sábado, 6 de enero de 2024

 

Maldición

Amigo lector: el presente texto puede incluir expresiones que afecten su sensibilidad.

Nació albino y ese fue el origen de la maldición que tuvo que soportar y sus consecuencias. El rechazo comenzó desde que tuvo uso de razón y tal vez, antes. Primero en su familia y luego por casi toda la comunidad. Las burlas e insultos fueron escalando a pequeños golpes o empujones y al final, a verdaderas palizas grupales. El aumento en la agresión física se desencadenó cuando el asco a tocarlo fue vencido.

 Para un duende, estar despigmentado es un problema mayúsculo pues complica de sobremanera el ocultamiento. Y en él, ésto se evidenció de inmediato ante la permanente necesidad de huir, por la violencia que lo acosaba. Mal oculto, fue también detectado por otros personajes del bosque y como el mal está presente en todas las especies, rápidamente pasó a convertirse en objeto de abuso por parte de extraños.

 Encontrándose en el suelo e intentando defenderse de los puntapiés de un joven fauno, le arrojó una piedra que tenía a su alcance. El impacto alcanzó el rostro del bípedo, que comenzó a sangrar. A los gritos, el dolorido victimario giró sobre si y comenzó a alejarse, trastabillando. El duende, aún más aterrado por la respuesta que recibiría, arrojó una segunda piedra, que terminó derribando al cobarde pendenciero. Actuando como un autómata, se puso de pie y ubicándose sobre quien lo maltratara, lo asfixió con sus propias manos. Con una intensidad en el brillo de sus ojos no vista hasta el momento y un rostro completamente inexpresivo, el duende se puso de pie y se alejó del cadáver.

Durante la noche, una serie de ruidos inusuales se escucharon en la colonia y a la mañana siguiente, el horror estaba instalado en la mayoría. Dos duendes agonizaban en sus respectivas viviendas. Sus cuerpos eran muestrarios de toda clase de heridas y el sufrimiento que padecían, era atroz. Fallecieron de inmediato y con muy poco tiempo de diferencia. El duende albino contemplaba impávido el acontecer.

 De ninguno de los crímenes se supo el por qué ni se conoció al o los autores. El recelo y la desconfianza emergieron y la armonía entre los distintos seres comenzó a resquebrajarse. Las agresiones, sutiles al comienzo, fueron ganando en intensidad y muchas veces estallaban sin verdaderas causas que las justifiquen. Las excursiones nocturnas y en solitario prácticamente desaparecieron y la portación de objetos capaces de ser empleados como armas o directamente de cuchillos y hachas, se hacía sin disimulo.

 El esbelto y diminuto cuerpo yacía suspendido, sin gracia, de la flecha que lo atravesaba.  El hada, que otrora y desde las alturas, hostigara sin piedad al desguarnecido duende, tenía por diaria costumbre remontar el arroyuelo. Una vez alcanzada la pequeña caída, se higienizaba de manera despreocupada. Precisamente, en uno de esos vuelos, fue alcanzada por el certero lanzamiento que terminó con su existencia. Después del disparo y mientras se alejaba tranquilamente, el duende terminaba de acomodar sobre su espalda, el arco que empleara con maestría.

 El cóctel de miedo y furia que resultó de todo esto, fue decisivo para poner en marcha una conflictividad implacable. Sin distingo de bandos ni alianzas duraderas, no es descabellado pensar en el exterminio total o casi, de las especies involucradas.

 Desde las sombras, el duende albino observa los acontecimientos de manera siniestra. Cuando algún evento parece detenerse, interviene.

 Quienes todavía permanecen de pie, empujados por el salvajismo de los hechos, se lanzan nuevamente a la contienda con renovada violencia.

