domingo, 28 de diciembre de 2025

 El banquete 

I

Se presentan como un grupo de felices viejecitas, dispuestas alrededor de una mesa de generosas dimensiones. Cubierta con un mantel cargado de elaborados detalles y una fina vajilla distribuida de manera individual, aguardan pacientemente por la llegada del azaroso invitado. Esa cándida imagen oculta la tenebrosa realidad. La sanguinaria pandilla de vampiros encontró en la estampa, un verdadero canto de sirena para los desafortunados ignorantes. Gentilmente invitado a participar de la reunión, pasará a constituir momentos después, el plato principal del resto de los comensales.

La mansión, de características victorianas, luce siempre impoluta. Un ejército de esclavos ejecuta la multiplicidad de tareas que exige sostener esa fachada. Jardinería, pintura, reparaciones y limpieza, sobresalen en el ciclo sin fin de labores realizadas. Aquello que demande exposición de los trabajadores, transcurre durante las horas de oscuridad. Cuando un sometido perece, sea por inanición o mero desangrado, sus restos se desvanecen en la potente caldera instalada en el subsuelo. El fraccionado, tratamiento y quema diferida de las distintas partes, disimulan el humo y el olor pestilente característicos.

La recepción estará siempre a cargo del sirviente que reúna las mejores condiciones para los sentidos. La provisión de alimentos se encuentra increíblemente facilitada. El servicio de entrega a domicilio constituye una verdadera fuente inagotable. Basta con solicitar en horario nocturno el envío de una compra al azar, para que, rara vez, el banquete no se lleva adelante. Se atiende por la puerta posterior, menos expuesta a curiosos, se invita al acceso del inocente y todo concluye de manera precipitada. La movilidad se hará desaparecer por los medios habituales como una sustracción, en este caso favorecida y a modo de colofón, bastará con responder a las consultas de la empresa que brinda el delivery o a la justicia que investiga. Las respuestas destacarán siempre, la llegada y el retiro sin novedades del desaparecido.

II

Necesitaba de manera urgente, conseguir un empleo y ser un ex combatiente, no lo facilitaba. Consideraba que la ocupación mental que exige llevar a cabo una tarea, por mínima que sea, lo alejaría de los demonios que no cesaban de agitarse en su cabeza. La medicación no siempre conseguía aquietar las secuelas de lo padecido en el frente. La empresa encargada del traslado de encomiendas, le terminó abriendo las puertas. Allí conoció al Gato, de nombre Gabriel, quién rápidamente se mostró confiable y solícito. Un día, el Gato desapareció y no hubo nada que condujera a su paradero. El ex soldado jamás se permitió su olvido.

Aceptaba, con frecuencia, moverse durante la noche. Era el momento de máximo ruido mental y en más de una ocasión, la intensidad lo terminó obligando a huir del reposo. Avanzaba con lentitud, buscando mediante el móvil, hallar el punto de entrega. El ruido de la tijera que recortaba el cerco perimetral, proveniente de la más completa negrura, captó tanto su atención que terminó deteniendo la marcha. Dirigió el haz de luz hacia el origen del sonido y allí estaba el Gato, eliminando como un autómata, las saliencias vegetales.

Viejo, que alegròn encontrarte. Flor de susto nos diste. Podrías haber avisado que cambiabas de laburo,” manifestó felizmente el ciclista. El interlocutor no dio muestras de haberlo escuchado y continuó en lo suyo. “Gabriel, ¿no me reconocés? Soy yo, el Mono.”, exclamó con cierta sorpresa el repartidor, mientras se acercaba. No hubo palabras. Al iluminarlo directamente en la cara, el Mono quedó atónito. Lívido y con una mirada totalmente vacua, esa persona no era su amigo. “¿Qué te hicieron?¿Quién lo hizo?”, deslizó el Mono, con el tono endurecido. Gabriel recuperó el brillo en la mirada y con un rápido movimiento, descubrió el cuello un instante. El área al desnudo, estaba cubierta de múltiples mordidas y restos de sangre coagulada. Recuperado el aspecto inicial, el Gato se retiró al interior de la propiedad. El Mono comenzó a llorar amargamente.

III

Sabia qué conseguir y dónde. Cubrió la entrega del pedido solicitado pero con una leve demora. Ingresó y se acomodó en la única silla que permanecía libre. Desatado el aquelarre y antes de accionar el disparador, alcanzó a divisar la silueta del Gato, de pie y detrás de uno de los respaldos. Sus ojos estaban lúcidos y mostraba una feroz sonrisa dibujada en el rostro. La combinación de cargas de alto poder explosivo e incendiarias, distribuidas en el cuerpo del Mono, detonaron al unísono. La desaparición instantánea de paredes y columnas, provocaron el derrumbe de la mayor parte de la estructura. Controlar el feroz incendio requirió del accionar en conjunto, de varias unidades de bomberos. El volumen y la clase de restos distribuidos entre los escombros, impidió datar con exactitud el número de víctimas fatales. Maxilares calcinados con caninos excesivamente crecidos y la inusual causa del siniestro, llamaron poderosamente la atención. Determinar el por qué de los hechos, permanece oculto hasta el día de la fecha.

 

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