, consiguió encender la luz del móvil y dirigirla hacia la posible causa de lo que estaba ocurriendo. Al enfocar la revuelta masa acuosa, se enfrentó un par de enormes ojos que lo tenían enfocado, dos generosas aberturas nasales y una grosera abertura bucal que proyectaba a modo de látigo, una prolongada lengua viscosa. El miedo se transmutó en terror y lejos de permanecer entumecido, comenzó a retroceder arrastrándose, de un modo trabajoso. Así, consiguió salvar su vida. Los sucesivos contactos carecieron del poder de adherencia necesario y finalmente, se detuvieron. Jamás creyó que podría correr, de la manera en que lo hizo.

La gritería y los movimientos alocados de la víctima, terminaron sacando a casi todos, del contacto con las sábanas. Un poco más sosegado, consiguió contar lo sucedido y como era de esperarse, el convencimiento no fue unánime. Pese a ello, nadie se atrevió a dirigirse al pantano, en busca de una comprobación adicional de lo escuchado.

Rápidamente, comenzaron a atarse los cabos sueltos relacionados con la repentina desaparición sucedida días atrás. Seguido, irrumpieron las más variadas maneras de combatir al engendro. Secar el pantano o recorrerlo realizando nutridos disparos en diferentes sectores, figuraron entre las posibilidades. Terminó consagrada, prender fuego el agua. El viejo biplano del fumigador, funcionaba con el remanente del combustible no empleado en el aeropuerto capitalino. El propietario disponía de varios tambores. La idea era cubrir con el mismo, una buena porción del charco y encenderlo. La bestia, asustada, abandonaría la protección de su ambiente y una vez expuesta, sería ejecutada con la dosis de pólvora y plomo que resultara requerida. Operación simple y sin demasiadas complicaciones, al menos en los papeles.

Hubo que esperar las condiciones temporales propicias. Nadie se acercó al pantano durante ese tiempo. Era vigilado, pero a la distancia. El croar de la ranas, mientras tanto, asemejaba a un coro enfervorizado y carente de toda afinación.

Con las idas y venidas del ruidoso armatoste, se desperdigaba una fina llovizna transparente sobre la superficie. Manchas de variados tamaños se dibujaron al instante. Concluidas las pasadas, grupos de vecinos fuertemente armados comenzaron a rodear el bajío. La fase crítica de la operación exterminio, como había sido bautizada de manera tácita, estaba a punto de comenzar. Una flecha incendiaria improvisada, comenzó a surcar los aires e impactó en el agua, a medio trayecto contra la orilla opuesta de donde partiera. El encendido y la explosión fueron casi en simultáneo. El ruido y la oleada de calor, alcanzaron a los prevenidos observadores. La ausencia de viento permitía que las llamas y el humo se dirigieran directamente a las alturas.

Las primeras víctimas comenzaron a emerger del infierno y tras alcanzar la orilla, terminaban allí su existencia. El olor del queroseno ardiendo, se mezclaba con el de vegetación y carne calcinada. Algunos presentes comenzaron a realizar indisimulables arcadas. El número de batracios extintos que se estaba acumulando, parecía no tener fin. Era un colateral esperado y del que nadie se sentía satisfecho. De pronto, un cuerpo de prodigiosas dimensiones irrumpió en el dantesco espectáculo, con un portentoso salto que lo depositó sobre dos atónitos espectadores. La muerte por aplastamiento fue inmediata. Seguido a un momentáneo interìn de zozobra, se desató una incesante balacera de quienes estaban próximos al anfibio siniestro. Los demás, iniciaron veloces carreras, buscando sumarse a la furibunda ejecución.

No fue algo sencillo. La piel estaba reducida a un cuero generoso y atravesarla, requería disparos de grueso calibre. Cuando finalmente pereció, mostraba profusos sangrados en toda su anatomía, ojos destrozados y lesiones consecuentes de múltiples quemaduras. El cuerpo inerte de un impetuoso atacante, emergía parcialmente de la boca del monstruo.

