La conmoción que provocan las imágenes de heridas, mutilaciones, interminables agonías e incluso la muerte, no disminuye a pesar del acùmulo de experiencia en combate. Esto último sólo impide ingresar en el desbocamiento emocional y el posterior intento de huida del escenario. Ello conducirá al irremediable disparo en la cabeza, de quienes están atentos a esa conducta. No obstante, el mayor freno a la espantada lo componen la sensación de embriaguez generada por los continuos bombazos de adrenalina y la esperanza de recolectar un generoso botín, al final del enfrentamiento. Tales eran las promesas del pesado carguero que estaba siendo cazado a gran velocidad y por ello, el pirata solo tenía vista y cerebro para el hallazgo de los puntos de abordaje más convenientes y las posibles acciones a concretar, tras la subida.
El buque militar que oficiaba de custodia, estaba retrasado. Probablemente, una avería crucial y su posterior reparación, habían determinado que el transporte continuara su derrotero en soledad. Ello representaba una ventaja insólita e imposible de desaprovechar. Los saqueadores disponían de un tiempo limitado para el ataque, la toma de riquezas y la huida hacia los peligrosos bajíos, conformados por aguas poco profundas y un fondo repleto de millones de dagas, representadas por los afilados corales. Se trataba de un espacio bien conocido y surcarlo de manera indemne, demandaba la ejecución de maniobras precisas. Un error en el viraje podía determinar la formación de profundos rumbos a lo largo del casco y la violenta ida a pique subsiguiente.
Nada salió como se esperaba. La riña alcanzó ribetes excesivos. El número de soldados acompañando a la tripulación era anormalmente alto, lo que hablaba del abultado valor de la carga en las bodegas. Y no se compara tener que enfrentar a marineros que intentan preservar su vida de un modo torpe, a tener por delante tropas profesionales. Las bajas en ambos bandos fueron considerables y lo arrebatado, misero. El tiempo consumido fue excesivo y eso posibilitó el peligroso acercamiento de la escolta. Conocedores del oficio, liberaron las amarras a toda prisa, desplegaron de inmediato las velas y tras certeros golpes de timón, tuvo inicio el reiterado juego del gato y el ratón.
A bordo del navío pirata, parecía reinar el caos y sin embargo, nada se cumplía sin perfección ni velocidad. Se apagaban pequeños incendios, se sujetaba con refuerzos el material almacenado, se arrojaban por la borda los cuerpos de los fallecidos y se brindaban los cuidados esenciales a las heridas de mayor consideración. Liberados de los persecutores, la atención de los sufrientes mejorarla de buen modo.
Parte de la arboladura se desprendió tras el impacto. Restos de madera, tela y sogas, comenzaron a precipitarse sobre la cubierta. Los ladrones enmudecieron tras la arrolladora pasada del proyectil y el sonido distante y diferente del habitual cañonazo. Lo que hasta ese momento era un tema de conversación en las tabernas, era evidente que habla tomado cuerpo. Nuevos cañones, más pequeños pero de mayor potencia y alcance, estaban comenzando a ser empleados por los medios de guerra. En esas circunstancias, la consecuencia para los perseguidos disponía de una única alternativa. La huida exitosa no se llevaría a cabo.
Nuevas colisiones siguieron destrozando velas, aparejos y cabos. La velocidad rápidamente comenzó a mermar y con ello, pronto estarían a merced del resto de la batería agresora.
“No hay nada de romanticismo en esta vida,” reflexiona el pirata en los últimos instantes. Imágenes y sensaciones comenzaron a circular velozmente por su cabeza. Una niñez miserable en los puertos, eternamente acompañada por el hambre, la lluvia y el riesgo constante de las enfermedades. Transformó en un arte, la habilidad para escabullirse tras el robo de mendrugos y a la desconfianza hacia todo y todos, en una bandera. Las entradas a prisión comenzaron a sucederse y con ellas, la vulnerabilidad a toda clase de abusos. La piratería se presentó como la salida de emergencia para evitar la pudrición entre los barrotes o culminar pendiendo de una horca. Y allí estaba.
El navío de guerra comenzó a ejecutar el giro que lo terminarla emparejando con la embarcación de los bandidos. Acostumbrados a no ofrecer clemencia, no la obtendrían del atacante. La marcada distancia de separación, sentenciaba el alcance insuficiente para la mayor parte de la artillería filibustera. Intentar la defensa era un absurdo.
El pirata resopló por lo bajo y cerró los ojos. Instantes después, una salvaje tempestad de fuego, hierro y humo, iniciaba un macabro espectáculo de muerte y destrucción.
