sábado, 27 de julio de 2024

 

Aurelio

Aurelio contempla en silencio las casi inabarcables posesiones, desde una de las múltiples aberturas ubicadas en lo alto de la palaciega construcción. Ante sus ojos se despliegan una sucesión de frutales, sembradíos, huertas y los dos maravillosos jardines que adornan la vía de ingreso principal. En éstos, se pueden observar algunas de las pocas muestras de extravagancia, representadas en parejas de pavos reales y fuentes de agua en perpetuo funcionamiento. Un verdadero enjambre de sirvientes y contratados se movilizan en todos los sentidos, dando respuesta a las múltiples tareas que el entorno exige. Las caballerizas y las cuadras para el descanso, se ubican en uno de los laterales de la construcción principal. La opulencia exhibida sin embargo, está combinada con la sobriedad y el buen gusto. La vasta extensión que actualmente ocupa la propiedad tuvo su origen en algo bastante más reducido,  hace algunas generaciones atrás. Las efectivas administraciones a lo largo del tiempo, le han permitido alcanzar el actual esplendor. 

El senador analizaba en solitario las noticias recibidas. El arribo de un visitante inesperado no fue de buen augurio y se comenzó a confirmar cuando éste le solicitó una reunión a solas, de manera inmediata. Allí, se enteró de la intención de un grupo del senado, de derrocar al actual gobernante. Aurelio se sintió momentáneamente aturdido por lo escuchado pero una vez repuesto y antes de emitir opinión, solicitó mayor precisión sobre el asunto. No se pronunciaron nombres pero se indicó que la medida era apoyada por casi la mitad del cuerpo colegiado, que había un reducido grupo de indecisos y que el resto se oponía de manera rotunda. Se contaba, además, con el respaldo de un sector importante del ejército. La explicación concluyó con varias de las medidas que se llevarían adelante, una vez concluida la tarea. No hizo falta aclarar nada sobre las consecuencias para los incitadores, si todo terminaba en fracaso. Antes de retirarse y a modo de colofón, el reciente arribado le manifestó que disponía de dos días para dar a conocer su posición. 

Aurelio tuvo una sólida formación militar que pudo aplicar en el campo de batalla. Destinado en más de una oportunidad a controlar la inmensa frontera del imperio, en su historial priman de manera destacada, los éxitos por sobre los desaciertos. Estos últimos fueron mayoría durante los primeros años, cuando la vehemencia se imponía al raciocinio en el momento de tomar las decisiones. Con el tiempo, el sosiego y la experiencia revirtieron completamente el proceder y las intervenciones, en general, pasaron a culminar de buena manera. Además, se terminó volcando de lleno a la lectura y la erudición, acompañada de sus benévolas consecuencias, no tardaron en manifestarse. Durante las campañas, un hecho que lo marcó de manera definitiva, transcurrió durante los momentos en que los límites imperiales eran inestables y los avances y retrocesos de las fuerzas se producían de manera permanente. En una embestida, fue alcanzada una reducida población, que no dudó en optar por el exterminio total antes que el sometimiento. Jóvenes, viejos e inclusive niños, se lanzaron a un combate desenfrenado y sin chances contra un ejército profesional. Una vida sin libertad no merece ser vivida, parecía ser el lema de los martirizados residentes. 

Aurelio está de acuerdo con la ineptitud casi completa del actual mandatario. El desmanejo no ha parado de exacerbar la decadencia y si no es revertido de manera inmediata, la integridad total del imperio corre un severo riesgo. Los amigos del poder no paran de hacer de las suyas, el tráfico de influencias ha contaminado todos los ámbitos y la corrupción se exhibe de manera obscena. Lo que no le permite terminar de decidirse es la forma en que se planean llevar adelante los hechos y las previsibles consecuencias que conllevarán, léase matanzas, a pesar de una conclusión satisfactoria de los mismos.

Un día antes de vencer el plazo para dar a conocer su opinión, envió un sirviente a la propiedad de quien oportunamente lo visitara. Portaba el recado de solicitarle la convocatoria a una asamblea junto a otros integrantes. El sirviente regresó con la confirmación de todo lo requerido. El encuentro estaba previsto para la jornada siguiente.

