jueves, 18 de diciembre de 2025

 

李 (Li) II
 Parte XII 

La inercia que ha tomado la rueda de la modernización es apabullante. Obras de toda clase emergen sin descanso. El tendido de nuevas líneas férreas y eléctricas, apertura de nuevas vías de comunicación terrestres y consolidación de las existentes, mejoras en los puertos, impulsadas particularmente por la llegada, cada vez más frecuente, de barcos a vapor, etc., son solo algunas evidencias. El gran motor que impulsa el progreso lo constituye, sin dudas, la acelerada bonanza comercial, cimentada en la mayor apertura hacia el resto del mundo.

Li contempla el espectáculo con verdadera fascinación. Pese al respeto por lo tradicional, considera al cambio como una verdadera constante de la realidad. Lo importante es la direccionalidad que se le pueda imprimir. El paso del tiempo es irrefrenable. Hasta su eterno amigo, el general Hao, se ha terminado retirando. Cuadros de nuevos oficiales, conformados por hijos o parientes de antiguos camaradas, han empezado a transitar el ámbito militar y las diferencias con quienes se alejan, son destacables. Ello aportará beneficios para unas fuerzas que deben evolucionar en todos los aspectos. El temor subyacente de ser atacados por enemigos mejor formados y tecnológicamente superiores, permanece. La imagen de mayor prosperidad que exhibe el reino y que trasciende las fronteras, no hace más que estimularlo.

Para evitar el ostracismo, el militar se interesó en volcar todos los conocimientos alcanzados, en una cátedra de la academia militar. Hao, enterado de la vacante, producto del fallecimiento de un antiguo profesor, le propuso a Li que la cubriera. Implicaba asistir a la institución una vez a la semana y a lo largo del primer semestre del año. Impartir enseñanza de un modo sistematizado, jamás estuvo contemplado en los planes de vida del general, pero terminó aceptando. La curiosidad y el desafío por iniciar algo diferente, detonaron con suficiente intensidad como para movilizarlo.

La relación familiar continuaba robusteciéndose. Viajes periódicos en uno y otro sentido, eran una clara evidencia de ello. Feng, su primo, era integrante del equipo de cirugía del Hospital Central, perteneciente a la provincia vecina. Con sus ingresos mejorados, destinaba una parte a la ayuda de sus envejecidos padres. La única queja al respecto y cada vez más frecuente en el viejo agricultor, refería a lo duro que se hacía poder separar, de un modo eficiente, el grano de arroz del bagazo. Concluía siempre el repetido lamento, haciendo referencia al empleo de una pequeña trilladora eléctrica como un medio probo para lograrlo. Después de escuchar reiteradas veces el mismo planteo, Li y su primo decidieron comprar el artefacto y el generador necesario para abastecerlo. El general trasladaría todo ello en tren, una vez concluido el semestre académico.

La parafernalia fue instalada en un galpón comunitario, donde el eje de una rueda accionaba el generador. La electricidad obtenida, alimentaba la maquinaria y la iluminación requerida. El agua corriente de un canal artificial, lindante a la construcción, conformaba el primer paso de una serie de sucesos, que daban inicio con gavillas de tallos y espigas y culminaban con humeantes escudillas del venerado cereal.

Li fue testigo de algo no habitual, después de su primera noche en el lugar. Con las primeras luces de la mañana, padre e hijo emergieron de la vivienda y momentos después, podían escucharse exclamaciones al unísono. Al asomarse, observó que ambos realizaban ejercicios propios de la fusión de diferentes artes marciales. Ciertos desplazamientos se acompañaban de sonidos. La plasticidad y rudeza que emanaba del todo, terminaba adquiriendo una estética agradable. Finalizaron la rutina con un reverencial saludo entre ambos y un segundo movimiento, de cara al sol. Mientras Feng se dirigía al aseo personal, su tío, con un rostro perlado por el sudor, le expresó a cierta distancia, el origen de lo presenciado.  La intempestiva aparición de cólera en la región, detuvo, hace varios años, la marcha de un monje hacia el monasterio. Permaneció, durante un buen tiempo, alojado en su casa. En ese contexto, contempló al religioso durante las prácticas, quien a modo de agradecimiento por la hospitalidad brindada, le transmitió la técnica. Cuando su vástago alcanzó la edad suficiente, comenzaron los ensayos en conjunto. El prolongado intervalo que llevaba sin retomarlo, había concluido.

Provenían los tres de una caminata a la par del canal que alimentaba al molino, cuando un local se acercó presuroso. Campesinos provenientes de poblados cercanos, movidos por la envidia y la ignorancia, estaban queriendo destrozar el emprendimiento. A duras penas, las agresiones eran repelidas por el resto de los vecinos.

Aceleraron el tránsito y al arribo, Feng y su padre comenzaron a golpear sin consideraciones a los cobardes, que no cesaban de hostigar a los valerosos defensores. De nada valían sus torpes movimientos corporales o los intentos de querer alcanzarlos con los instrumentos de labranza. La única intervención del general se produjo cuando alguien, armado con una hoz, pretendió abalanzarse sobre su tío por la espalda. Un duro golpe en la quijada, lo llevó a desistir de la maniobra. Momentos más tarde, individuos maltrechos y humillados, iniciaban una desordenada fuga. Una rápida revisión del médico a los jubilosos vencedores, solo arrojó cortes menores y una generosa dotación de magullones. El tema, sin duda alguna, daría pie a prolongadas y repetidas conversaciones entre los protagonistas del suceso.

En la acogedora construcción familiar y aprovechando la energía del momento, su primo deslizó que realizaría la próxima visita, acompañado de su prometida, una joven administrativa del servicio de salud.

En la soledad de la habilitación, el general reflexionaba sobre el momento adecuado para comenzar a redactar sus memorias. Las horas de enseñanza lo hablan retrotraído, en más de una ocasión, a refrescar experiencias que consideraba olvidadas. No eran todas agradables, pero ello no lo atormentaba. Siempre consiguió transformar  los errores en aprendizajes, sobre todo aquellos que trajeron consigo, lamentables pérdidas humanas y de recursos materiales. Tenía la esperanza que al transmitirlos, no se volviera a incursionar en el mismo sentido.

Las primeras luces del amanecer lo encontraron cubriendo una hoja tras otra, con delicados trazos conformados por una tinta renegrida.


結尾 (Fin)