El extraño suceso es recordado por la mayoría con dolor, temor y solo algunos, lo hacen con cierta fascinación. El costo biológico que debió soportar el pantano fue inmenso. Los actuales amos y señores del sitio son los insectos, que en determinadas etapas de su ciclo, tienen a mal traer a los humanos. Por suerte, ha primado la paciencia por sobre el volcado de pesticidas o la introducción de algún organismo exótico para combatirlos. Los anuros han comenzado a poblar el hábitat de manera lenta pero sostenida. El incremento en el croar lo respalda. Dos ejemplares se destacan por su talla, visiblemente mayor por sobre la del resto.

 

domingo, 1 de marzo de 2026

 

  




 

Se ha mantenido inexpugnable por centurias. Ha rechazado toda clase de ataques, prácticamente desde sus orígenes. Está bien dicho prácticamente y no desde sus orígenes, producto de un comienzo devastador. Siendo apenas una ciudadela con un sistema de defensas fácilmente franqueable y localizada en la periferia de un extenso territorio, soportó una destrucción casi completa. El hecho estuvo a cargo de tropas en tránsito, que respondían a una monarquía enemiga de quién los gobernara. No hubo ninguna clase de asistencia durante, ni pasado el suceso. Ello desató la furia de los supervivientes y con ella, el sentimiento perpetuo de tener que valerse por sí mismos. A partir de ese momento, una parte importante de los recursos generados, se destinaron a la fortificación, la instrucción y el equipamiento de las tropas.

Con el paso de las generaciones, el tamaño y el bienestar social crecieron y con ello, el valor estratégico. Ya no se trataba de un mero conglomerado ubicado en la distancia. Los muros eran altos y los ciudadanos se desplazaban con postura erguida y no exentos de orgullo. El grupo militar era estable, elevado en su número y con sobradas muestras de capacidad. La tentación por exigir una muestra explícita de reconocimiento a la autoridad, comenzó a carcomer a los sucesivos reyezuelos. Uno de ellos, insuflado por la arenga de una corte plagada de alcahuetes, se animó a dar el paso y mandó una ostentosa comitiva, encabezada por el obsceno secretario personal del monarca, su séquito y una custodia integrada por miembros de la guardia real. La respuesta obtenida a las pomposas y absurdas peticiones sobre la prueba de sometimiento, fue el tajante desprecio de los presentes. El ridículo personaje, con visibles muestras de ofuscación e invocando el poder otorgado por la máxima autoridad, ordenó a la tropa impartir un castigo ejemplar al regente de turno. El mandato solo recibió silencio. Los militares sabían apreciar la calidad de un contendiente y en este caso, no pasaba inadvertida.

La noticia corrió como pólvora encendida. Las tropas reales fueron aplastadas en toda oportunidad, al querer conquistar a la díscola población. A partir de allí, el respeto, al igual que la espuma en una orilla agitada, no dejó de incrementarse. Atraídos por el magnetismo de querer derribar al poderoso, incluso extraños, arremetieron contra sus límites. El rechazo a cada intentona, se mantuvo inmutable. La ciudad ganó fama de inaccesible. Los muros habían alcanzado una conformación imponente, al igual que la ingeniería empleada para su reparación. Las porciones que terminaban cediendo ante el fuego concentrado podían recuperarse a una velocidad tan vertiginosa, que el ingreso de los agresores era incapaz de generar dificultades. Esta clase de logros no formaban parte de las metas u objetivos del común de los ciudadanos pero fueron aceptados y se sometieron a sus demandas. Había quedado claro que la supervivencia implicaba sufrimiento, valor y estar siempre por delante en el campo de batalla.

