sábado, 21 de marzo de 2026


 

El vampiro descansa sobre la gruesa rama que se yergue en las alturas. Levanta la vista y comienza a recorrer el firmamento. Por momentos, entrecierra sus ojos y sonríe, ante la turbia imagen que se termina formando en su cabeza. Cae en la cuenta de la enorme cantidad de tiempo que lleva transcurrido, sin contemplar los cielos. La mar de estrellas que se despliega hasta el infinito, llega a aturdir por unos instantes. Más allá de lo que marca la ciencia, el cuadro encierra magia y sosiego.

Se siente saciado y eso predispone de mejor manera a la apreciación y el disfrute. No olvida las extensas hambrunas padecidas a lo largo del tiempo, provocadas por  pestes o guerras. La cantidad y calidad de las presas disminuía de manera tal, que la propia debilidad transformaba el acto de cazar en un auténtico tormento, por paradójico que fuera. En esas circunstancias, había llegado incluso, a maldecir la resistencia para encontrar la muerte.

Redescubrió el sitio por accidente. No lo frecuentaba desde hacía décadas, producto de la ausencia total de víctimas. Semanas atrás y para su sorpresa, detectó a una y no dudó un instante en someterla. Días más tarde y tras una nueva incursión cargada con algo de recelo, pues consideraba al último hallazgo como un hecho fortuito, volvió a toparse con otra. No podía ser solamente obra de la casualidad. Desde entonces, cuando la necesidad lo urge, incurre en la salida, que sigue sumando buenos resultados. 

La reciente moda de caminar de noche, por lugares apartados y en solitario tiene, como cualquiera de ellas, duración incierta. Eso al vampiro no le incumbe y solo aprovecha la ocasión. Reside a corta distancia y los individuos son, en general, jóvenes y saludables. “Las buenas oportunidades deben ser tomadas cuando se presentan. No hacerlo, es un error imperdonable,sentencia para sí, mientras retira los restos de sangre fresca que permanecen depositados sobre sus labios.

 



 

El hambre le nubla los sentidos y le altera de un modo dramático el razonamiento. Sabe que debe esperar pero la ansiedad lo devora como un fuego. Solo la memoria lo detiene. Por ahora. Actuar de manera impulsiva lo ha llevado a estar a centímetros de la muerte y la impresión consecuente, intensa y activa, suena como una alarma cuando el desborde es inminente. No ha sido grato tener que confrontar un grupo de pesados mastines, entrenados para destrozar a un intruso ni a una turba de enardecidos socorristas, que asisten alertados por la gritería histérica de la víctima.

Contempla, desde una distancia razonable y correctamente mimetizado, la ventana de una habitación atiborrada de objetos. La pareja se mueve en todas las direcciones, acomodándolos en los estantes o en el interior de los cajas. Pero no son ellos, el blanco de interés. Todo está centrado en el tercer individuo presente y parcialmente expuesto desde donde se ubica. Parece ser el que ordena qué hacer a los otros y nada más. De tamaño importante, promete ser un suculento festín.

La pareja se retira, dejando una iluminación difusa y cerrando tras de sí, la puerta de acceso. Debería seguir analizando el cuadro un instante más pero los agujazos estomacales quiebran toda contención y se precipita sobre la abertura escudriñada. Empuja con suavidad y para su momentánea sorpresa, la hoja se desplaza sin oponer resistencia alguna. Ingresa con el máximo sigilo. La figura se encuentra casi completamente de espaldas y no da muestras de advertencia alguna. Se lanza sobre ella, la envuelve con un potente abrazo pero la inercia continúa y ambos terminan en el suelo. El maniquí se desarma en varias partes. El golpe, delator, dispara la secuencia fatal. La puerta se abre de manera violenta, las luces se encienden y el violento ballestazo, acompaña la salida del aguzado proyectil de madera.

El dolor palpitante en el tórax, marca que ha alcanzado su destino. “Todo ha sido una trampa. Burda y estúpida, pero efectiva,” pensó, mientras comienza a deshacerse entre fuertes espasmos. “Tendría que haber esperado algo más, haber tenido un poco màs de paciencia,” fue su última reflexión.