He aceptado ser parte del reducido plantel que durante un año, permitirá el funcionamiento de la nueva sucursal bancaria, en el pueblito costero. Fue un gran esfuerzo conseguir a quienes aceptaran participar de la empresa. Hubo, incluso, un par de renuncias de ingresantes que no estaban dispuestos a realizar el sacrificio. En mi caso, me ofrecí apenas enterarme. Me entusiasman los desafíos y no tengo a nadie que me sujete a permanecer en un determinado lugar. Además, he comenzado a incursionar en el buceo deportivo y por lo que pude averiguar, las aguas ofrecen un verdadero espectáculo subacuático para quienes deseen aventurarse y conocerlo.
Hace dos semanas que estoy cómodamente instalado. El valor promedio del diario vivir es bastante más reducido que en la gran ciudad. El trato afable, acompañado de las actitudes propias del curioso que me caracterizan, es bien recibido por los lugareños. No paso demasiado tiempo sin empezar a concurrir a los sitios de comida o de encuentro social. Los compañeros de trabajo, por diferentes razones, no la tienen tan fácil. Veremos cómo evoluciona todo, desde la permanencia en el lugar hasta las relaciones laborales.
Dos emprendimientos ofrecen salidas de inmersión. Aprovechando el escaso arribo de visitantes, puedo desplazarme entre uno y otro y de esa manera, evitar fricciones innecesarias. Cada descenso se termina transformando en una experiencia superadora de la anterior. Sin embargo, todo cambia con una aparición realmente inédita. Me encontraba un tanto alejado de los demás miembros de la partida. El límite que marca el inicio de la abrupta caída por decenas de metros del perfil, no deja de cautivarme. Detenido y contemplando el casi rectilíneo paredón descendente y su desdibujado final en el lejano fondo, algo captó mi atención. Mientras me debatía entre la realidad de lo observado y un mero producto de la imaginación, preservé el foco y pude comprobar el movimiento. La silueta humana avanzaba con pasos enlentecidos. No obstante, eso era solo una parte de lo increíble. El cuerpo, casi desnudo, no disponía del equipo que permitiera la supervivencia en esas condiciones. Me dirigí al grupo y a través de señas, logré conseguir que me siguieran. Al contemplar nuevamente la escena, nada de lo señalado estaba a la vista.
“¿Cómo había desaparecido tan rápido? ¿Hacia dónde se había dirigido?” En fin, “¿Fue algo real o tan solo una mala pasada de mi mente?” El resto de la excursión transcurrió bajo las permanentes miradas de reojo de parte del instructor recién incorporado y en la superficie, tuve que soportar las risas y cargadas del resto de mis ocasionales camaradas. Al final, opté por dejar de lado cualquier intento de explicación y olvidarme del asunto. Pero el inconsciente, desinhibido, me jugó una mala pasada. En el transcurso de una noche de copas y juego de naipes en la abarrotada cantina, solté lo protagonizado bajo la superficie. La algarabía rápidamente mutó a la quietud y las miradas se dirigieron hacia donde me hallaba. Quedé estupefacto ante la velocidad y lo inédito de la extendida reacción.
“¿Viste al caminante?”, “¿A quién?”, pude balbucear. “¿Cuándo ocurrió? ” “La semana pasada, durante la última inmersión. Pero, ¿de qué se trata? Llegué a convencerme que era una ilusión, dado lo inverosímil del cuadro.” El silencio imperante era tan férreo, que parecía encontrarme en la más absoluta soledad.
“No sabemos quién es ni cuál es su origen. Solo tenemos en claro que su presencia no anticipa nada bueno. Realiza esporádicas apariciones sin ninguna clase de señal previa y desaparece con el mismo preámbulo.” “¿Lo han visto en tierra o solo sumergiéndose?” “Emerge y se desplaza como uno más, pero siempre en la oscuridad. Parece esfumarse con la llegada del sol y no hay forma de seguir sus huellas. Solo queda en el ambiente el fiero olor de una rancia podredumbre, como testigo de su pasada.” “¿Ejecuta directamente las acciones?” “Nadie lo ha visto haciendo maldades con sus propios ojos, pero que ocurren, ocurren. Y sin ninguna razón que lo justifique. Por lo que has indicado en cuanto a la fecha del encuentro, estamos en vísperas de tener alguna novedad. Será mejor que corra la voz, así todos podremos estar atentos.” Los parroquianos comenzaron a retirarse, algunos en solitario y de manera apresurada y otros, en pequeños grupos que intercambiaban diálogos por lo bajo.
Pocos días más tarde, comenzaron los acontecimientos infrecuentes. Un pesquero que funcionaba a la perfección, hizo aguas a las pocas horas de su amarre; a la noche siguiente, el paradero de un vecino comenzó a ser motivo de consultas y al final, fue considerado desaparecido, sin mediar explicación alguna del por qué.
