sábado, 8 de noviembre de 2025

 

李 (Li) II

Parte XI

Los tíos de Li, pudieron finalmente, ser convencidos de hospedarse en la casa familiar. Se les asignó una de las habitaciones para huéspedes y otra al primo Feng. No aceptaron de ninguna forma el servicio de cuarto. Lo consideraban un abuso de la hospitalidad y de intromisión, en la propia intimidad. La tía rápidamente congenió con Mei. Ambas compartían una personalidad firme y en las ocasiones disponibles, intercambian recetas de cocina, secretos para lograr un crecimiento saludable de las plantas ornamentales y el más variado cotilleo. 

Con el tío, el general mantuvo una progresiva mejora en la vinculación. Los dos podían ser reservados cuando la ocasión lo ameritaba, eran curiosos y no soportaban demasiado tiempo, el encierro hogareño. Li observó la fascinación que sentía su familiar por la zona portuaria y el barrio de los artesanos del metal, cada vez más acotado, consecuencia de la creciente industrialización. En este último, terminó comprando un par de herramientas manuales y le solicitó a un herrero la construcción de una tercera, con un par de mejoras que él consideraba necesarias.

Realizaron, además, salidas a diversos sectores de la ciudad, incluidas las bulliciosas calles comerciales, donde desplazarse en los horarios de mayor concentración era casi tortuoso. Una mañana, Li recibió de su amigo, el general Hao, el pedido de acercarse a su oficina, a la mayor brevedad posible. Respondió de inmediato y al querer iniciar el recorrido, su tío preguntó si podía acompañarlo pero solo hasta una de las arterias mencionadas. Allí detendría su marcha. Quería observar con mayor cuidado, ciertos emprendimientos. El punto de confluencia sería el local de venta de especias de Mei, donde ya se encontraba su tía. Li se mostró conforme y partieron. En tanto, Feng, realizaba una visita a un pabellón militar donde, gracias a los contactos de su primo, pudo relacionarse con los médicos a cargo e intercambiar experiencias y conocimientos.

Al mediodía, Li se encontraba en el negocio de su pareja. Breve tiempo después, anoticiado de la agenda familiar, Feng aportó su presencia. Eran las últimas horas de la tarde y el granjero no hacía su aparición. Comenzaron a temer algún suceso. Conocía cómo arribar al sitio, sin ninguna clase de inconveniente. Sobrino e hijo decidieron salir a recorrer la calle hacia la cual se había dirigido. En la misma, todas las averiguaciones resultaron infructuosas. Li solo sabía de sus hábitos muy moderados con la bebida. Intentando hallar nuevas pistas, consultó a Feng sobre gustos, intereses y pasatiempos de su padre. Sobre lo segundo, el galeno manifestó que cuando podía, disfrutaba participar de las rondas del juego 骰子和扑克牌 (dados y naipes). Se trata de un entretenimiento llegado del norte hacía unos años, con reglas intrincadas y que pocos practican. Concluida la escucha, el general le indicó a su primo hacia dónde debían dirigirse.

La habitación era sencilla, provista de una mesa recubierta por un paño gastado y un grupo de sillas, ocupadas por los jugadores. Li y Feng, tras su ingreso y en silencio, recorrieron el ambiente con la mirada. El tío los contempló de manera fugaz y continuó con la partida. De ésta, provenían el ruido de los dados arrojados sobre la mesa, el sonido de las barajas depositadas sobre el paño y las expresiones con la terminología inherente, pronunciadas a viva voz.

Frente a todos, un avergonzado campesino argumentó, posterior a una serie de reiterados pedidos de disculpas, sentirse empujado a probar suerte con un juego que conocía. Necesitaba conseguir una cantidad abultada de dinero para cancelar las deudas pendientes y próximas a vencer. Magras cosechas reiteradas y la fauna de consumo doméstica sometida una y otra vez al tormento de las pestes, habían pulverizado sus ingresos y reservas. Ello había permanecido oculto a quienes lo rodeaban.

Pese a exhibir bolsillos colmados de dinero, no dudó en condenar a la iniciativa practicada como un medio innoble para hacerse de fondos. Miradas fugaces y gestos de complicidad entre quienes recibían sus palabras, permitían concluir con una tácita aceptación, el fin del episodio. 


 

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