sábado, 14 de marzo de 2026

 


 

 

Puede ser considerado un pantano de pequeñas dimensiones. Reúne el mínimo de condiciones indispensables para ello y por lo tanto, no se trata de un lugar demasiado frecuentado. La cercanía con el poblado no juega, en este caso, a favor de dicho objetivo. Sus aguas, poco profundas y estables, ofrecen recurso y resguardo a incontables ranas, aves, gusanos y a una enmarañada vegetación costera y sumergida. Como es de esperarse, la capa de barro que cubre el fondo es generosa y en determinadas circunstancias, el olor pútrido que se desprende, puede golpear el olfato con intensidad. Llama la atención, eso , el escaso volumen de insectos presentes.

Cuando se instalan las condiciones ambientales requeridas, densas nubes comienzan a observarse a muy corta distancia de la superficie y basta una leve brisa, para que sean empujadas en cualquier dirección. Cuando se proyectan sobre el caserío, todo se impregna de una elevada humedad y las sensaciones de frío y desamparo, agobian a sus habitantes.

El borrachín vivía en una modesta construcción en las afueras y la distancia que lo separaba del pantano, era relativamente corta. En su monótona narrativa, no dejaba de referirse al placer que le generaba el consumo de la carne de rana y su alternancia con la ingesta de anguilas, pez abundante en las fangosas orillas. No cesaba de repetir, además, la costumbre de salir a buscar a las primeras de noche y armado con una pala y en cualquier momento del día, a las segundas. Fue en el bar donde su inexplicable ausencia comenzó a llamar la atención. Conocidos primero y elementos policiales después, realizaron las averiguaciones y la búsqueda respectiva. Todos los intentos concluyeron con la misma e incómoda respuesta. La desaparición era una lamentable realidad y no había pistas o datos que ayudaran a resolver el enigma. Lo único inusual y tal vez periférico a lo ocurrido, fue el notable incremento en la cantidad y el volumen del croar de las ranas, durante los días previos y consecutivos a la desaparición.

Escasas semanas posteriores, el episodio comenzó a formar parte de la memoria y fue reemplazado por otros, de mayor interés para los parroquianos. Alguien comentó, entre tanto coloquio mundano, haber escuchado una mayor actividad en las turbias aguas pantanosas y otro agregó, complementando esa idea, haber percibido una explosión nada habitual, en el seno del líquido elemento. Ambos eran coincidentes con el lapso de los sucesos; altas horas de la noche.

Había descendido, como tantas veces, en el camino vecinal inmediato al pantano y se dirigía a su domicilio, circundando el espejo. El cielo despejado y la majestuosa luna llena, aportaban la suficiente intensidad lumínica necesaria para evitar el molesto ingreso a las aguas. El croar de las ranas, totalmente inédito en su potencia, resultaba casi ensordecedor. El golpe inesperado y de una fuerza desmedida sobre la pierna de apoyo, terminó provocando la caída descontrolada. Un segundo impacto, esta vez sobre una mano, permitió detectar algo húmedo, pesado y muy adhesivo. Instantes después, el atemorizado caminante era arrastrado un buen trecho. Liberado de la gomosa sensación, consiguió encender la luz del móvil y dirigirla hacia la posible causa de lo que estaba ocurriendo. Al enfocar la revuelta masa acuosa, se enfrentó un par de enormes ojos que lo tenían enfocado, dos generosas aberturas nasales y una grosera abertura bucal que proyectaba a modo de látigo, una prolongada lengua viscosa. El miedo se transmutó en terror y lejos de permanecer entumecido, comenzó a retroceder arrastrándose, de un modo trabajoso. Así, consiguió salvar su vida. Los sucesivos contactos carecieron del poder de adherencia necesario y finalmente, se detuvieron. Jamás creyó que podría correr, de la manera en que lo hizo.

