El leonero
Como buen conocedor del entorno, sabía que no quedaba demasiado tiempo para encontrar o improvisar un refugio. Si no había suerte al respecto, no se podía esperar otra cosa que una fenomenal mojadura. Los gruesos nubarrones, a punto de abrirse de par en par, no hacían màs que anunciar el inminente aguacero. No sería la primera vez que terminaba bajo una lluvia torrencial pero si podía evitarlo, mejor. La piel y los huesos no querían saber más nada con la mojadura. La humedad resultante parecía, después, no querer abandonar las pilchas ni todo lo que se tocaba.
El bendito, improvisado con cueros y firmes ataduras contra el par de piedras salvadoras, resiste sin problemas el enardecido temporal. Ráfagas, truenos y relámpagos no cesan en sus intervenciones, nutriendo de luz y sonido a la copiosa caída de agua. La espera se hace de manera tranquila y acompañada de mate amargo, galleta endurecida y charque correoso. El matungo, a pocos pasos de distancia, resopla y se acomoda, intentando evitar la borrasca y golpe directo a los ojos, del líquido elemento. Probablemente, el resto de la jornada transcurra de la misma forma.
-”Quedan muy pocos pumas, al igual que nosotros,” reflexiona. No está aguardando donde está, por mera casualidad. El solitario animal estuvo haciendo de las suyas y eso ha disgustado al estanciero. Los cebos envenenados no han tenido el éxito esperado y no tuvo más remedio que convocar al leonero. “Animal experimentado, sin dudas.”, se dijo el cazador, cuando llegó la propuesta. No se trata de la presa más temida pero se le debe todo el respeto. Un zarpazo o una mordida oportuna, alcanzan y sobran para aniquilar cualquier rival. Una madre y sus crías constituyen la peor de las versiones. Ante la mínima sensación de amenaza sobre los vástagos, la bestia hará un despliegue de furia y energía muy difíciles de doblegar. Instintivamente sabe que su deceso, condenará a la misma suerte a la descendencia y no hay resignación posible, ante tamaña y cruenta verdad.
El manto de nubes parece haber agotado la reserva de agua y comienza a replegarse. Lo último que alcanza a divisar el solitario cazador, antes que el sueño termine de sellar los párpados, son las luminosas estrellas que pueblan el firmamento.
El relincho tuvo una mezcla de advertencia y desesperación. Lejos de encontrarse sorprendido por el evento, el leonero se enderezó como empujado por un resorte. Arrastraba consigo, el potente fusil, dispuesto para el uso. Las primeras luces del amanecer comenzaban a reflejarse en el grupo de estribaciones que anticipaban la cordillera. Era el refugio adecuado para el felino en cuestión y allí estaba. Se desplazaba de un modo despreocupado frente al humano y el alterado cuadrúpedo. El tamaño y las cicatrices, ambos destacados, hablaban de una larga y compleja existencia.
“Es el último,” pensó el cazador, antes de oprimir el gatillo. El estruendo se desplazó una distancia considerable en la vasta geografía. Entregó el colmillo y la garra que siempre lo acompañaban en cada salida y recibió el pago acordado. Se adicionó una extra, por la celeridad de los hechos. “No busquen el cuerpo. Tengo por costumbre quemarlo. La idea de carroñeros hartándose con restos tan nobles, no termina de convencerme.” concluyó, mientras guardaba entre sus prendas, el atado conformado por la generosa colección de billetes. Saludó con un breve toque al ala del sombrero y se retiró al ritmo de un galope cansino.
Nunca más se supo de él. Algunos dicen que se fue a vivir a la capital, en una ubicación próxima a la de su única hermana. Está quien dice que atravesó la cordillera y reside en el país vecino. Otros dicen, dicen y dicen.
El puma huyó espantado por el ruido y el impacto cercano. En su carrera, traspuso los límites de la extensa propiedad del estanciero y terminó alcanzando otra, donde las presas se encuentran en abundancia. Su propietario sigue buscando con desesperación, a quien se encargue del salvaje asesino.