El grupo de participantes se encontraba en plena deliberación. Guardias apostados a cierta distancia del mitin, se encargaban de mantener alejados a los sirvientes curiosos y a los ávidos de chusmerío. Aurelio permaneció en silencio la mayor parte del tiempo y cuando intervino, fue con expresiones inquisidoras e incómodas para el resto. Recién cuando sus peticiones y sugerencias contaron con una aceptación razonable, se sumó a la operación.

El grueso de la tropa que respondía a los golpistas, rápidamente fue movilizada hacia la capital. Ese desplazamiento a gran escala no iba a pasar desapercibido para nadie, al igual que sus veladas intenciones. Esto último fue advertido de manera rápida y precisa por los más sagaces de la oposición. Varios de quienes encabezaban actualmente a las fuerzas, habían estado a las órdenes de Aurelio y éste todavía contaba con una respetable reputación entre ellos. La ventaja al respecto era enorme pues permitiría conducirlas de manera unificada. Mientras se esperaba el arribo, los golpistas terminaron de definir los puntos estratégicos a ocupar y las maniobras a seguir, teniendo en cuenta el conjunto de posibles respuestas de la resistencia. Las fuerzas personales de cada político fueron puestas en máxima alerta y engrosadas en integrantes.

Días más tardes estalló el conflicto y uno de los temores más fundados de Aurelio se hizo realidad, la desalentadora muerte de inocentes. Atrapados el déspota y su séquito íntimo, fueron ejecutados de manera inmediata. El nuevamente comandante se apersonó en el durante y para sus fueros íntimos, estaba persuadido que éstos, producto de la degradación mental que manifestaban por la ingesta reiterada de sustancias “exóticas”, no estaban conscientes de lo que acontecía. Dos senadores perdieron la vida en sendos enfrentamientos con las fuerzas leales a Aurelio; tres terminaron con su existencia mediante el suicidio y el grupo restante, los más rastreros, intentaron una rendición cargada de pretensiones. La respuesta fue inmediata; destierro voluntario dentro de las próximas veinticuatro horas y el decomiso de todo los bienes que no se pudieran llevar o en su defecto, el ajusticiamiento inmisericorde de manera sumaria. Aprovechando el suceso, grupos de enemigos poderosos que merodeaban en las fronteras, avanzaron sobre territorios oportunamente expropiados y ocupados por el imperio. Ello, aunque previsto, era imposible de evitar, gracias a la movilización interna de las fuerzas.

Aurelio, proclamado regente, tenía por delante una formidable tarea de restauración, tanto en lo interno como en el frente externo. Como era de esperarse, cuando los primeros éxitos se hicieron evidentes, sectores aliados iniciales comenzaron con las intrigas y las disputas por el poder. Eso aceleró la ejecución del siguiente paso. El regente fue proclamado emperador, quién, con poderes casi plenipotenciarios en todos los órdenes, podía enfrentar con mayores garantías de triunfo a los díscolos. 

¿Cuál fue el resultado final de todo ello? Eso, es tema para otro relato.

 

 

 

 


El ancla

Estoy realizando la visita que quería llevar a cabo desde hace un tiempo y es recorrer el sector más alejado del cada vez más extendido puerto de la ciudad. Su crecimiento acelerado obedece al constante incremento del turismo y el comercio. Construcciones que buscan satisfacer ambas necesidades emergen por doquier y el reciclado de las viejas se encuentra postergado. La oferta de espacio disponible para tal fin parece no agotarse y eso, obviamente, no colabora con lo último. Me encuentro caminando de manera decida, buscando alcanzar el objetivo propuesto de tocar el gran paredón que marca el final del camino. A estas alturas, cruzarme con otros viandantes es muy ocasional. 

Estudio periodismo y busco ahorrar el máximo dinero que pueda, producto de las pasantías, para destinarlo a realizar uno de mis hobbies predilectos, esto es, excursiones citadinas. La mole de cemento y cristal en la que me encuentro sumergido, parece no tener tapujos al momento de ofrecer posibilidades. El puerto, sin dudarlo, es uno de mis destinos favoritos. Lo visito con asiduidad y casi no me quedan huecos por conocer. El final de los estudios está próximo y me inclino por el periodismo de investigación. Por ello, a lo observado en mis salidas, lo complemento con información y el resultado final es una mejor comprensión del todo, terminar conociendo historias e incluso, chimentos. 

