sábado, 8 de junio de 2024


Desorientado

Definitivamente había perdido el rumbo. Impulsado por el ego, inició el tránsito de un supuesto camino alternativo que le permitiría acortar tiempo y distancia, pero al final, ni lo uno ni lo otro. Intentó desandar el recorrido, pero las características del suelo, que impedían observar con claridad las marcas del calzado, el cielo plomizo por momentos y la altura de la vegetación, que no colaboraban con la orientación solar, no le permitieron lograr el objetivo. Las señales determinantes que le marcaron haber perdido el sentido fueron la ausencia de referencias reconocibles y la progresiva densidad del bosque bajo, que entorpecía a más no poder, el avance. Se detuvo, comprobó la falta de señal telefónica y maldijo por lo bajo el no haber cargado con el viejo y noble GPS. 

Lejos aún de dejarse arrastrar por el pánico, se decidió por establecerse en el lugar. Habían transcurrido largas hora de caminata por un terreno donde el porcentaje de suelo plano era miserable y el cansancio se hacía sentir. Comenzó por desembarazarse de la mochila. Tenía todo lo necesario para un par de días, aunque no estaba en los planes permanecer tanto tiempo extraviado. Con la llegada de la oscuridad, la temperatura y humedad tuvieron el clásico comportamiento invertido. Mientras los valores de la primera no paraban de caer, los porcentajes de la segunda no paraban de elevarse, al igual que las capas de abrigo y su apretujamiento contra el cuerpo. El encendido del fuego no estaba autorizado en esa zona, pero no había más remedio. El cobijo que brindaban el calor y los alimentos calientes, bien justificaban un buen reto y hasta probablemente, una multa. 

La ingesta había sido adecuada en cantidad y lo suficientemente nutritiva como para reponer lo gastado. Cuando promediaba una taza de té, a la luz de la fogata, los primeros vapores del sueño comenzaron a invadirlo. El descanso no fue tranquilo. Aunque no pasó frío, los momentos del dormir profundo estuvieron acompañados por sueños extraños e inquietantes e incluso llegó a despertarse completamente, al sentirse observado. 

Las luces del día tardaron en aparecer. La elevada humedad se había materializado en una niebla compacta, que dificultaba enormemente la visibilidad. Todo rezumaba agua. Iniciar la marcha en esas condiciones solo terminaría provocando una pérdida aun mayor de la orientación y los riesgos de una caída o esguince eran consistentes. Hacia el mediodía, según la hora telefónica, mejoró el alcance visual, por lo que inició la marcha de manera lenta y prestando atención a la existencia de alguna pista favorable. A mediatarde, con una niebla que no se había retirado del todo y volvía a depositarse pesadamente, volvió a parar. Conseguir leña seca en esas condiciones era imposible. Tendría que conformarse con lo que pudiera cocinar mediante el calentador portátil y aprovechar su exigua  temperatura para calentarse. La esperanza que los rescatistas ya estuvieran movilizados en su búsqueda, contribuía a evitar el derrumbe o la desesperación emocional. La única ventaja lograda durante el transcurso fue conseguir agua consumible pero la incertidumbre de la duración del evento, lo llevaron a racionalizar la cantidad de alimentos a consumir en cada porción. 

En  horas de la noche, la niebla emprendió la retirada y un cielo maravillosamente estrellado podía contemplarse en los espacios libres entre las copas de los árboles. Cuando se disponía a volver apagar la luz y cerrar por enésima vez los ojos, le pareció detectar un movimiento en la oscuridad más absoluta que lo rodeaba. Sostuvo la mirada en la misma dirección y esta vez no hubo dudas. Algo realizaba breves y rápidos desplazamientos, algo que se percibía como una sombra moviéndose entre sombras. La primera reacción fue creer que estaba alucinando producto, tal vez, de una deshidratación incipiente, la alimentación insatisfactoria y la creciente sensación de frío, que se pegaba al cuerpo como una prenda más. Ahora, ese algo, se movió más tiempo y sin dudas, directamente hacia él. 

La sensación de miedo fue intensa y visceral. Permaneció paralizado mientras la inconsciencia y la consciencia libraban una batalla sin cuartel por tomar el control de la respuesta. Si la primera se hacía con la partida, la consecuencia inmediata sería salir del estatismo y la huida descontrolada hacia cualquier parte, con el probable saldo de lesiones de todo tipo y lugar e incluso lo peor, si se topaba con una caída de consideración durante el trayecto. Tras un interminable segundo, prevaleció la voluntad y tras otro instante de análisis y a sabiendas que sus habilidades para la lucha eran nulas, se decidió por dar paso a la irracionalidad, para llevar a cabo lo resuelto. Se puso de pie y con el bastón de trekking en una mano y el celular en modo linterna en la otra, arremetió a los gritos contra lo que tenía enfrente. 

La patrulla de voluntarios socorristas lo encontró por la mañana, mientras venía marchando de manera decidida, por el sendero habilitado. Pidió disculpas con efusividad por las molestias ocasionadas y agradeció de la misma manera, por las intenciones que movilizaban al grupo. Le fueron atendidas por el paramédico acompañante, las marcas y cortes, algunos un tanto profundos, que presentaba en el rostro, las manos y en uno de los muslos. Las explicaciones que manifestó sobre su origen no resultaron claras. Algunos rescatistas supusieron que habría consumido una sustancia que le hizo perder el control, sufrió una rodada y a partir de allí, las consecuencias a la vista. Concluidas las tareas de desinfectación y vendado correspondientes, iniciaron el retorno. 