La gritería y los movimientos alocados de la víctima, terminaron sacando a casi todos, del contacto con las sábanas. Un poco más sosegado, consiguió contar lo sucedido y como era de esperarse, el convencimiento no fue unánime. Pese a ello, nadie se atrevió a dirigirse al pantano, en busca de una comprobación adicional de lo escuchado.

Rápidamente, comenzaron a atarse los cabos sueltos relacionados con la repentina desaparición sucedida días atrás. Seguido, irrumpieron las más variadas maneras de combatir al engendro. Secar el pantano o recorrerlo realizando nutridos disparos en diferentes sectores, figuraron entre las posibilidades. Terminó consagrada, prender fuego el agua. El viejo biplano del fumigador, funcionaba con el remanente del combustible no empleado en el aeropuerto capitalino. El propietario disponía de varios tambores. La idea era cubrir con el mismo, una buena porción del charco y encenderlo. La bestia, asustada, abandonaría la protección de su ambiente y una vez expuesta, sería ejecutada con la dosis de pólvora y plomo que resultara requerida. Operación simple y sin demasiadas complicaciones, al menos en los papeles.

Hubo que esperar las condiciones temporales propicias. Nadie se acercó al pantano durante ese tiempo. Era vigilado, pero a la distancia. El croar de la ranas, mientras tanto, asemejaba a un coro enfervorizado y carente de toda afinación.

Con las idas y venidas del ruidoso armatoste, se desperdigaba una fina llovizna transparente sobre la superficie. Manchas de variados tamaños se dibujaron al instante. Concluidas las pasadas, grupos de vecinos fuertemente armados comenzaron a rodear el bajío. La fase crítica de la operación exterminio, como había sido bautizada de manera tácita, estaba a punto de comenzar. Una flecha incendiaria improvisada, comenzó a surcar los aires e impactó en el agua, a medio trayecto contra la orilla opuesta de donde partiera. El encendido y la explosión fueron casi en simultáneo. El ruido y la oleada de calor, alcanzaron a los prevenidos observadores. La ausencia de viento permitía que las llamas y el humo se dirigieran directamente a las alturas.

Las primeras víctimas comenzaron a emerger del infierno y tras alcanzar la orilla, terminaban allí su existencia. El olor del queroseno ardiendo, se mezclaba con el de vegetación y carne calcinada. Algunos presentes comenzaron a realizar indisimulables arcadas. El número de batracios extintos que se estaba acumulando, parecía no tener fin. Era un colateral esperado y del que nadie se sentía satisfecho. De pronto, un cuerpo de prodigiosas dimensiones irrumpió en el dantesco espectáculo, con un portentoso salto que lo depositó sobre dos atónitos espectadores. La muerte por aplastamiento fue inmediata. Seguido a un momentáneo interìn de zozobra, se desató una incesante balacera de quienes estaban próximos al anfibio siniestro. Los demás, iniciaron veloces carreras, buscando sumarse a la furibunda ejecución.

No fue algo sencillo. La piel estaba reducida a un cuero generoso y atravesarla, requería disparos de grueso calibre. Cuando finalmente pereció, mostraba profusos sangrados en toda su anatomía, ojos destrozados y lesiones consecuentes de múltiples quemaduras. El cuerpo inerte de un impetuoso atacante, emergía parcialmente de la boca del monstruo.

El extraño suceso es recordado por la mayoría con dolor, temor y solo algunos, lo hacen con cierta fascinación. El costo biológico que debió soportar el pantano fue inmenso. Los actuales amos y señores del sitio son los insectos, que en determinadas etapas de su ciclo, tienen a mal traer a los humanos. Por suerte, ha primado la paciencia por sobre el volcado de pesticidas o la introducción de algún organismo exótico para combatirlos. Los anuros han comenzado a poblar el hábitat de manera lenta pero sostenida. El incremento en el croar lo respalda. Dos ejemplares se destacan por su talla, visiblemente mayor por sobre la del resto.

 

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