miércoles, 28 de enero de 2026


 

 

Es mejor combatir los primeros brotes antes que el campo se llene de maleza,” pensó, mientras se alejaba de la penitenciaría. “Vaya! Parece que diez años a la sombra no han sido de gusto. Estoy hecho un filósofo,” ironizó, mientras terminaba de acomodar sobre su espalda, el modesto bolso de lona que contenía las escasas pertenencias que habían sobrevivido al encierro. Seguiría el plan trazado durante tanto tiempo y que podía resumirse en pocas palabras. “El mar me espera y voy a su encuentro. Si representa lo que anhelo, transitaré lo último de mi estancia local en sus proximidades.” “Insisto con lo de filosofar. La única duda que tengo es sobre la duración del efecto,se dijo sonriendo y comenzó a canturrear en voz baja.

Piro no es su nombre sino un apodo. Lo obtuvo hace tiempo, producto de la cantidad de incendios que lo tuvieron como hábil provocador. Para él, no hay secretos sobre dónde iniciarlos, qué materiales son convenientes y cuáles no para gestarlos, cómo programar su comienzo y demás. Su sapiencia es tal, que estando detenido, recibió consultas sobre aspectos que generaban dudas en los propios peritos. Otorgó su opinión a cambio de sucesivas reducciones en la pena y ello se tradujo en una estadía recortada en algo más de una decena de meses.

El mar se transformó en el remanso que tanto reclamaba su agitada cabeza. Conocedor de los códigos del ambiente marginal y con habilidades culinarias decentes, pudo instalarse en los suburbios y terminar encontrando cabida en una fonda, próxima al puerto. Centra su oferta en platos cargados de productos marinos. La actividad gana en intensidad con la caída del sol, coincidente con el arribo de los pesqueros que se desplazan durante el día. En esos momentos, el ambiente se torna espeso, bullicioso y rudo, producto de las cazuelas rebosantes de fritanga, el olor del vino barato y el estallido de feroces discusiones y estruendosas risotadas.

Marcial pertenece al grupo de inmigrantes venidos hace tiempo y que pudieron continuar con el oficio absorbido desde la cuna. Al igual que otros, estaba sumergido en una mala racha económica, consecuencia del tratamiento de una enfermedad que demandó una buena parte de sus magros ahorros, el mantenimiento postergado hasta el límite del motor del navío y una pesca con rendimientos miserables. El procedimiento de las pirañas, delincuentes usureros como se los conoce en el medio, es siempre el mismo. Enterados de una situación dramática, se acercan al desgraciado y proponen la solución. Sabedores de la imposibilidad de acceder al dinero por la vía formal, ofrecen cancelar todas sus deudas a cambio de un interés razonable o la concreción de algún servicio. Lo que realmente importa es lo último y por ello, terminan vedando la primera instancia con apremios en los plazos e intereses estratosféricos. La víctima, imposibilitada de cumplir con lo pactado, termina cediendo y se transforma en una especie de mula acuática. Marcial se había mostrado renuente a esa alternativa y terminó muy maltrecho y rodeado del grosero destrozo de su modesta vivienda.

La justicia tiene tiempos y resoluciones que no todos aceptan. Piro es uno de ellos. Se dedicó a observar con detenimiento a los malnacidos, que continuaban actuando con total impunidad. Bastó con un nuevo desdichado, esta vez Giuseppe, para que el ex convicto saltara por los aires.

Las llamas emergieron de manera violenta y rápidamente se salieron de control. Ocurrió en altas horas de la noche, cuando los malvivientes se encontraban reunidos. Las aberturas fueron invadidas casi en simultáneo y ninguno logró escapar del siniestro. Acaparó la atención de bomberos e investigadores, la acertada localización del primer foco y el inobjetable empleo de sustancias acelerantes, que favorecieron el vertiginoso avance. La intencionalidad era evidente pero nada conducía al o los autores.

Apenas detectada su presencia por las autoridades, el incendiario fue demorado. Interrogado una y otra vez, se mantuvo firme en sus declaraciones. Sabía de la existencia de los malhechores pero jamás había tenido interacción alguna. En el momento de los hechos, se encontraba descansando en su hogar. Esto último generaba dudas, al no existir un testigo que permitiera confirmarlo. Al margen de ello, no había nada consistente que permitiera establecer una acusación y terminó siendo liberado.

Piro sigue cocinando y atendiendo con las energías habituales. Reparte alimentos, retira las sobras y refriega ollas y sartenes con la amabilidad de siempre. Considera que se ha ganado un espacio y es feliz por ello. Ignora que fue observado a la distancia mientras armaba el inminente siniestro, por un par de marineros que retornaban de una noche de juerga. Deudas, amenazas y agresiones, desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. El pacto de silencio, mantenido entre los pescadores, es un tácito agradecimiento por todo lo ocurrido.