miércoles, 10 de septiembre de 2025

 

El amor y sus matices



La separación no ha resultado fácil. Fueron muchos años en pareja, donde ambos cumplimos con todos las reglas sociales que cada momento demandaba. Un prolongado noviazgo formal, que permitía el gradual acercamiento a los distintos niveles familiares del bando opuesto y como agregado, alcanzar una edad prudente para consumar el nivel consecutivo. Pedido de mano con el consabido ritual y finalmente, el casamiento. La mutua confianza, el respeto por cierta privacidad y la suficiente libertad para llevar adelante iniciativas personales, permitieron sortear avatares y confirmar la relación. La llegada de los hijos y sus desafíos, impuso nuevas pruebas. El inexorable paso del tiempo conlleva a su alejamiento y después de un par de décadas, el retorno a la soledad inicial de los concubinos se repite. Nuevos interrogantes individuales demandan satisfacción y una vez conseguida, puede conducir a fricciones. Si el otro no acuerda con la nueva realidad o directamente, no se encuentra contemplado en ella, la fractura se hace inexorable. Y sin duda alguna, eso fue lo ocurrido.

Hacía algo más de seis meses de la ruptura y seguía con un rumbo indefinido. Libertad en ciertos aspectos y ataduras en otros, antes resueltos, obliga a rutinas diferentes. Y para alguien que encuentra ciertas comodidades en lo repetitivo, la tambaleante realidad desencadena variadas molestias. Tiempo más tarde y cuando todo parecía estabilizarse, la irrupción de una figura en el ambiente de trabajo, desató el inicio de una experiencia personal sobrecogedora.

La empresa para la cual brindo servicios presenta, entre otras particulares, una persistente rotación de personal. Las causas que lo explican son de lo más diversas y por ello, el arribo de un nuevo compañero no es algo insólito. La recién sumada, de presencia y modales agradables, no tuvo, inicialmente hacia mí, ninguna deferencia especial. Vale aclarar que mis encantos y dotes de seductor son paupérrimos. No deja de sorprenderme, pese al grado de crecimiento alcanzado, el casi nulo avance en el último aspecto. Es muy probable que termine emitiendo una combinación de silencios y monosílabos en un intento de querer propiciar una relación. Hasta el momento, desconozco a quien pueda valorar en algo, lo último. 

Con el paso de los días, llegaron los primeros y azarosos contactos. Coincidir en la impresora o la máquina de café y dirigirnos en simultáneo a la misma oficina, son algunos ejemplos de ello. Frases de cortesía, referencias al clima y sonrisas de compromiso, integraron el repertorio de respuestas en tales circunstancias. La primera conversación con todos los ingredientes, se produjo durante un agasajo empresarial motivado por el alcance de un acuerdo comercial muy conveniente y arduamente elaborado. Lo inédito tuvo lugar en el transcurso de esa plática. Mi lamentable dialéctica fue reemplazada por un verborragia impregnada de frases asertivas y giros capaces de provocar sonrisas y hasta incontenibles carcajadas, en mi ocasional interlocutora. Ese fue el punto de inflexión en el trato mutuo y merced al vértigo que todo terminó alcanzando, pocas semanas más tarde, estábamos unidos.

No conseguía entender qué me estaba ocurriendo. En su presencia, se desataba una locuacidad que descontaba poseer y además, me tornaba abrumadoramente extrovertido. Su ausencia, incluso la más breve, generaba una sensación de vacío muy difícil de soportar. Jamás había experimentado algo parecido y lo comparaba con el sufrimiento del adicto ante la abstinencia.

El nivel de obstrucción en las vías respiratorias superiores era agobiante. La temporada de alergias estaba en su apogeo, incrementada por un clima seco y ventoso. La circulación de aire por la vía nasal y el olfato eran inexistentes. La sensación de ahogo desencadenó un despertar brusco, la urgente necesidad de recurrir a un descongestivo y de consumir agua, para hidratar las mucosas resecas. A oscuras, alcancé el mueble donde se guarda la medicación y retirè la dosis propicia. Terminé encendiendo la iluminación indispensable, tratando de no incomodar a mi pareja, cuya suave y rítmica respiración confirmaba la permanencia en el sueño más profundo.

Esperando el alivio de la desinflamaciòn, desplacé la mirada hacia la habitación, aprovechando el cono de luz que ganaba terreno en la oscuridad del ambiente. La cama recibía parte de ese residuo lumínico y lo que pude distinguir, me dejó atónito. La silueta de la esbelta mujer había sido reemplazada por algo grotesco. La piel tersa y bronceada estaba sustituida por una tez cenicienta, cargada de arrugas y malformaciones. Los rasgos faciales, de líneas armónicas, habían dado paso a otros, de traza contrahecha ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué sucedió aquello? ¿Con quién estaba, realmente, compartiendo el lecho?

- “Soy víctima de una o varias maldiciones, desde hace decenios,” se dejó oír desde la penumbra. La voz, de una sonoridad agradable, era ahora tan gutural que parecía golpear con cada palabra. No atinaba, siquiera, a moverme. Lo irreal del asunto había instalado un balde de concreto, en cada uno de mis pies.

- “Provengo de una pareja que no tuvo límite alguno al momento de cometer maldades. Algunas fueron tan atroces que los expuso a toda clase de insultos y condenas. Terminaron sus días juntos, sometidos en la hoguera. De nada le sirvió a esa mujer, el avanzado estado de su embarazo. Al día siguiente, quienes diseminaban los restos, encontraron la bolsa de gestación prácticamente intacta. Al romperla, un bebé surcado de anomalías, quedó a la vista. Milagrosamente, estaba vivo. Nadie se atrevió siquiera a tocarlo y fue dejado allí, esperando su muerte. El hecho alcanzó popularidad y de la chusma que se acercó, solo uno demostró piedad y terminó llevando consigo al inocente. A ella, la considero mi verdadera madre, al brindarme la protección y cuidados que requería. Con la suficiente capacidad para entender, me relató lo sucedido. A partir del desarrollo, ocurrió algo inédito. Como parte de los cambios que se sucedían, empecé a producir químicos que al inhalarlos, desencadenan en el otro, la sugestión de mimetismo de la apariencia de mis rasgos. La excepción son, obviamente, los muy congestionados,” terminó expresando amargamente y aguardó unos instantes, por una respuesta que nunca existió.

- “También puede ocurrir que todo lo dicho sea una vulgar mentira y que, en realidad, esté a punto de abalanzarme sobre tì y destrozarse con mis propias manos y dientes,” agregó. Esa expresión, la más violenta de todas, sonó, sin embargo, cargada de fatiga y con un tono lastimero.

Pese a todo aquello, solo atinè a permanecer donde estaba y en el más completo silencio. Cómo seguiría en adelante era la cuestión a develar ¿Huir? ¿Denunciarla? ¿Seguir como si nada?, eran parte de los interrogantes que emergían y la salida de esta situación, estaba en su respuesta.

Llevamos juntos algo más de diez años. Reconozco no haber tenido, hasta su llegada, tantos buenos momentos compartidos. Considero que la decisión de no alejarme de su lado tuvo una multiplicidad de fundamentos, algunos con sentido solo para mí. Si bien la compasión jugó un rol decisivo en los primeros tiempos, luego se desvaneció por completo. Ulteriores cambios de imagen, algunos casuales y otros no tanto, han carecido de cualquier relevancia. Hoy, la razón que nos une es una. Puro y simple amor.

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