El artesano
Llegó con la tranquilidad habitual que lo caracteriza y de la misma manera, comenzó a desplegar la tela sobre la cual terminaría depositando, de manera ordenada, cada uno de los cuchillos nacidos de una habilidad presente en muy pocos. La mañana se presentaba fresca, sin nubes, ni viento que las empujara. Eso prometía calorcito para el mediodía y con él, mayor predisposición para la caminata y menor urgencia en los visitantes, que se terminarían aproximando a la feria de productos artesanales.
Pese al gentío, el ambiente era distendido y por ello, las consultas se atendían acompañadas de intermitentes sorbos a la inseparable calabaza matera. Sapiencia, mera charlatanería o la más completa ignorancia sobre el tema, eran fácilmente detectables en las manifestaciones de quienes se arrimaban a contemplar lo exhibido. La distinguida calidad del producto era palpable y su precio sobresalía por sobre los restantes de la competencia. Las ventas no se producían con la misma intensidad que en otros puestos, pero el artesano no desesperaba por conseguirlas. La transacción sólo concluía, cuando el cliente aceptaba el pago del valor establecido.
El regateo, infaltable en la dinámica comercial del espacio, era considerado una pérdida de tiempo por el paciente vendedor. En general, la intención de obtener una rebaja es propio de quienes solo aprecian la estética en la pieza que despierta su interés. Cuando empezaba la puja, cada intento era respondido con una inagotable sonrisa y la repitencia, sin emociones, del costo original.
El cartel, visiblemente expuesto y que reza "Se confeccionan cuchillos a medida. Realice su consulta, sin cargo alguno.", le ha otorgado un prestigio que ha excedido, incluso, las fronteras del país. En repetidas oportunidades, turistas procedentes del extranjero, han referido haber vuelto de visita y reiterar una compra. Otros, incluso, que se han acercado impulsados por las referencias de compatriotas, que apreciaron la solidez de lo adquirido.
El individuo, de inconfundible acento foráneo, se mostraba parco en palabras y gestos. Respondió de manera concisa el saludo inicial y rápidamente, se dirigió al nudo de su necesidad. Extrajo un bosquejo que representaba un arma blanca, provista de algunos detalles no convencionales como ciertos orificios, inscripciones inentendibles y un filo que iba de mayor a menor, a lo largo de toda la hoja. Lo entregó al artesano y consultó sobre la posible confección del mismo. El hábil fabricante, tras una mirada crítica sobre las particularidades y dimensiones, expresó una respuesta afirmativa. Seguido, le pidió al sujeto que tomara una serie de cuchillos y al finalizar, le indicó que tenía definido el diseño más ergonómico para asirlo.
El visitante extrajo del morral, sostenido en un costado, un envoltorio que protegía un pedazo de material oscuro, imposible de clasificar a simple vista, de un modo correcto. - "Es una pieza de madera poco habitual. La coloración, resistencia y liviandad la hacen única. En mi país, los árboles que la producen están casi extintos. Este fragmento, en realidad, formaba parte de un mueble antiguo. Los laterales de la empuñadura deben estar recubiertos por ella," sentenció con cierto esfuerzo.
El artesano evaluó el pedido en su totalidad y luego de una pausada reflexión, indicó el precio y la demora para la confección. El extranjero, sin titubeos, ofreció el doble pero el plazo, debía estar reducido a la mitad. Argumentó carecer de tanto tiempo para la espera. Ese monto le permitiría adquirir, sin sobresaltos, un par de herramientas largamente pospuestas, evaluó el habilidoso fabricante. Tendría que sacrificar horas de descanso pero la recompensa, bien lo justificaba. Aceptó la tarea.
Una semana más tarde y con visibles muestras de agotamiento en el rostro, el artesano entregaba un exquisito estuche de madera, a quién realizara el encargo. A la par, el resto de la suma acordada, terminaba de acreditarse en la aplicación del móvil. Mientras realizaba la búsqueda de una bolsa que permitiera transportar el producto terminado, la escucha de la expresión “azombrozo”, le obligó a enderezar la mirada.
El impacto de aquello que ingresaba hasta sus retinas, lo hizo retroceder. Terminó apoyado contra la gruesa tela que aísla los puestos de venta, de la intemperie. Los rasgos faciales del individuo se habían agudizado de manera notable. Las pupilas, verticales y contenidas en iris de intenso color verde, permanecían enfocadas en las leyendas estampadas en el metal de la hoja. Comenzó a entonar sucesivos cánticos, cargados de un intenso siseo. El entorno parecía haber detenido su movilidad. Por momentos, una lengua reptiliana, con su característico extremo libre dividido en dos partes, emergía y realizaba los más variados movimientos. Al concluirlos, retornaba a su posición inicial, atravesando una estrecha abertura labial.
El artesano permaneció sin reacciones, durante el transcurso de la melopea. Al finalizar, el extraño retiró su mirada del cuchillo y la trasladó al estático orfebre. Mientras sostenía la adquisición con una de sus manos, con la restante, también finamente escamada, extrajo del morral las mismas telas que rodearan, originalmente, a la pieza de madera oscura. Con ellas, envolvió el preciado objeto y lo condujo al interior del saco. Con el aspecto original recuperado y sin otro interés, se marchó en silencio.
- “¿Señor, se encuentra bien?”, expresó, dubitativo, el joven viajero. El pálido artesano parecía querer recuperar la conciencia, realizando repetidos movimientos hacia uno y otro lado, con la cabeza.
Un fino estuche de madera yacía ubicado entre los elementos que se demostraban. Estaba abierto y diminutos fragmentos de piel mudada hacía instantes, ocupaban el espacio vacío de su interior.