Y mewnfudwr (El inmigrante) II
Rhan (Parte) V
Para Gareth, el idioma español y el consumo de mate, se presentaron como rivales a vencer a lo largo del tiempo. Con el primero hizo lo que pudo, en especial con ciertas pronunciaciones, que le resultaron irreproducibles desde el primer intento. Con el segundo, en cambio, tuvo tanto éxito que casi terminó desarrollando una dependencia irrefrenable hacia su consumo. Considerado por el galés como una forma de lograr un mayor acercamiento con los locales, padeció, entre otros, las consecuencias de las clásicas bromas de servir el agua a través de la bombilla o el llenado con el líquido a temperatura ambiente. El sabor intenso de las primeras cebaduras era despreciable y lograr el clásico sonido del vaciado, una verdadera prueba. Pero, pese a ello, perseveró. Así, terminó confirmando que tenía razón. Predisponía con mayor facilidad al diálogo en una pareja o una ronda, durante su intercambio y además, su consumo en solitario facilitaba la reflexión y que las malas noticias se disolvieran con mayor prontitud. Tal como ocurrió, al enterarse, que su amada Anwyn sería incapaz de volver a embarazarse, de manera definitiva.
El tiempo hizo su trabajo y la pareja, repuesta del mal trance, se abocó al trabajo y la crianza de la bulliciosa seguidilla de argentinos con sangre celta. Nuevos terrenos fueron anexados a su propiedad y con ello, se incrementaron las ganancias. La posibilidad de disfrutar de un mayor confort hogareño jamás fue ignorada. El progreso regional facilitó las comunicaciones y las huellas y senderos comenzaron a evolucionar en caminos señalizados y con un mayor preservación. El incremento de la actividad comercial impulsó nuevas ideas, como la realización de excursiones y ofertas de todo tipo, relacionadas con el turismo.
La misiva llegó una fría mañana de otoño. El personal del Correo local, no cesaba de restregarse las manos, mientras aguardaba al destinatario. Los pocos datos que figuraban en el frente, solo permitían el arribo certero en un lugar pequeño como ese y donde sus habitantes referenciaban a las propiedades vecinales, para conseguir una localización precisa. “Ir derecho hasta la casa de fulano y al llegar, doblar a la derecha y después de dos terrenos, es la que sigue a la casilla de perengano”, podría ser la respuesta ante la consulta sobre la ubicación de la vivienda de sultano. Gareth la tomó y le bastó un vistazo para reconocer su origen. Procedía de su tierra natal, dejada atrás hacía algo más de una década.
Los envíos postales, que otrora requerían de meses y cuando no, de un año, para llegar a buen destino, habían reducido de manera considerable esos tiempos de espera. Era la primera correspondencia que recibía de su grupo familiar directo, después de lo que fueron varios intentos de su parte, sin ninguna clase de acuse. Escrita en galés por su hermano menor, detallaba la realidad actual de propios y conocidos y los eventos más importantes transcurridos desde su partida. Entre ellos, destacaban las consecuencias más miserables de la guerra, como el hambre y las enfermedades. La pérdida de vidas humanas tenía su propio apartado. Su hermano mayor figuraba entre las víctimas. Una seguidilla de lágrimas lo obligaron a detener la lectura. Repuesto, aunque acongojado, prosiguió con el recorrido de las líneas.
Vicisitudes de toda clase le arrancaban sonrisas y fruncidas del entrecejo. El último párrafo terminó calando hondo. Guardó para sí, al principio, lo allí expresado y cuando se hizo incontenible, asumió lo que sentía como un compromiso al respecto. Debía regresar.
Anwyn escuchó en silencio los deseos y necesidades de un dubitativo Gareth. Cuando finalizó, le manifestó sin vueltas que debía viajar y que lo haría acompañado de ella y sus hijos. Contaban con los recursos para hacerlo. Restaba determinar el momento para emprender la travesía y organizar el cuidado de los bienes locales. Semanas más tarde, un costoso telegrama, informando las novedades, partió hacia la distante Gales.
La partida se realizaría al finalizar la siembra, promediando el otoño y el regreso, durante el período de la cosecha. La estadía en el extranjero duraría aproximadamente unas cinco semanas, coincidentes con el verano boreal. El periplo abarcaría unos tres meses.
El mediodía en el puerto se presentaba calmo y brillante. Una pareja de galeses y su excitada prole, iniciaban el ascenso al gigantesco vapor de procedencia europea.
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