sábado, 23 de noviembre de 2024

 

Los demonios del polvo (MSTH)

El polvoriento entablonado golpea con el paso del viento y el ruinoso molino lo acompaña con sus quejidos, cuando la intensidad es suficiente. Son sonidos lastimeros que hablan de soledad y abandono. Las últimas pisadas que presionaron las maderas, pertenecieron a un único vagabundo que arribó de manera fortuita y decidió instalarse allí un tiempo. Un día, sus huesos dijeron que era tiempo de seguir el camino del viento y hacia allí se dirigió. Desde entonces, solo ocasionales especímenes salvajes se aventuran por el lugar. Para algunos ha sido sinónimo de refugio y para otros, su propio cadalso. 

El grupo de las construcciones surgió de manera abrupta, en unas tierras donde se garantizaba la propiedad con una permanencia estable de al menos, tres años. Algo no declarado a quienes se aventuraron, impulsados por el sueño de un suelo propio, eran las no tan ocasionales tormentas de polvo y sus desastrosas consecuencias. Bastaron dos de mediana intensidad pero de manera consecutiva, para exterminar a la rudimentaria economía local. Construida sobre la base de grandes esfuerzos personales y paupérrimos resultados agrícolas y ganaderos, fue incapaz de sobrevivir a los meteoros. El polvo llegó, se adueñó del lugar y todo se fue a pique, cual navío alcanzado por un impacto certero, debajo de la línea de flotación. La partida fue un simple amontonamiento de las escasas pertenencias y abandonar el sitio sin dar siquiera, un vistazo de despedida. 

Algo cambió con la llegada de la última inclemencia. De manera inesperada, el quejumbroso molino comenzó a extraer agua, no en abundancia pero sí lo suficiente como para transformar en un pequeño vergel, las proximidades del depósito. Las múltiples filtraciones de sus paredes impedían contener el drenaje del preciado líquido y con ello, hasta un suelo muy poco propicio respondió con vida. Las semillas, a su cobijo y en espera de mejores tiempos, reventaron y su magnificencia contenida, salió a la luz. Este pequeño oasis, un verdadero milagro en el extenso y polvoriento erial, constituyó una verdadera atracción y a la vez, una auténtica trampa, para el desafortunado viajero. 

No existen referencias de ningún tipo tanto en el mapa digital como en el físico, del sitio donde me encuentro en este momento. Me he cruzado con él de pura casualidad y agradezco que así sea. El sol, implacable desde hace horas, ha convertido al ambiente en algo parecido al interior de una caldera a punto de estallar. La temperatura y sequedad del aire se han elevado hasta el cielo y no he podido, de ninguna forma, racionalizar el consumo de agua. Me encontraba detenido, dando un respiro a la sufriente mecánica y a punto de agotar hasta la última gota del preciado líquido, cuando distantes chirridos rompieron la absoluta quietud. Sorprendido, recorrí caminando la suave elevación y en la cúspide, pude contemplar a una cierta distancia, al gestor de los sonidos y al conjunto de esperpentos, antiguas moradas de madera, ubicadas en proximidades. El verde, insólito en el desolador paisaje, capturó de inmediato mi atención. Pero había algo más y esto era, sin dudas,  inquietante. Nada de viento, ni siquiera una briza, se encontraban presentes y el enclenque molino no paraba de girar. En simultáneo y fuera del alcance de mi vista, pequeños remolinos y leves ondas en el cúmulo de polvo, no paraban de generarse y extinguirse. 

Cómo llegué hasta allí, es fácil de explicar. Soy un lobo solitario al que le gusta, cada tanto, lanzarse a la aventura. Había leído un par de relatos sobre los viajes y vivencias de los primeros colonos y ambos textos hacían referencia a estas tierras. Vale la pena aclarar que, aún hoy, se encuentran muy poco habitadas. Un documental televisivo al respecto, terminó de sellar el destino de la siguiente salida. Y aquí estoy. Las condiciones del lugar son durísimas en todos los sentidos. Imagino la valentía, impulsada muchas veces por el no tener nada más que perder y las posteriores penurias y sufrimientos, de quienes incursionaron por estos terrenos, hace tanto tiempo. 

Con el vehículo ubicado al resguardo de una incipiente sombra, me dirigí a la cisterna para hacerme del vital elemento. El estado general de las instalaciones, cubierta en su totalidad por la herrumbre, obligó al empleo del equipo de filtrado portátil. Obtenida la cantidad suficiente y aprovechando las últimas horas de luz natural, me dediqué a inspeccionar lo que permanecía en pie de las construcciones. Ello, sin descuidar la precaución. Tratando de evitar tropiezos o caídas, quería asegurarme de la ausencia de escorpiones y serpientes venenosas. Pueden resultar un compañía nada agradable. Concluida con todo éxito la inspección, estuve dedicado a la recolección de una generosa cantidad de madera. Quería volver al espíritu de aventura inicial y qué mejor forma de invocarlo que cocinar, iluminarse y obtener el abrigo necesario, todo ello a partir de una buena fogata. 

