李 (Li) II
Parte IX
El arribo a destino se produjo después de una larga postergación. Ambos jinetes desmontaron tranquilamente y mientras Li se mantuvo al lado de su montura, su primo ingresó por el sendero que atravesaba el jardín, ubicado en el frente de la casa familiar. Franqueó la puerta de entrada y e instantes después, tres personas emergieron de la vivienda. El general no pudo evitar el estremecimiento cuando contempló a la mujer, vivo retrato de su fallecida madre. Cruzó las riendas sobre el pescuezo del corcel, se acercó a ella y cuando se disponía a realizar una reverencia a modo de saludo, sintió un suave contacto sobre su hombro derecho. Al levantar la vista, se encontró con un par de brazos extendidos. El general ya no pudo contenerse y mientras se fundían en un interminable abrazo, un continuo río de làgrimas no cesaba de mojar sus mejillas.
Los días sucesivos comenzaron a transcurrir al ritmo de la vida local. Compartir familiarmente alimentos, por ejemplo, se repetía casi invariablemente en el mismo tiempo y las sobremesas podían extenderse, de acuerdo a la urgencia del calendario. Las fechas de siembra o cosecha no se caracterizan, precisamente, por una gran elasticidad. El militar se encontró con una pareja muy desigual en la personalidad pero con una amplia apertura mental en ambos. Él era introvertido, observador y de palabras justas y precisas y ella, extrovertida, alegre y de comentarios ingeniosos. Las primeras conversaciones estuvieron cargadas de emotividad, a pesar de los escasos recuerdos de su tía. Finalmente y en una especie silenciosa de común acuerdo, los reencontrados decidieron dar vuelta la página y centrarse en el presente. Daban inicio al mutuo conocimiento.
Los diálogos comenzaron a incluir referencias sobre los distintos lugares del imperio que había visitado el general en las sucesivas campañas. Incluían imàgenes relacionadas con el estilo de vida, curiosidades propias de cada sitio, peculiaridades de las comidas y no tanto, andanzas militares. Los tíos escuchaban con interés y finalizado el racconto, realizaban los más variados interrogantes y comentarios. Ellos, por su parte, exponían sobre las costumbres lugareñas más habituales, todo lo relacionado con la producción agrícola-ganadera e intercalado, algún que otro chimento. Asì, el general, pudo familiarizarse con las múltiples actividades que los locales, en su gran mayoría, llevaban adelante para garantizar la subsistencia. Su tío, por ejemplo, se dedicaba a la labranza, criaba cerdos y ofrecía sus servicios, durante la recolección de frutas. La tía, por su parte, además de llevar adelante la vida hogareña, tejía, confeccionaba cestos y criaba patos. El arroz que se consumía era producido de manera colectiva, en una fracción de tierra propiedad del terrateniente regional, instalado desde hacía un tiempo, en la capital de la provincia. Mientras estuvo a cargo de la renta, las condiciones fijadas para la producción del vital insumo fueron razonables pero tras la partida, la responsabilidad fue cedida a uno de sus hijos. A partir de ese momento, las retribuciones por el usufructo comenzaron a elevarse más y más y con ello, el grado de dificultades para llevar adelante la tarea. Todos temían, al final, verse privados del sustento.
La mañana se vio interrumpida por un tropel de jinetes, comandados por el vástago del señor. Los lugareños comenzaron a acercarse con recelo. Frente a éstos y con ínfulas de gran autoridad, el jovenzuelo expresó las nuevas y duras condiciones que permitían proseguir con la disponibilidad de la parcela. De nada valieron los argumentos que angustiados oyentes se atrevieron a esgrimir. Fijó, además, el plazo de una semana para recibir la respuesta. En caso de no hacerla evidente o ir directamente por la negativa, la porción de tierra pasaría a ser explotada por otro, quien ya lo hacía con extensiones más grandes. Seguido, se produjo el retiro de los arribados, con el mismo nivel de estridencia que durante la llegada.
Li se mantuvo al margen y cuando los jinetes partieron, tuvo un rápido intercambio de palabras con su primo y se dirigió al corral, en busca de los caballos. Feng, después de un breve diálogo con sus padres, ayudó al general en el apresto de los animales y minutos después, partían a todo galope hacia la gran ciudad. Al llegar, y en las oficinas del telégrafo, el militar envió un mensaje. Obtenida la respuesta y transcrita a un papel con membrete gubernamental, fueron a visitar al noble a su residencia.
Dos días más tarde, los primos regresaron al villorrio, formando parte de una comitiva encabezada por el feudal. Detuvieron su marcha y cuando los vecinos se aproximaron, el señor tomó la palabra. Tras un pedido de disculpas por el proceder de su heredero, restableció las condiciones iniciales para la labranza y continuó su recorrido. Los parroquianos, tras observarse entre sí con algo de estupor por unos momentos, se lanzaron despavoridos a la concreción de las labores imprescindibles para la siembra del arroz.
Al día siguiente, la comitiva del aristócrata volvió a pasar. Esta vez, el destino era la capital. La novedad la constituía una figura que en ningún momento, levantó la vista de la montura.
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