El despliegue era colosal. La maquinaria bélica que comenzaba a posicionarse era variada y seguía un patrón de orden determinado por las características y funciones. La tropa exhibía todo el abanico de especializaciones esperable y hasta alguno novedoso, relacionado más con el lugar de procedencia del grueso de sus integrantes, que con la utilidad en sí. Saber con exactitud a quién respondía semejante esfuerzo, no fue tarea sencilla. Era evidente que no obedecían al gobernante de un territorio cercano y que estaban allí con toda la intención de conquistarlos. Todo respondía a una lógica fuertemente expansionista. El reducido grupo que portaban los estandartes de parlamento, se acercó a los muros, gritó a viva voz sus condiciones y aguardó la respuesta por breves instantes. Obtenido el no unánime a lo expresado, giró sobre sus talones y cuando se hallaba a distancia segura, comenzaron las acciones.

Nadie permanece estático tras los muros. La parte activa de la defensa recala en los jóvenes, sin diferencias motivadas por el sexo y los niños y ancianos, colaboran trasladando insumos, ayudan con los heridos y el apagado de incendios. Los agresores, conscientes que un asedio prolongado termina favoreciendo a los agredidos, no ahorran esfuerzos ni recursos. Poco a poco, la granítica muralla comienza a resquebrajarse. En la ciudad, nadie se pregunta sobre la justificación de lo que está ocurriendo. Consideran, simplemente, estar ubicados en el camino de alguien ambicioso, que exige ser reverenciado para conservar la vida y ninguno acepta pagar semejante costo.

La caída es inminente. Todas las construcciones presentan algún grado de destrucción y el porcentaje de muertos y heridos, supera a los exánimes no afectados. El suicidio colectivo como solución extrema ha sido acordado y no existen titubeos en su ejecución. Solo basta decidir el momento.

Cuando los paredones devolvieron una prolongada quietud, los atacantes interpretaron el significado y marcharon hacia la cosecha de las migajas. Desde los restos que permanecían erguidos, los sobrevivientes observaron el movimiento y en el instante previo a dar la orden para consumar la matanza y quitarse la vida, fueron sorprendidos por el estruendo de numerosas trompetas de guerra. Alguien acudía en su ayuda.

El choque fue épico. Tras varias horas de enfrentamiento, el remanente de las fuerzas invasoras inició el repliegue. La victoria había sido alcanzada, a pesar de la violencia imperante. Desde la ciudad, todo era contemplado con perplejidad.

El rey se acercó a las destrozadas puertas de ingreso y puso énfasis en su intención de querer acceder. La apertura fue imposible y terminaron siendo derribadas. El soberano avanzó y se detuvo frente al grupo de debilitados residentes. Soldados, comerciantes y mozos de establo, entre otros, exhibían el mismo aspecto. Hambrientos, malolientes y sin muestras de resignación. El soberano fue directo en sus palabras. No pudo contener la admiración frente a quienes eligieron enfrentar, a costa de la propia existencia, la mayor fuerza invasora que el reino había recibido jamás.

 

martes, 24 de febrero de 2026

 

 


 

El pesado bombardero, una verdadera pieza de museo volante, aterrizó con suavidad. Momentos después detuvo su rodaje, en el espacio asignado para ser exhibido en el festival aéreo del día siguiente. Uno a uno, los poderosos motores detuvieron la marcha. La pareja de pilotos no demoró demasiado en abandonar el aparato. Quedaría en el lugar un par de días, para luego continuar con el derrotero previsto. El viaje forma parte del recordatorio sobre el final de la Gran Guerra, acontecido siete décadas atrás. Los destinos visitados por la aeronave, se corresponden con la procedencia de las distintas tripulaciones que participaron del conflicto y que tienen personal sobreviviente. John y sus ochenta y nueve jóvenes años, representa a uno de ellos. Con apenas diecisiete, tuvo el bautismo de fuego. La experiencia fue trágica, regresando a tierra con dos compañeros muertos y daños considerables en la estructura del pájaro. Los meses subsiguientes, se convirtieron en los más intensos del resto de su existencia.