La idea del ocultamiento del misterioso visitante en el transcurso de las horas de sol, no dejaba de darme vueltas. Empecé a considerar que el sujeto ingresaba al agua, hasta la llegada del nuevo momento propicio. Las visitas subacuáticas alcanzaron para tener una idea bastante gráfica de los accidentes de la línea costera. Recordaba la existencia de una serie de generosos socavones. Por ellos inicié la exploración, al término de una apabullante jornada de labor, producto de los reiterados comentarios sobre el repentino incendio que devoró hasta los cimientos, un depósito de enseres de pesca y materiales destinados a la reparación de navíos.
A poco de comenzar a recorrer las bocas, una figura humana se hizo claramente visible en uno de los espacios. Superado el impacto inicial y contenido el deseo de huir de un modo inmediato, era posible observar los despojos que recordaban a un individuo de mediana edad, barbado y cubierto de toda clase de mordiscos. Los ojos turbios y carentes de toda expresión, permanecían abiertos ante la ausencia de párpados. Se mantuvo estático mientras tomada una copiosa cantidad de imágenes y siguió en la misma postura tras alejarme, totalmente excitado, hacia la plateada y ondulante superficie.
Las capturas comenzaron a compartirse entre los dispositivos móviles a gran velocidad. Opiniones de toda clase repitieron la misma dinámica. Cuando la tarde anunciaba su fin, se produjo una improvisada y masiva convocatoria en la plaza principal. Como era de esperarse, el caos inicial era absoluto. Gritos, risas, discusiones y hasta algún empujón, se manifestaron sin ninguna clase de pudor. Cuando todo parecía concluir en el mismo sentido en que había comenzado, las voces gradualmente bajaron su intensidad y un cierto orden al momento de solicitar la palabra, permitió ordenar las prioridades.
Inicialmente, la idea de borrar del mapa al fenómeno era casi unánime pero con el transcurso del encuentro, empezaron a tomar consistencia otras posturas. Varios señalaron que su apariencia no transmitía agresividad pero que eso no lo eximía de ser el posible autor de las desgracias ¿Y si no era él, quién? ¿Había otro implicado, que aprovechaba las apariciones para llevar adelante los desmanes? En pleno intercambio de opiniones, alguien expresó creer reconocer al implicado. El silencio ganó rápido terreno. El vecino retomó la palabra, haciendo referencia a un suceso automovilístico ocurrido en cercanías, varios años atrás. Un par de vehículos estuvieron envueltos en una alocada persecución durante un intenso temporal de verano. Terminaron perdiendo el control en una curva inundada y se precipitaron desde las alturas, contra las rocas costeras. Las condiciones climáticas imperantes ahogaron el estruendo y la enérgica marejada hizo lo suyo. Los cuerpos nunca fueron recuperados y sólo los restos metálicos retenidos entre las formaciones, permitieron entender lo sucedido. Rápidas consultas en Internet ayudaron a confirmarlo. Se trataba de dos hermanos, uno de ellos muy allegado al ambiente delictivo. El día de los hechos, este último iba a ser denunciado en la justicia federal y todo ocurrió en el intento de impedirlo. Las sospechas sobre el causante de los siniestros, tuvieron un giro rotundo.
Bastaron dos guardias nocturnas para terminar apresando al responsable. La presunción fue confirmada. Cubierto con los restos de un pantalón y una camisa, otro caminante emergió con cierto reparo de las aguas e inmediatamente le fueron arrojadas dos viejas redes, que terminaron aplastándolo. Manos fornidas comenzaron a arrastrarlo mientras recibía una buena descarga de palos, propinada por quienes conformaban el bizarro cortejo. No fueron emitidos gritos o palabra alguna, por parte del victimario.
En las afueras, aprovechando un amplio descampado, fragmentos de tablas gastadas comenzaron a apilarse sobre la presa, que permanecía inerte. La enorme fogata ardió durante horas y estuvo acompañada de una muchedumbre que se desplazaba al son del humo y el olor pestilente, que no cesaban de emanar. A la mañana siguiente, el caminante original fue hallado boca abajo, depositado sobre la fina arena de la playa. Recibió inmediata sepultura en la necrópolis local.
Llevo tres años residiendo en el lugar. Actualmente, ocupo la gerencia del establecimiento y del grupo que participó en sus inicios, sólo yo me mantuve. Terminé asociado a una de las empresas de buceo y no puedo negar los interrogantes que me asaltan, toda vez que sumergido, vuelve lo protagonizado. “¿Se encuentra totalmente resuelto el esotérico enigma? ¿Solo estuvieron involucrados los hermanos o hubo alguien más que participó y aún no se ha hecho presente? La ausencia de otras apariciones parece atestiguar que es así.” Eso y más va y viene por mi cabeza, mientras avanzo entre diversos paisajes y liberando una movediza columna de burbujas.

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