Tempestad
Las condiciones de vuelo se hallaban complicadas. De nada valía buscar la mejora, ganando altura. Todo era problemas. El viento, que no terminaba de definir la dirección, la violencia en sus embates y la lluvia, que no disminuía en intensidad, conformaban un panorama peligroso. Era aconsejable aterrizar y aguardar por un cambio, a seguir insistiendo con el avance. Contar con todas las certificaciones personales y haber realizado el mantenimiento necesario a la máquina, no eran garantías suficientes para evitar la hecatombe. Los repetidos cimbronazos sometían a un elevado estrés, tanto al aparato como a mis nervios.
El sistema de navegación marcaba como inmediato, a un pequeño lago, enclavado como el resto, en la trama de elevaciones que se perdían en el horizonte. Consultada alguna referencia sobre el mismo, solo se advertía sobre la existencia casi total de costas escarpadas, producto de los sucesivos paredones que lo rodeaban. Las primeras y difusas imágenes del espejo de agua aparecieron ante mis ojos y ante la falta de alternativas, inicié la aproximación. Minutos después, los flotadores comenzaban a copiar la irregular superficie líquida y el desplazamiento se tornó en algo comparable a un viaje en el marsupio de un canguro. Tras el frenado, divisè una pequeña playa pedregosa y con precaución, iniciè el acercamiento. Con la carga de lo imprescindible en la balsa inflable, me dirigí, no sin un gran esfuerzo y bajo agresivas salpicaduras, hacia la pequeña ensenada. La estancia del aeroplano se mantuvo garantizada por un par de anclas, dispuestos de manera cruzada.
Con las comodidades dispuestas de la mejor manera posible y recobrado el calor corporal al cobijo de la carpa, repasé mentalmente algunas de las últimas medidas tomadas. En la altura, transmití la posición y las intenciones de descender. Todo fue recepcionado y confirmado. Ello aseguraba el conocimiento del paradero actual. Las comunicaciones con el mundo exterior, en esa instancia, pasaron a ser nulas. Los víveres y el combustible no eran un problema pues provenía de regreso, cargado de ellos. El espacio donde me hallaba no era inaudito pero jamás lo había frecuentado de esta manera. Pertenecía a una de las rutas de vuelo más transitadas. La mayor de sus ventajas radicaba en la menor distancia a recorrer y la desventaja más desagradable, los irregulares y azarosos vientos, generados por los múltiples corredores delimitados entre los abundantes picos y faldeos.
Las primeras luces de la jornada siguiente, confirmaron la continuidad climática complicada. Con la intensidad del aguacero menguada de manera transitoria, realicé una breve inspección por los alrededores y cuando la humedad y el frío se hicieron insoportables, recurrir al resguardo de las telas protectoras, fue la única alternativa. Más tarde y solo con la lluvia dando muestras visibles de una detención prolongada, removí lo instalado hasta el límite con la densa vegetación. Un poco de arena garantizaba un mayor confort, por sobre la estadía al tope de piedras irregulares.
Al finalizar la exigida labor, gracias al sobrepeso del agua acumulada en los objetos, me encaminé hacia una nueva excursión de reconocimiento, esta vez màs abarcativa. A unos cientos de metros, la sorpresiva presencia de un grupo de formaciones comparables a sepulturas humanas, me dejó sin aliento. Daban muestras de haber sido realizadas en distintos momentos y una de ellas, la más alejada, parecía ser la más reciente. Totalmente desencajado, emprendí el retorno. Arribé al campamento y remè con desesperación hacia a la nave, con la única intención de escapar. A bordo, bastó con elevar la vista para comprobar que la actividad en los cielos, continuaba convulsionada. Decidí permanecer en la cabina pero el hambre y el frío, dictaron lo contrario. Antes de partir, tomé la pistola de señales. El poco sueño que logré conciliar, estuvo plagado de sobresaltos.
Con las luces del día buscando ganar presencia entre inquietos nubarrones, la visión del aeroplano inclinado, descansando sobre una de sus alas semisumergida, desencadenó una quemante sensación en el estómago. Estaba inmerso en el juego del gato y el ratón y era evidente el rol a mi cargo. El o los autores del sabotaje, podría haberme ajusticiado sin inconvenientes en las horas de descanso. Cometer semejante acción implicaba ruidos de toda clase y jamás me percatè de ellos. La sombría sensación de encontrarme todo el tiempo en la mira, jamás dejó de acecharme.
Pese a lo absurdo del hecho, me resistía a abandonar la tienda. No me atrevía, siquiera, a una mínima salida para orinar. La mejora climática era manifiesta y probablemente en las próximas horas, iniciarían el rastrillaje de mi paradero, al no dar ninguna clase de señales. Cómo llegar vivo hasta el encuentro con la ayuda, era el mayor dilema.
Poco a poco, el desboque emocional terminó cediendo y con un pequeño porcentaje de calma encima, me enfoqué en el armado de una estrategia de supervivencia. Tras varias idas y venidas, concluí con una secuencia de acciones a implementar, algunas muy cercanas al absurdo.
Pese a la posibilidad de un ataque sorpresivo, abordé nuevamente la balsa y me dirigí hacia el lado opuesto del maltrecho aparato, desde donde suponía me estaban observando. Momentos después, retornaba al interior de la carpa con el pequeño bolso cargado de enseres. Dispuesto todo tal cual lo planeado y con la llegada de la oscuridad, partí hacia la espesura atravesando un corte practicado en la tela y al que procurè disimular, desde afuera, lo mejor que pude. Avanzar entre ramas y matorrales, generando la menor cantidad de ruido posible era, quizás, la parte más arriesgada. Desde una distancia al campamento que consideraba suficiente, al igual que la protección natural circundante, me dispuse a realizar guardia, en la más absoluta quietud.
El resto de la noche y el intervalo de sol del día siguiente, transcurrieron cargados de ansiedad y silencio. El infierno final transcurrió con la luna como mudo testigo. La posición estática y la mala dieta, me habían provocado una sensación de frío y adormecimiento casi permanentes. El ligero golpe entre sì de un par de ramas distantes, sacudieron los sentidos. Un figura se movía con sigilo y de forma indisimulada hacia los pertrechos. Portaba una especie de garrote que blandía sin cesar. Todo se desencadenó con gran rapidez, a partir de su irrupción en la tienda. Podían oírse con nitidez, los golpes que no paraba de asestar. El crack inconfundible del estallido del recipiente con combustible, oculto entre las prendas que recreaban mi silueta en la bolsa de dormir, fue la señal que aguardaba. Disparè la pistola de señales hacia la lábil construcción con los ojos cerrados. Instantes después, explosión, fuego y gritos desgarradores, se sucedieron como la caída de fichas de un tétrico dominó.
Hacia mediamañana, el aviòn de rescate volaba en círculos sobre el espacio del siniestro y bastó una bengala para que iniciara la aproximación. La información que oportunamente recibí sobre el ejecutado, respondía a la de un viejo fugitivo, acusado de múltiples asesinatos y que logró evadirse durante un traslado terrestre. No pudo ser hallado y finalmente, fue declarado muerto. No obstante y cada ciertos intervalos de tiempo, desapariciones de andinistas y caminantes de montaña eran denunciadas y nunca hubo rastros de cada una de ellas. Las excavaciones y el posterior análisis de los restos, permitieron confirmar todas las personas reclamadas.
No puedo dejar persignarme, al observar en cada sobrevuelo, el macabro sitio que terminè enfrentando.