La invitación como personal distinguido arribó con la suficiente antelación y eso, no había hecho más que agregar tiempo, a la confrontación interna sobre asistir o no. Jamás se percibió como un héroe ni reclamó algún tipo de reconocimiento o excepción. La duda proviene, en realidad, sobre su posible reacción emocional frente al avión. El abultado paso del tiempo no consiguió amortiguar lo suficiente, la intensidad de lo protagonizado. Las impresiones han resultado muy difíciles de sanar y cree que solo ha aprendido a convivir con ellas. 

La noche anterior al suceso, se repitió una antigua pesadilla. El avance de las tropas aliadas estaba estancado en el frente occidental de la ciudad capital. La línea defensiva contaba con los últimos recursos bélicos y las acciones eran desesperadas. Propios y oponentes reconocían que la caída del sitio constituía la abolición del régimen y con ello, el fin de la guerra. Cada metro era disputado sin el ahorro de esfuerzos ni vidas. Para horror de los atacantes, el número de niños y ancianos presentes entre los caídos, era cada vez mayor. Como una forma de acelerar la victoria, se decidió bombardear las reservas de los defensores y ello implicaba tener que atravesar una verdadera muralla de fuego antiaéreo y repeler la constante agresión de los cazas enemigos. En el momento de la embestida e intentando dividir la atención, se producirían múltiples ataques en tierra. Los escuadrones de bombarderos despegarían durante las últimas horas de la noche, apostando a la molestia visual de los adversarios al momento de alcanzar sus posiciones, producto de la salida del sol.

Todo fue un maldito infierno. Uno a uno, los aviones caían, víctimas de la metralla y las explosiones. Tripulaciones enteras terminaron envueltas por las llamas y precipitándose sin ningún tipo de control. Quienes consiguieron sobrevivir, iniciaron de inmediato, la terrorífica tarea. Los puntos fijados como blancos empezaron a estallar, tras el impacto de la torrencial descarga de toda clase de bombas. El número final de aeronaves que lograron concluir el diagrama completo, fue reducido. El precio demandado en vidas y aparatos, fue descomunal. Un desastre de semejantes proporciones, no estaba contemplado ni en las estimaciones más pesimistas. El anciano se despertó con un elevado nivel de agitación, repetido en todas las ocasiones donde las perturbadoras imágenes se terminaban apoderando de los sueños.

A media mañana, sonó el teléfono. El tiempo de espera para confirmar la asistencia había concluido y era necesario dar a conocer la respuesta. El viejo combatiente escuchó el requerimiento y permaneció en silencio.

El ambiente está invadido por la música, voces retumbando por las gigantescas bocinas y el sonido más o menos grave de los motores que impulsan las diferentes aeronaves. La multitud no deja de elevar la vista hacia los cielos, contemplando las pasadas y los shows acrobáticos. La captura de imágenes y la generación de videos mediante los móviles, es incesante. En medio de la algarabía generalizada, un octogenario héroe de guerra avanza sin distracciones, hacia al encuentro de un antiguo compañero de tragedias, honor y patriotismo.

 

martes, 17 de febrero de 2026

 

 


 

La conmoción que provocan las imágenes de heridas, mutilaciones, interminables agonías e incluso la muerte, no disminuye a pesar del acùmulo de experiencia en combate. Esto último sólo impide ingresar en el desbocamiento emocional y el posterior intento de huida del escenario. Ello conducirá al irremediable disparo en la cabeza, de quienes están atentos a esa conducta. No obstante, el mayor freno a la espantada lo componen la sensación de embriaguez generada por los continuos bombazos de adrenalina y la esperanza de recolectar un generoso botín, al final del enfrentamiento. Tales eran las promesas del pesado carguero que estaba siendo cazado a gran velocidad y por ello, el pirata solo tenía vista y cerebro para el hallazgo de los puntos de abordaje más convenientes y las posibles acciones a concretar, tras la subida.

