李 (Li) II
Parte IV
El comercio no para de crecer y con ello, variadas actividades artesanales han comenzando a ser reemplazadas por incipientes industrias. La solicitud de mano de obra ha ido en aumento, exigida por la necesidad de cubrir una mayor demanda de artículos elaborados. Eso, que representa una inobjetable ventaja, ha conducido, también, a un desmedro de la creatividad y exquisitez en lo manufacturado. Mayor cantidad de transacciones implican un mayor volumen de pago y una mayor tentación para los atracos, ahora de una categoría muy superior al simple hurto. Los eventos mejor organizados, los terminan ejecutando individuos más habilidosos y en general, con pocos escrúpulos. Dos hechos recientes lo terminaron confirmando.
Intentado reducir el riesgo de asaltos y de optimizar los beneficios, los bancos más importantes del imperio y el reino del norte, firmaron acuerdos para generar un sistema de pagos de las operaciones comerciales, mediante el empleo de letras emitidas y respaldas por las entidades adheridas. La suscripción era voluntaria y las comisiones iniciales lo suficientemente bajas, como para tentar a su uso. Las compensaciones bancarias se realizarían a través de las vías que cada institución considerara adecuada y con la debida contratación de seguros de resguardo.
Las rutas de ultramar experimentaron un auge sin precedentes y como corolario, la industria naviera recibió un impulso jamás visto. Prósperos comerciantes encargaban embarcaciones cada vez mayores y con los últimos adelantos disponibles en materiales, propulsión y guiado. Una mayor capacidad de transporte en el menor tiempo posible se traducía en un incremento de la riqueza. El santo grial del comercio.
Ese auge estaba conduciendo a una concentración de personas cada vez mayor en los grandes conglomerados, en desmedro de las áreas rurales. Los asentamientos, en mayor grado no planificados, ocasionaban una sobrevaloración de los espacios habitables y a partir de allí, hacinamiento, una mayor eclosión de enfermedades y un incremento en el índice de violencia, entre otras deplorables consecuencias. Ese ciclo vicioso acortaba cada vez más sus tiempos, a medida que el flujo humano se incrementaba.
La usura también se encontraba en su apogeo e inyectaba fuerzas a la criminalidad. Una prueba irrefutable era la reiterada aparición de cadáveres en determinados barrios o sectores de la ciudad y sus causas de muerte terminaban, en su mayoría, relacionadas con la misma. Las tasas solicitadas y las condiciones para la devolución del dinero eran tan brutales que la aceptación conducía a la firma de una ejecución casi segura, con el previo despojo de aquello con algún valor. La devolución del préstamo y sus intereses, en tiempo y forma, era muy poco probable. Solo cuando un deudor demostraba capacidad de devolución pero a mayor plazo, recibía cierta magnanimidad y la muerte era reemplazada por golpizas, alguna amputación menor y la reducción a una esclavitud económica casi perpetua.
Los nóveles cuerpos policiales tuvieron una intensa actividad desde el momento de su aparición. Integrados en sus comienzos por veteranos de las milicias, gradualmente fueron reemplazados por individuos jóvenes, quedando a cargo de los anteriores. Con el tiempo, la fuerza se independizó completamente del ejército. Una práctica común desde el inicio, fue la rotación entre los integrantes de los distintos agrupamientos, buscando evitar la corrupción. Los jugosos sobornos, provenientes del contrabando y el juego clandestino, constituían una verdadera provocación.
Li daba cuentas, con un poco de asombro por momentos, de la vertiginosa velocidad a la que transcurrían los cambios, en la actividad de su declarada concubina. Mei no dejaba de referirse a la explosión comercial y financiera y de la cual, ganancias leudaban a raudales. El crecimiento no parecía mostrar, al menos en lo inmediato, siquiera un amesetamiento. Ese ferviente entusiasmo que la impulsó inicialmente, a no dejar de hablar al respecto, terminó sosegado. Su prodigioso sentido de la observación y el amor que sentía por el general, la condujo a ello. Intuía que su pareja, desde el reinicio mismo de la relación, no quiso cansarla con interminables monólogos sobre experiencias militares propias.
Ese tácito acuerdo, acompañado de muestras permanentes de respeto y confianza, son algunos atributos sobre los que descansa, la sólida estructura de una relación amorosa iniciada décadas atrás. Los obstáculos puestos por el irrefrenable paso del tiempo y las vicisitudes protagonizadas por ambos, jamás pudieron, siquiera, estampar una impronta que la conmueva.
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