Mientras avanzaba, por momentos, esbozaba una leve sonrisa a la par que apretaba, un poco más de la cuenta, un maltrecho bastón de trekking.

 

  

viernes, 7 de junio de 2024

 

El minero

A último momento tomó la decisión de no ir y eso probablemente le salvó la vida. A media mañana, la sirena que anunciaba un accidente en la mina no paraba de chillar. Una caterva de curiosos y opinólogos rápidamente se hizo presente en lugar. La mayoría llegó antes que los precarios recursos de auxilio que operaban en estos casos. 

La crónica de sucesos que permitían presagiar el desastre habían comenzado hacía tiempo. La mina ya había alcanzado su pico máximo de producción y pesar de todos los esfuerzos que se realizaban, el rendimiento no cesaba de disminuir. El propietario, cegado por la avaricia, inició un recorte del presupuesto que impactaba directamente en las medidas de seguridad y los equipos de trabajo. Derrumbes menores comenzaron a producirse con mayor continuidad, el drenaje del agua se tornó cada vez más deficiente por las continuas fallas en las bombas de desagote y esto hizo que, por momentos, se trabajara sumergido hasta las rodillas. Los vetustos ascensores generaban lesiones o cuando no, se plantaban en los momentos de máximo requerimiento. La iluminación era insuficiente al igual que los sistemas de ventilación y extracción, lo cual provocaba trabajar casi a oscuras en ambientes viciados por gases, polvo y además agobiantes, debido a las altas temperaturas Varios mineros habían firmado su responsabilidad por el cuidado de herramientas o máquinas que ya habían concluido con su ciclo de trabajo. Esto los terminaba obligando a contraer deudas que no paraban de aumentar y someterse a condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud. 

Previendo el desenlace, el minero y otros dos compañeros, habían logrado sustraer un pedazo de mineral que contenía trazas del preciado botín. Lo consideraban un seguro de despido ante el inminente cierre de la explotación y que muy probablemente, dejaría a todos en la calle. El robo fue algo muy bien planeado y no por ello, exento de riesgos. Si los hubieran descubierto, la cárcel era segura o tal vez algo peor. Lamentablemente, los dos compañeros se encontraban en sus puestos de trabajo ubicados a gran profundidad, en el momento de la catástrofe. 

La extracción de los accidentados y su posterior asistencia fue penosa. Los peores presagios en cuanto a número de víctimas fatales se cumplieron sin piedad. Familias enteras quedaron diezmadas ante la pérdida de todos sus hombres. 

El minero decidió que era el momento de partir. Con total discreción, extrajo el dorado metal de lo sustraído, que se encontraba sigilosamente oculto. Lo terminó vendiendo de la misma manera en el mercado negro y con la suma obtenida, pudo garantizarse un pasaje embarcado. Éste implicaba condiciones discretas de descanso y alimento durante el periplo y si se mantenía alejado de la bebida y el juego, quedaría un resto económico para intentar un nuevo inicio. 

Se dirigió hacia un país que se mostraba interesado en la obtención de beneficios económicos a partir de la explotación minera. Ofrecía, por lo tanto, ventajas a los interesados, sean cuentapropistas o grandes firmas. Dos años más tarde, seguía intentando que el socavón rindiera algo más que permitir la mera supervivencia. Había obtenido, como el resto, el acceso a un porcentaje del usufructo. La propiedad residía en manos del estado y permanecería así durante un bienio más. El adelantamiento era posible con el hallazgo de un filón abundante que permitiera generar los recursos suficientes y adquirir el terreno. Es conveniente aclarar que la sociedad con el estado en relación a las ganancias, era vitalicia en todos los casos. 

No se trataba de una profesión heredada. Se presentó como alternativa al robo, las apuestas o la matonería. Adoptada hace algo más de diez años, el minero es consciente de que el tiempo de vida útil en esta empresa se le está agotando y que, de no prosperar en cercanías, habrá que pensar en otra cosa. Las perspectivas no son las mejores debido a la edad y el excesivo desgaste físico. 

Los dolores permanecen cada vez más tiempo y aunque no quiere dedicarle energía a esos pensamientos, no es necio y sabe reconocer cuando algo ha concluido. A fuerza de pico y pala, ha escarbado y removido toneladas de material y todo ha sido prácticamente en vano. Presiente que la veta no se encuentra lejana pero la incertidumbre de qué tanto, mina más rápido el entusiasmo. Se ha fijado un último intento de tres días de duración. De no tener suerte, renunciará a la búsqueda, devolverá el predio y con los pocos ahorros, probará suerte en la ciudad. 

El sudor corre a mares, los músculos se tensan y aflojan antes y después de cada golpe. La tarde del tercer día está llegando a su fin. Comienza a contar cada movimiento y a la cuenta de veinte, se detendrá definitivamente. Va el último y casi al final del viaje, el pico se detiene con brusquedad. Está prácticamente a oscuras en el interior de la galería. Un tanto aturdido por el esfuerzo, sale a toda prisa y vuelve de la misma manera, con la linterna encendida. Se lanza a escarbar, pero esta vez con las manos desnudas, que rápidamente empiezan a sangrar. Un último manotazo y… 

Una gruesa línea de dorado intenso que acaba de ser descubierta, devuelve un molesto y ansiado reflejo luminoso.