sábado, 28 de marzo de 2026

El verdadero enemigo

  


 

Mi instinto indica que es momento de correr y hacerme de una artillería pesada diferente. Lo que obra en mis manos, en estos momentos, no sirve para enfrentar lo que se viene. Mi instinto sabe de supervivencia e ignorarlo puede llegar a ser fatal. Siguiéndolo, estoy todavía aquí. La tarea que llevo adelante, de aplicar soluciones y por cualquier vía, sobre aquellos que han decido no entrar en razones, presenta un estrecho margen de error.

El orificio, parcialmente abierto en el suelo, tenía una ubicación y profundidad estratégica. Pero no despertaba la suficiente confianza sobre su seguridad. Ingresé e inmediatamente después del disparo, sentí el pesado movimiento sobre uno de mis pies. Me retiré con enérgicos movimientos y emprendí una alocada carrera. Más tarde, comprobaría la suerte de la tarea prevista. Ahora buscaba, desesperadamente, salvar mi integridad.

Era consciente del terreno donde me hallaba. Las boas terrestris son verdaderas cabronas cuando se trata de defender su espacio y la que estaba ocupando el hoyo, no seria la excepción. El pesado fusil era un verdadero lastre y solo entorpecía el avance. Alcanzado a duras penas el vehículo, el golpe fácilmente perceptible, indicaba que el contrincante había abandonado el refugio y se dirigía a gran velocidad hacia el osado intruso. Retiré la pistola de su estuche y al girar, me encontré separado del gigantesco animal por una muy corta distancia. Inicié la ronda de disparos. Cada uno, pese a desprender importantes porciones del cuerpo, no amedrentaba el ìmpitu del reptil. Recién el último, directo sobre su cabeza, detuvo todos sus movimientos. Transcurrieron varios minutos antes de que pudiera recuperar normalmente el aliento.

Como en el caso anterior, la profesión me ha llevado a estar lidiando con situaciones inéditas. En una ocasión, solo podía impartir los fundamentos encargados, desde un sector del inmenso parque adyacente a la propiedad del testarudo. El problema mayúsculo lo ofrecían los animales exóticos, que vagaban libremente en áreas determinadas. Me fue imposible precisar en cuales y así, al retirarme, me encontré enfrentado a un sorprendido facòquero, que sintiéndose acorralado, empleó el par de sobresalientes colmillos para defenderse. La feroz cicatriz en la pierna derecha que me acompaña desde entonces, impide realizar toda clase de ninguneos sobre el violento episodio.

Las pirañas hacen honor a su naturaleza cuando la sangre las incita. Adoro nadar en aguas cálidas y este encargo me había llevado a trasladarme hacia ellas. La dificultad radicaba en la ubicación. No correspondían a las apetecibles transparencias de un mar tropical sino a las de un turbio río continental, infectado de peces dientones. En su márgenes, se encontraba localizada la madriguera del irreverente cabezota. El equipo de inmersión protegía de manera relativa, al igual que el agregado de un combo de sustancias repelentes. Me desplazaba luchando contra la corriente, esquivando toda suerte de restos vegetales que se elevaban desde las profundidades y bajo la inspección constante de los carnívoros fluviales. Era consciente que una mínima lesión sangrante, darla inicio a un explosivo frenesí de dientes aguzados y tras el cual, mi existencia pasarla a convertirse en un cúmulo de huesos y restos del equipo desperdigados por el fondo. El plan transcurrió dentro de lo previsto. La ejecución fue limpia y sin dejar un rastro claro sobre su origen. Ello me permitió emprender el retorno, liberado de un nerviosismo excesivo. Los empujones de la masa líquida en movimiento se habían intensificado y el esfuerzo necesario para sostener el rumbo, era mayor. Podía sentir, cada ciertos intervalos, el golpe de las aletas contra la indumentaria. Los depredadores estaban más atrevidos. Probablemente, el efecto de los químicos que los mantenía alejados, se estaba perdiendo. Debía apurar el paso.

Una breve emersiòn confirmó que el desplazamiento era correcto y que el lugar planeado para la salida estaba próximo. Bajo el cobijo de las oscurecidas aguas y al reemprender el pataleo, un breve y violento remolino me terminó depositando sobre un auténtico caos de ramas. No hizo falta comprobar el estado general de mi cuerpo. Múltiples sensaciones de ardor y dolores localizados, confirmaban el impacto de numerosos agujazos. El Terror me invadió sin más. Intenté avanzar de cualquier forma. El dolor que irrumpió, instantes después, es casi indescriptible. Mientras me movía, la boquilla del regulador de aire era estrujada con violencia, cada vez que sentía una agitada vibración y con su cese, la consecuente pérdida de una porción de mi anatomía. Alcancé la tierra y continué avanzando, impulsado sobre mis codos. A cobijo, hizo falta emplear el cuchillo para liberarme de las tres enceguecidas bestias, que continuaban aferradas a mis carnes. Suturas, transfusiones, fiebre y una posterior rehabilitación, fueron el corolario del encuentro salvaje.

Hormigas toro, gigantescos roedores hambrientos y hasta una delirante cacatúa que imitaba a la perfección, los múltiples sonidos de una alarma, se fueron sumando con el tiempo, a la lista de desafortunados encuentros con integrantes del reino animal. Todos dejaron su huella.

Soy uno de los pocos afortunados que pudo retirarse en una pieza y en forma definitiva, de sus labores. Disfruto realizando todo aquello que demanda la supervivencia en una pequeña extensión de tierra y rodeado de múltiples individuos que cacarean, mugen y ladran. Todo lo vivido no provocó hacia ellos, un mínimo de resentimiento siquiera. El verdadero odio está dirigido hacia los monstruos racionales que lucran con las guerras, trafican personas, drogas o lo que sea, movidos por el único interés de obtener beneficios e importándoles nada, del cuantioso sufrimiento que acompaña a esas acciones.