Pero algo que no tuve en cuenta, rompió con el encanto esperado. Las tablas, añosas y resecas, se consumían demasiado rápido. La idea inicial de producir un fuego generoso, fue reemplazada por otro mucho más modesto pero de mayor permanencia. La elaboración de una comida que requería de una prolongada cocción, se terminó transformando en un simple calentamiento de dos latas de ultraprocesados. Mientras quebraba con relativa facilidad algunos maderos, buscando obtener más astillas, noté que ese era el único sonido imperante. El molino había cesado en su actividad y nada, absolutamente nada, emitía algo perceptible. 

El fuego se terminó extinguiendo mientras daba los últimos sorbos al café que me acompaña en las ingestas. Algunos fragmentos, irregularmente amontonados en un costado, permanecían a la espera de su empleo. Dos agradables sorpresas completaron el relajado placer que me embargaba en esos instantes. Por un lado, el potente reflejo de una generosa luna llena, acompañada de miríadas de fulgurantes puntos luminosos en un cielo limpio, aportaba una luminosidad tal, que hacía innecesario el uso de la linterna. Ésta ya descansaba sobre mi frente. Por el otro, la temperatura no había descendido de una manera muy marcada y eso me permitía, al menos de manera inicial, armar el catre portátil a la intemperie y comenzar a desandar el sueño, que empezaba a adueñarse de mi voluntad. 

La noche transcurrió de manera apacible y no hubo necesidad de buscar refugio, pese al descenso térmico y la elevada humedad. La salida del sol me golpeó de lleno en el rostro y eso marcó el inicio de una tranquila actividad diurna. Lo único inusual fue la sensación de haber escuchado débiles cuchicheos ilegibles durante las horas de descanso. Lo terminé atribuyendo a un conjunto de alucinaciones mentales y auditivas y me olvidé del asunto. 

Decidí permanecer una jornada más. Disponía del tiempo suficiente y quería llevarme una impresión más completa de lo históricamente transcurrido. Aproveché a realizar una revisión más a fondo y terminé recolectando un par de cacharros, que supuse de época. Instalado al cobijo de un desfalleciente alero, buscaría más combustible para el fuego siguiente y el asegurarme una provisión suplementaria de agua, cuando las temperaturas fueran más benignas. 

A media mañana y nuevamente de un modo insólito, debido a la falta de total actividad en el aire, el molino comenzó con su ruidosa cantinela. Esta vez, los pequeños remolinos y las polvorientas ondulaciones, también enigmáticas por la misma razón, estuvieron al alcance de mis ojos. 

Decidí partir con las primeras luces del día siguiente. La cartografía marcaba una pequeña población no muy distante y si el avance transcurría a la velocidad que venía sosteniendo, podría alcanzarlo durante el mediodía y evitar con resguardo, lo más bochornoso de la jornada. Esta vez, al llegar la noche, el frío fue más intenso y terminé instalándome en el interior de la propiedad que tenía enfrente y que, curiosamente, mantenía parte de las aberturas cubiertas. 

Las voces irrumpieron en el ambiente con toda claridad. El despertar fue abrupto. Sentado sobre el catre, intentaba orientarme con lo que estaba pasando. El polvo comenzó a ingresar por todos los espacios presentes en las descascaradas paredes. La atmósfera se inundó rápidamente de finas partículas y no hubo más remedio que encender la linterna y cubrir nariz y boca con el pañuelo, eternamente alojado alrededor del cuello. Las antiparras, que esperaba no necesitar, habían quedado en el transporte. 

Al salir, quedé completamente envuelto  por una especie de suave torbellino. El material en suspensión impedía ver hasta mis propios pies. Lanzando maldiciones al aire, cerré los ojos y lentamente y a tientas, comencé a desplazarme hacia el rodado. Gritos y palabras en una lengua que desconocía, empezaron a sumarse al revuelto. La mezcla de susto y enojo fue sucedida por el miedo. Un pellizco y a continuación, una mordida, tuvieron a mi espalda como blanco. El pánico me empujó a apurar el paso y terminé de bruces contra el suelo, al enredarme con la pila de maderas trozadas. Dos feroces arañazos, acompañados de inconfundibles risotadas, provocaron heridas en la parte posterior del muslo derecho. Dolor y una profusa hemorragia fueron sus inmediatas consecuencias. Acicateado por el terror y buscando ponerme de pie, mis manos tropezaron con fragmentos de madera y tomando uno en cada extremidad, en forma de cuchillo, lancé estocadas en todas las direcciones. Un grito y la posterior sensación de algo líquido corriendo por mi brazo, indicaba que había conseguido lastimar a algo o alguien. A partir de allí, todo pareció enloquecer aún más. El número de lesiones en mi cuerpo no paraba de aumentar y aparentemente, también en el otro lado. Era cada vez más consciente, a pesar del frenesí en el que me encontraba, de la imposibilidad de salir con vida del meollo. 

