domingo, 1 de marzo de 2026

 

  




 

Se ha mantenido inexpugnable por centurias. Ha rechazado toda clase de ataques, prácticamente desde sus orígenes. Está bien dicho prácticamente y no desde sus orígenes, producto de un comienzo devastador. Siendo apenas una ciudadela con un sistema de defensas fácilmente franqueable y localizada en la periferia de un extenso territorio, soportó una destrucción casi completa. El hecho estuvo a cargo de tropas en tránsito, que respondían a una monarquía enemiga de quién los gobernara. No hubo ninguna clase de asistencia durante, ni pasado el suceso. Ello desató la furia de los supervivientes y con ella, el sentimiento perpetuo de tener que valerse por sí mismos. A partir de ese momento, una parte importante de los recursos generados, se destinaron a la fortificación, la instrucción y el equipamiento de las tropas.

Con el paso de las generaciones, el tamaño y el bienestar social crecieron y con ello, el valor estratégico. Ya no se trataba de un mero conglomerado ubicado en la distancia. Los muros eran altos y los ciudadanos se desplazaban con postura erguida y no exentos de orgullo. El grupo militar era estable, elevado en su número y con sobradas muestras de capacidad. La tentación por exigir una muestra explícita de reconocimiento a la autoridad, comenzó a carcomer a los sucesivos reyezuelos. Uno de ellos, insuflado por la arenga de una corte plagada de alcahuetes, se animó a dar el paso y mandó una ostentosa comitiva, encabezada por el obsceno secretario personal del monarca, su séquito y una custodia integrada por miembros de la guardia real. La respuesta obtenida a las pomposas y absurdas peticiones sobre la prueba de sometimiento, fue el tajante desprecio de los presentes. El ridículo personaje, con visibles muestras de ofuscación e invocando el poder otorgado por la máxima autoridad, ordenó a la tropa impartir un castigo ejemplar al regente de turno. El mandato solo recibió silencio. Los militares sabían apreciar la calidad de un contendiente y en este caso, no pasaba inadvertida.

La noticia corrió como pólvora encendida. Las tropas reales fueron aplastadas en toda oportunidad, al querer conquistar a la díscola población. A partir de allí, el respeto, al igual que la espuma en una orilla agitada, no dejó de incrementarse. Atraídos por el magnetismo de querer derribar al poderoso, incluso extraños, arremetieron contra sus límites. El rechazo a cada intentona, se mantuvo inmutable. La ciudad ganó fama de inaccesible. Los muros habían alcanzado una conformación imponente, al igual que la ingeniería empleada para su reparación. Las porciones que terminaban cediendo ante el fuego concentrado podían recuperarse a una velocidad tan vertiginosa, que el ingreso de los agresores era incapaz de generar dificultades. Esta clase de logros no formaban parte de las metas u objetivos del común de los ciudadanos pero fueron aceptados y se sometieron a sus demandas. Había quedado claro que la supervivencia implicaba sufrimiento, valor y estar siempre por delante en el campo de batalla.

El despliegue era colosal. La maquinaria bélica que comenzaba a posicionarse era variada y seguía un patrón de orden determinado por las características y funciones. La tropa exhibía todo el abanico de especializaciones esperable y hasta alguno novedoso, relacionado más con el lugar de procedencia del grueso de sus integrantes, que con la utilidad en sí. Saber con exactitud a quién respondía semejante esfuerzo, no fue tarea sencilla. Era evidente que no obedecían al gobernante de un territorio cercano y que estaban allí con toda la intención de conquistarlos. Todo respondía a una lógica fuertemente expansionista. El reducido grupo que portaban los estandartes de parlamento, se acercó a los muros, gritó a viva voz sus condiciones y aguardó la respuesta por breves instantes. Obtenido el no unánime a lo expresado, giró sobre sus talones y cuando se hallaba a distancia segura, comenzaron las acciones.

Nadie permanece estático tras los muros. La parte activa de la defensa recala en los jóvenes, sin diferencias motivadas por el sexo y los niños y ancianos, colaboran trasladando insumos, ayudan con los heridos y el apagado de incendios. Los agresores, conscientes que un asedio prolongado termina favoreciendo a los agredidos, no ahorran esfuerzos ni recursos. Poco a poco, la granítica muralla comienza a resquebrajarse. En la ciudad, nadie se pregunta sobre la justificación de lo que está ocurriendo. Consideran, simplemente, estar ubicados en el camino de alguien ambicioso, que exige ser reverenciado para conservar la vida y ninguno acepta pagar semejante costo.

La caída es inminente. Todas las construcciones presentan algún grado de destrucción y el porcentaje de muertos y heridos, supera a los exánimes no afectados. El suicidio colectivo como solución extrema ha sido acordado y no existen titubeos en su ejecución. Solo basta decidir el momento.

Cuando los paredones devolvieron una prolongada quietud, los atacantes interpretaron el significado y marcharon hacia la cosecha de las migajas. Desde los restos que permanecían erguidos, los sobrevivientes observaron el movimiento y en el instante previo a dar la orden para consumar la matanza y quitarse la vida, fueron sorprendidos por el estruendo de numerosas trompetas de guerra. Alguien acudía en su ayuda.

El choque fue épico. Tras varias horas de enfrentamiento, el remanente de las fuerzas invasoras inició el repliegue. La victoria había sido alcanzada, a pesar de la violencia imperante. Desde la ciudad, todo era contemplado con perplejidad.

El rey se acercó a las destrozadas puertas de ingreso y puso énfasis en su intención de querer acceder. La apertura fue imposible y terminaron siendo derribadas. El soberano avanzó y se detuvo frente al grupo de debilitados residentes. Soldados, comerciantes y mozos de establo, entre otros, exhibían el mismo aspecto. Hambrientos, malolientes y sin muestras de resignación. El soberano fue directo en sus palabras. No pudo contener la admiración frente a quienes eligieron enfrentar, a costa de la propia existencia, la mayor fuerza invasora que el reino había recibido jamás.

 

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