El buque militar que oficiaba de custodia, estaba retrasado. Probablemente, una avería crucial y su posterior reparación, habían determinado que el transporte continuara su derrotero en soledad. Ello representaba una ventaja insólita e imposible de desaprovechar. Los saqueadores disponían de un tiempo limitado para el ataque, la toma de riquezas y la huida hacia los peligrosos bajíos, conformados por aguas poco profundas y un fondo repleto de millones de dagas, representadas por los afilados corales. Se trataba de un espacio bien conocido y surcarlo de manera indemne, demandaba la ejecución de maniobras precisas. Un error en el viraje podía determinar la formación de profundos rumbos a lo largo del casco y la violenta ida a pique subsiguiente.

Nada salió como se esperaba. La riña alcanzó ribetes excesivos. El número de soldados acompañando a la tripulación era anormalmente alto, lo que hablaba del abultado valor de la carga en las bodegas. Y no se compara tener que enfrentar a marineros que intentan preservar su vida de un modo torpe, a tener por delante tropas profesionales. Las bajas en ambos bandos fueron considerables y lo arrebatado, misero. El tiempo consumido fue excesivo y eso posibilitó el peligroso acercamiento de la escolta. Conocedores del oficio, liberaron las amarras a toda prisa, desplegaron de inmediato las velas y tras certeros golpes de timón, tuvo inicio el reiterado juego del gato y el ratón.

A bordo del navío pirata, parecía reinar el caos y sin embargo, nada se cumplía sin perfección ni velocidad. Se apagaban pequeños incendios, se sujetaba con refuerzos el material almacenado, se arrojaban por la borda los cuerpos de los fallecidos y se brindaban los cuidados esenciales a las heridas de mayor consideración. Liberados de los persecutores, la atención de los sufrientes mejorarla de buen modo.

Parte de la arboladura se desprendió tras el impacto. Restos de madera, tela y sogas, comenzaron a precipitarse sobre la cubierta. Los ladrones enmudecieron tras la arrolladora pasada del proyectil y el sonido distante y diferente del habitual cañonazo. Lo que hasta ese momento era un tema de conversación en las tabernas, era evidente que habla tomado cuerpo. Nuevos cañones, más pequeños pero de mayor potencia y alcance, estaban comenzando a ser empleados por los medios de guerra. En esas circunstancias, la consecuencia para los perseguidos disponía de una única alternativa. La huida exitosa no se llevaría a cabo.

Nuevas colisiones siguieron destrozando velas, aparejos y cabos. La velocidad rápidamente comenzó a mermar y con ello, pronto estarían a merced del resto de la batería agresora.

No hay nada de romanticismo en esta vida,” reflexiona el pirata en los últimos instantes. Imágenes y sensaciones comenzaron a circular velozmente por su cabeza. Una niñez miserable en los puertos, eternamente acompañada por el hambre, la lluvia y el riesgo constante de las enfermedades. Transformó en un arte, la habilidad para escabullirse tras el robo de mendrugos y a la desconfianza hacia todo y todos, en una bandera. Las entradas a prisión comenzaron a sucederse y con ellas, la vulnerabilidad a toda clase de abusos. La piratería se presentó como la salida de emergencia para evitar la pudrición entre los barrotes o culminar pendiendo de una horca. Y allí estaba.

El navío de guerra comenzó a ejecutar el giro que lo terminarla emparejando con la embarcación de los bandidos. Acostumbrados a no ofrecer clemencia, no la obtendrían del atacante. La marcada distancia de separación, sentenciaba el alcance insuficiente para la mayor parte de la artillería filibustera. Intentar la defensa era un absurdo.

El pirata resopló por lo bajo y cerró los ojos. Instantes después, una salvaje tempestad de fuego, hierro y humo, iniciaba un macabro espectáculo de muerte y destrucción.