sábado, 18 de octubre de 2025

 

Sueño 

Detuve la marcha y bajé atónito del vehículo. La calamitosa construcción plantada frente a mí, era una copia exacta de aquella que poblara mis sueños, tiempo atrás. Los sucesos allí transcurridos garantizaron el recuerdo y ahora, su presencia estaba materializada delante de mis ojos. Cuando pude alejarme, lo hice realizando fugaces miradas por el espejo retrovisor.

El poblado rural estaba siendo evaluado como posible destino para el traslado familiar. Allí residía gran parte de la familia de mi esposa y por el momento, el hastío de la vida en la gran colmena era compartido. Noveles padres de una inquieta pareja de gemelos, considerábamos a la calidez humana de los residentes y un mayor contacto con lo natural, como beneficioso para todos. El transcurso del tiempo confirmaría o no, lo asertivo de esas premisas.

Una serie de consultas sobre la propiedad en cuestión, disimuladas en mundanas conversaciones, permitió concluir que sus propietarios eran, en realidad, un engrosado y disperso conjunto de herederos. Eso había entorpecido su venta hasta tal punto, que le permitió al deterioro ensañarse sin respiro. Era fácil suponer que cada interesado recibiría sólo unas pocas monedas, al momento de la repartija. Acontecimientos fuera de lo común, brillaron por su ausencia en las charlas. Refugio transitorio de algún indigente, inundación de basura y ratas, formaban parte de lo esperable para estas circunstancias y por ende, nada descollante.

Finalmente, terminamos instalados a unas pocas cuadras de separación de la perturbadora vivienda. En un asentamiento urbano como el actual, de limitadas dimensiones, todo termina encontrándose próximo entre sí. La buena conexión a internet, requisito determinante para nuestro trabajo remoto, estaba cubierto con creces.

Los días se hicieron semanales y por acùmulo, meses. No obstante, me era imposible evitar el paso frente a la casa y realizar breves observaciones. Nada capturó la atención en todo ese tiempo. La inquietud se fue desvaneciendo de manera paulatina y a la par, el interés por continuar con la vigilia. Al final, dejé de lado los recorridos que incluyeran de manera intencionada, el encuentro con la misma.

La repentina imagen de la mujer desplazándose frente a nuestra residencia, liberó tanta adrenalina, que el frenesí subsiguiente parecía incapaz de remitir. Partícipe de la pesadilla que tenìa a la vivienda como protagonista, carecía de todo escrúpulo y cometer atrocidades le era tan natural como negar algo con un gesto de cabeza. 

Sin medir ninguna clase de consecuencia y con la única obsesión de poner fin a todo aquello, ingresé a la ruinosa edificación. Una pistola, alojada en la sobaquera, actuaba como un seguro de cobertura frente a lo imprevisto.

Tras un par de vueltas por el interior de la construcción totalmente vandalizada y que solo dejó entrever una mugre superlativa y absolutamente nada de valor, me dispuse para la retirada. Sin embargo, previo a ello, arremetí contra  la única y ennegrecida puerta sobreviviente, con algo más de vehemencia que la intentona anterior. Tras algunos empujones, cedió y su torpe movimiento fue acompañado por una mezcla de chillidos y graves rezongos contra el piso.

La pequeña estancia, estaba a oscuras e inundada de polvo y excremento de roedores. Auxiliado por la iluminación del móvil, pude contemplar lo único presente, la estrecha y oxidada escalera de caracol. Con una pizca de sentido común y un algo de sano juicio presionando sobre la decisiones, habría colocado la puerta nuevamente en su lugar y alejado sin dubitativos. Instantes después, iniciaba un intrigante y temeroso descenso hacia lo desconocido.

Después de una tensa inmersión en las profundidades, el último y roñoso peldaño concluyó frente a otra puerta, de aspecto màs bien raquítico. Al franquearla, un habitáculo de colosales dimensiones se desplegó ante mis ojos. Todo era abandono y nada parecía indicar alguna clase de actividad en muchísimo tiempo. El contacto con cualquier objeto permitía a finísimas partículas elevarse y con ello, generar accesos de tos, moqueo o molestia ocular. Ese espacio, a su vez, conectaba con otro y poco a poco, me vi envuelto en una trama subterránea de toda clase de habitaciones. El piso, por momentos, estaba reducido a dos o tres tablas de dudosa estabilidad y su rotura parecía conducir a una eterna caída libre. Quién o quiénes habían destinado tiempo y recursos para tales construcciones y con qué objetivo, era algo que desconocía por completo.

La negrura que inundaba el éter era tan homogénea, que generaba la ilusión de ser infranqueable. Era consciente que quedarme sin luz, conducía irremediablemente a perecer in situ. El alcance de una chispa a cualquier trasto, en el intento de querer generar iluminación, podía desatar un infierno dantesco. Todo se encontraba reseco, momificado. Batallaba sin cesar contra la irrupción del terror, que hubiese sido catastrófico. Siguiendo el camino de pisadas, visiblemente destacado en la gruesa capa de polvo, pude, en un par de ocasiones, alcanzar la puerta de inicio y con ello, insuflarme tranquilidad.

Teniendo en cuenta el porcentaje restante de batería, emprendí el último periplo a través de una puerta que permanecía no manipulada. El presentimiento de alguien más compartiendo el ignoto cubículo, detuvo de manera abrupta la excursión. Mientras giraba con lentitud, extraje el arma. Entre los objetos comunes a todos los demás espacios como los retazos corroídos de telas colgantes, muebles y algún que otro elemento de decoración obsoleto, comenzaron a sumarse fragmentos de diversos animales. Comencé a moverme con lentitud, iluminando en todos los sentidos. El volumen de sudor sobre la ergonómica empuñadura, no paraba de incrementarse.

El hallazgo de inconfundibles restos óseos humanos, me paralizó definitivamente. Al elevar el celular, se podía distinguir a cierta distancia, una atroz silueta pendiendo de un grueso tirante. De rasgos humanoides, lo único que permitía recordar a la mujer que viera pasar días atrás, eran los fragmentos del vestido dispersos sobre el cuerpo, ahora recubierto de un tosco pelaje grisáceo.

Párpados casi sellados, orejas abusivamente grandes y uñas devenidas en garras en todas las extremidades, eran parte de las aberraciones que destacaban en la criatura. Comenzó a realizar los gestos propios de quién olfatea algo exquisito y de inmediato, a moverse en mi dirección. Se valía, con abrumadora destreza para avanzar, de todo lo ubicado en la altura. Con una enloquecedora e inesperada lentitud que no conseguía rebasar, empecé a retroceder, siguiendo además, la trayectoria de la figura con el haz de luz y disparando sin cesar. No daba muestras de acusar el impacto de los proyectiles. Sin embargo, a esa distancia y para alguien acostumbrado a la práctica de tiro en velocidad con armas de mano, era imposible el yerro de todos ellos. Estando a punto de recibir un despiadado arañazo en el rostro, desperté. Huí espantado del lecho matrimonial y recuperar la calma fue imposible, durante el resto de las horas de descanso. El impacto emocional fue tan profundo, que impidió el olvido del onírico suceso.

Semanas más tarde, aprovechando la prolongada dormida de los mellizos y mientras compartíamos un distendido desayuno de fin de semana, mi esposa planteò lo siguiente: 

”¿Qué opinas de trasladarnos y experimentar y experimentar en familia, las alternativas de la vida pueblerina?”











 

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