martes, 18 de noviembre de 2025

 

El ladrón

Alcanzó aquello que considera que nadie más pudo. El delgado límite que separa el mundo real de lo fantástico, está delante de sus ojos. El encuentro no ha sido fortuito. La búsqueda resultó intensa y por momentos, desesperante. La incertidumbre sobre la imposibilidad del hallazgo jamás actuó como un freno pero tampoco fue un estímulo. Al momento de presentarse, simplemente la dejaba de lado y permanecía en movimiento.

El rumor sobre su existencia se materializó durante la última estadía entre las rejas. Allí conoció a un oscuro personaje apodado El Filósofo, instruido pero de palabras comprensibles. En una ronda de diálogo, el eje de la misma terminó derivando, en lo que sería una búsqueda casi obsesiva, tiempo más tarde. La referencia al límite fue reiterada en más de una oportunidad y en cada una, El Filósofo siempre daba a entender el haberse acercado, pero jamás hallarlo.

Asemeja a una especie de ventanal, algo turbio, que puede ser atravesado sin mayor preparación. Es posible distinguir a través, lo que acontece en el otro lado. Lo irreal es un territorio insano y una estadía sin demasiada conciencia sobre el tiempo transcurrido, deriva irremediablemente en locura. Los sentidos rápidamente distorsionan, los órganos pierden fácilmente el equilibrio y lo emocional sucumbe de manera caótica. Al ingresar por primera vez y ser atrapado por el éxtasis de la retorcida convivencia entre maravillas y horrores, salvó milagrosamente la cordura, gracias a un inesperado tropiezo y la serie de aparatosos movimientos posteriores, que intentaban evitar la caída. Sin pretenderlo, terminó depositado en el otro lado.

Algo destacable es la simplicidad para trasladar objetos en ambos sentidos, sin que experimenten consecuencias notables. Lo desplazado desde lo irracional, no despierta el menor interés o molestia de quienes allí habitan. Acostumbrado al robo de piezas menores, se toma su tiempo para elegirlas desde la posición segura y cuando fija el blanco, ingresa de un modo decidido y con él en sus manos, se retira con la misma premura.

Instalado en proximidades del descubrimiento, vive sin grandes ostentaciones, de lo que obtiene al reducir lo conseguido. No ha recibido amenazas provocadas por la intención de querer vender algo falsificado.

Transcurre el tiempo desconcertado, sabiendo lo que tiene entre manos. Es algo único y a la vez, casi inaccesible. Sueña con un potencial que es imposible de explotar. Todo y nada, en simultáneo. En un momento, piensa en difundirlo y al siguiente, en las probables y terribles consecuencias de dicho acto ¿Ambición o raciocinio? ¿Deseo o realidad? Últimamente se confunde y no consigue diferenciar con claridad, el lado en que reside.

Toma la decisión y se lanza. Concluye que poco importan la acción y el sitio, cuando el final es siempre el mismo, y como si fuera poco, inevitable.  

 El anciano

Manifestaba una notable conmoción frente a lo que terminaba de suceder. Había cometido a sabiendas, un error grosero. Demasiado frío y oscuridad consecutivos, la habían llevado a encender la pequeña fogata, un verdadero imán para los zombis. Todo transcurría en la más absoluta quietud, cuando la grotesca figura hizo su aparición. La joven no atinó siquiera, a buscar resguardo. El contrahecho personaje intentó avanzar en su dirección, cuando el extremo de una katana emergió por su abdomen. Tras el retiro del afilado instrumento, comenzó a dar un giro y esta vez, un golpe impecable le seccionó la cabeza. El anciano emergió a la luz. Una vez concluida la meticulosa limpieza del arma y su posterior guardado, expresó: "Tuve que realizar un par de movimientos, al no tener de entrada, el ángulo adecuado." La joven permanecía sin reaccionar mientras el anciano, con ágiles movimientos, se ubicaba en proximidades, buscando aprovechar un algo del calor desprendido por los leños.

- “Puedes estar tranquila. Se trata de un errante solitario. Lo estuve observando desde las sombras. Me gusta evitar esa clase de sorpresas.” señaló el viejo, quién mantenía la vista apartada de la luz, evitando así, el peligroso encandilamiento.

- “Veo que no eres de muchas palabras. No quiero incomodarte. Con las primeras luces del día, continuaré mi recorrido,” agregó con tranquilidad, momentos después. La joven permaneció sin emitir respuesta alguna.

La rigidez de la postura y la ausencia de cambios en la expresión, llamaron la atención del anciano. Extendió su mano con lentitud y al apoyarla sobre el hombro, la acompañante comenzó a tumbarse en el sentido opuesto al contacto. En el suelo, se mantuvo completamente inmóvil. El anciano buscó en vano, el pulso en su cuello. Estaba muerta.

Jamás supo el instante y el origen del deceso. Con el sol en las alturas, acumuló la suficiente cantidad de leña y procedió a incinerar el cuerpo. La práctica del entierro era algo del pasado. En más de una ocasión, individuos con sepultura reciente y ultrajados por los infectados, volvieron a la vida de una manera nada agradable.

Con la fogata transformada en un cúmulo de cenizas, el compungido anciano depositó en su cabeza el gastado gorro que sostenía entre las manos y reinició la marcha, momentáneamente pausada.