El último mordisco fue, sin dudas, el responsable de mi fatal desenlace. Profundo y a la altura del cuello, no hizo más que generar un palpitante sangrado. Nuevamente de rodillas y con una de mis manos buscando detener la pérdida de sangre, con la restante, intentaba seguir defendiéndome realizando movimientos al azar y cada vez más torpes. De pronto, todo fue calma y oscuridad. 

La melopea no paraba de resonar. Al comienzo parecía distante y finalmente, cuando logré abrir los ojos, observé a quién la entonaba, ubicado de manera cercana. Detuvo su canto y se mantuvo en silencio. Su mirada denotaba un dejo de alegría. Se trataba de un indígena anciano, rodeado en semicírculo por un grupo de figuras antropomorfas pero con rasgos que recordaban al puma, el zorro, el buitre y otros representantes de la fauna autóctona. Algunos mostraban cortes en sus cuerpos y otros, restos de sangre en sus colmillos y garras. 

– "¿Dónde estoy?", logré balbucear con gran esfuerzo. 

– "Represento al espíritu de todos aquellos que habitaron por generaciones estas tierras y que terminaron sus días expulsados o masacrados, solo por el deseo de querer poseerlas. Ellos, encarnan seres venerados y respetados por los originarios.", respondió el anciano, haciendo caso omiso a mi pregunta. 

– ¿Qué hago aquí?", expresé esta vez, con algo más de aliento. 

– "Te hemos convocado porque eres digno de saber la verdad. Observamos tu respeto hacia los sepulcros de nuestros antepasados, cuando visitaste el cementerio aborigen. Muy pocos lo demuestran; sólo toman imágenes y se retiran. Incluso, han llegado a pisotear los espacios, sin la menor consideración. Comprobamos tu valentía cuando te debatiste, a pesar de las desventajas.", continuó el anciano. Las demás figuras permanecían inmóviles. Sus lesiones y los rastros de sangre habían desaparecido. 

– "¿He muerto, verdad?", dije con una emotividad que recordaba a un lamento. 

– "Estas tierras no eran lo que has estado observado. En ellas, la vegetación y los animales eran abundantes. Cuando se produjo el exterminio y el destierro, decidimos cubrirlas de polvo para que nadie pudiera sacarles provecho. Y así continuará, por siempre.", sentenció el anciano y volvió a su canto inicial. 

Una sensación de sueño profundo comenzó a embargarme. Instantes después, logré reaccionar y me encontraba acostado sobre el catre, en el interior de la vetusta habitación. Múltiples rayos de luna se filtraban por donde lo hiciera el polvo. Me puse rápidamente de pie y encendí la linterna, buscando lesiones. Todo estaba en su lugar, sin marcas siquiera. 

Me fue imposible volver a conciliar el sueño. Salí, y en el exterior, reinaba la tranquilidad. Encendí nuevamente la fogata, aprovechando los últimos maderos y me dispuse a preparar un café. Curiosamente, el molino dio un par de giros y se detuvo de manera abrupta. Como siempre, inexplicable el origen de lo uno y lo otro. Cero viento y nada que se interpusiera en el camino. No pude más que sonreír y menear la cabeza de lado a lado. El café estaba en su punto justo y sería un verdadero desperdicio no aprovecharlo. 

Me despertaron nuevamente los rayos del sol. Estaba entumecido y con enormes ganas de orinar. Empecé a moverme como pude y tras un desayuno liviano, acomodé en el vehículo las últimas pertenencias que faltaban. Inicié la retirada pacíficamente. En la altura, detuve el movimiento y descendí, queriendo dar un último vistazo. 

Contemplaba el panorama cuando, tras un parpadeo, me encontré observando una planicie infinita, cubierta por distintas formas vegetales. Un nuevo parpadeo y el polvoriento paisaje estaba en su lugar. Un par de pequeños remolinos danzaban en cercanías. Subí al transporte, giré la llave y el leve rugido del motor, indicaba que podía continuar la marcha. Mientras conducía, una suave melopea comenzó a emerger con lentitud por mi garganta.

 

 

 

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