El pequeño monumento está ubicado casi al final; se trata de un pie de baja estatura y sólida construcción que sostiene a un ancla erguida, de tamaño medio, empotrada en su cúspide. El conjunto da muestras de no recibir atención alguna desde hace bastante tiempo. La pintura que otrora lo cubriera, está reducida a tímidas manchas que parecen querer desprenderse de un momento a otro. Una placa maltrecha deja leer a duras penas “En memoria del René” y debajo, lo que debería ser una fecha, se encuentra absolutamente incomprensible. Después de dar un par de vueltas y tomar algunas fotos, incluso al venido abajo monumento, inicio el regreso con la satisfacción de haber alcanzado la meta inicial. 

Buscando pistas sobre ese sector del puerto, encontré que allí, hace décadas, amarraban pequeños remolcadores y el René era uno de ellos. Había protagonizado un accidente en el cual terminó destrozado contra el muelle, debido a la embestida de una gran embarcación turística. La única víctima fue el capitán del remolcador. El suceso ocasionó también, grandes daños al buque y a las instalaciones portuarias. Se consideraron como posibles causas del siniestro a una mala maniobra del navío menor en un momento de intensa marejada como así también, a una imprudente aceleración por parte de la nave mayor. El capitán del remolcador era experimentado en su tarea, lo que hacía improbable una ejecución desacertada. La ausencia de reclamos por parte de seres queridos de este último y el dinero que emanaba de la compañía propietaria del buque de mayor porte, permitieron establecer finalmente como causa del siniestro, lo primero. El monumento, quizás, se construyó como una referencia al único incidente hasta el momento, en ese lugar. 

Varias semanas después, decido volver a pisar el puerto y me dirijo hacia la zona del destartalado monolito. Soy consciente del horario en el que inicio el trayecto y sé que la vuelta será bajo las luces encendidas del lugar. El día se mantuvo despejado y sin viento. A medida que avanzo, girones de niebla comienzan a desprenderse del agua y a moverse lentamente hacia tierra firme. La silueta del monumento se deja visualizar tímidamente y al acercarme, la imagen a la que enfrento, me paraliza de inmediato. Un escuálido espectro, vestido con restos de ropa de marino, está intentando amarrar como puede, una soga al ancla. Conectada al otro extremo de la misma, se encuentra una silueta que se mece suavemente sobre el agua. Es el pequeño remolcador René, cuyo nombre, pintado de rojo, es posible distinguir en la proa. Lejos de espantarme, aunque sin moverme, continúo observando al aparecido en su afanosa tarea.

Probablemente nunca sepa el por qué pero decido ayudarlo. Al acercarme, la blanca cabeza cubierta por un gorro de fieltro, se gira y un par de ojos de mirada vacua, me contemplan. Sin más, estiro mis manos hacia la soga y el espectro retira las suyas. Por increíble que parezca, siento sutilmente entre mis dedos, la aspereza del cabo y lentamente comienzo a anudarlo en el ancla. Concluida la tarea, observo al capitán sentado en un banco próximo, interesado en el encendido de una pipa. Me acerco y considero al gesto del elevar de una de sus cejas, como una invitación a sentarme. La niebla se encuentra en su máxima concentración. 

El surrealismo del cuadro me lleva a perder la noción del tiempo. Mil preguntas se atropellan en mi cabeza pero solo me atrevo a realizar una: “¿Fue el otro barco, verdad?”, susurré con la mirada enfocada en el blanco telón que tenía por delante. Tras unos instantes de silencio y al girar la cabeza en busca de una respuesta, contemplo el repetido movimiento anterior de los restos de la ceja. Con las primeras pinceladas de la luz del nuevo día, el fantasma se pone de pie, se dirige hacia el ancla y con un hábil movimiento desata la amarra. Suelto una  carcajada. La traslúcida figura se embarca y en silencio, capitán y barco avanzan y se desdibujan en una niebla que comienza a ceder. Mientras me dirijo hacia la salida, las luces del muelle culminan su rutinaria tarea.