 

El pastor - parte 1

El joven pastor no se sentía cómodo con su realidad. A diferencia de otros que la aceptaban con resignación o por conformidad, él no entendía sobretodo, lo último. Como permitir sin mayores inconvenientes, tener siempre para comer lo justo y necesario y muchas veces, ni siquiera eso; el frío, las mojaduras y el barro solo porque al señor no le interesaba en absoluto la dignidad y menos, el bienestar de sus súbditos. En más de una ocasión, campesinos habían sido atropellados durante las carreras descontroladas y por diversión entre los gentiles. En otras, jóvenes mozas fueron sometidas y golpeadas como si eso fuera una parte más, de una juerga febril y desvergonzada. Los impuestos eran incrementados de manera arbitraria, sin importar el rendimiento de las cosechas o la cantidad de crías que se habían obtenido. Todo esto rondaba una y otra vez por su cabeza, durante las largas horas que tomaba el desplazamiento y cuidado de los animales a cargo. Conversar sobre ello debía hacerse con cuidado, eligiendo muy bien el otro interlocutor. No faltaría quien, en pos de un mísero mendrugo como recompensa de los mandamases, lo terminara señalando como un ferviente agitador.

 Esa mañana ocurrió algo que captó la atención del cuidador. Su cabeza seguía tan revolucionada como siempre, debido a los últimos acontecimientos que se habían producido. Una aldea vecina había sido brutalmente desalojada por la soldadesca que obedecía a las órdenes del señor local. La excusa era que los terrenos donde se ubicaba, y que habían sido acondicionados por los ocupantes, iban a ser utilizados para la construcción de instalaciones que actuarían como albergues, durante las excursiones de caza a los inmensos bosques lindantes. Mientras intentaba procesar de alguna manera lo ocurrido, descubrió que su odio a la nobleza se había vuelto visceral. Volviendo al comienzo, era evidente que se trataba de una persecución. Un jinete lanzado a todo galope, se salió del camino e ingresó a la foresta. Momentos después, un grupo persecutorio hacía lo propio. La distancia a la que transcurrió el suceso y la concentración que llevaban los protagonistas, jugó a favor de la seguridad del observador.

 Con las últimas horas del día, el pastor y su majada iniciaron el retorno. Parte del recorrido se hacía por los límites boscosos. Un sonido poco habitual, similar a un lamento humano puso en alerta al joven. Dejando al resguardo de los perros al grupo de animales, se dirigió con cautela hacia donde consideraba que se había producido el mismo. Después de un par de vueltas y casi desistiendo de la búsqueda, terminó encontrando a un adulto semiinconsciente provisto de ropaje de alta alcurnia.  La mano que cubría uno de sus costados presentaba manchas de sangre. Balbuceos incoherentes y débiles quejidos eran emitidos por quien, seguramente, era el perseguido un tiempo antes. El pastor miró a su alrededor buscando compañía y después de descartarla, pensó en extraer el cuchillo y rematarlo. Allí descubrió que pensar en cometer un asesinato era una cosa, pero ejecutarlo era algo muy distinto. Intentar trasladarlo por si solo era algo descabellado. La aldea no estaba distante y si se apuraba, podía llegar hasta allí, asegurar las ovejas y volver con ayuda, antes que la oscuridad se hiciera absoluta. Y así lo hizo.

 En el lugar y considerando que se trataba de una situación complicada pues individuos con gran poder estaban involucrados, se decidió trasladar al herido hasta un carro, ubicado sobre el sendero, donde sus huellas se confundirían con otras. Se depositó el cuerpo sobre un vellocino que luego fue quemado, por estar impregnado con sangre.  En el villorio, y a la luz de las velas, se confirmó una herida profunda con una hemorragia activa y un cuadro febril intenso. Nadie en el lugar estaba en condiciones de tratar con alguna probabilidad de éxito algo así. Había que llevarlo de inmediato donde la curandera. Mientras uno partió para dar aviso a la mujer, otros movilizaban con cuidado al desconocido.

 En la propiedad de la sanadora, se acordó establecer un pacto de silencio por la propia seguridad de los involucrados y se intentaría averiguar sin demasiado revuelo, el porqué de lo acontecido…