sábado, 26 de julio de 2025


El palomar

La construcción muestra un estado ruinoso desde que tengo uso de razón y de ello, han transcurrido varias décadas. La única puerta de acceso es, probablemente, la que mejor testimonio ofrece sobre el paso del tiempo. El estado de corrosión y desgaste de los hierros y maderas que la componen es tan grosero, que tras el esfuerzo necesario para conseguir su apertura parcial y torcida, la transformación de la misma en una ridícula pila de astillas, clavos y tornillos, es absolutamente plausible...

El palomar está enclavado a una corta distancia de la casa familiar y según las memorias, su construcción data de principios de siglo. Fue oportunamente erguido con la filantrópica idea de ofrecer un espacio seguro para la confección de los nidos, la gestación y el cuidado de las crías y la no tan benevolente intención de disponer de carne aviar, en momentos de estrechez económica...

Todo ello se fue diluyendo con el paso de las sucesivas generaciones y el cuidado de la estructura se hizo cada vez más exiguo, hasta llegar a una ausencia total. Desde hace un tiempo prolongado, la edificación se encuentra liberada a su propia suerte y la demolición es sin dudas, esperable, cuando la estabilidad deje de transmitir la suficiente confianza. Nadie lo visita y las ramas que sobresalen por la abertura superior, denuncian a las claras, a uno o más árboles allí crecidos. La cantidad de palomas que lo transitan de manera periódica es minúscula y la desbordante cantidad de maleza que lo rodea, confirma la total ignorancia por su existencia...

Fue durante una tórrida noche de verano, que obligó a mantener todas las ventanas abiertas y a repetidas rociadas con repelente, que el inusual aleteo pudo percibirse. En general, las aves silvestres reducen la actividad con la llegada de la oscuridad y es muy poco común, escuchar múltiples batidos de alas casi en simultáneo, en dicha circunstancia. Esta vez, sonaron alto y claro. Días más tarde del novedoso acontecimiento, la actividad en el palomar fue literalmente nula. Nada ingresaba ni emergía por la boca. Quizás, alguna parasitosis había exterminado a los pocos individuos presentes y nada más...

La mascota parecía haberse evaporado. El perro, de reducidas dimensiones, simplemente había desaparecido, sin dejar rastro que condujera a su localización. Tenía, entre otras costumbres, el hábito de salir a orinar en altas horas de la noche. Simplemente empujaba la protección de la abertura, localizada a su alcance en la puerta principal y listo. El primer golpe del brusco cierre de la escotilla, indicaba el egreso y el segundo, el retorno. Esta vez, el par de sonidos quedó incompleto...

El silencio se fue adueñando progresivamente del entorno. Poco a poco, trinos, chillidos y gorjeos se fueron silenciando y solo eventuales mujidos, berridos y cacareos, rompían con la monotonía acústica. Un amanecer, la gutural sirena del gallo dejó de sonar. Pese a la ardua búsqueda, horas más tarde, del plumífero matón, éste no pudo ser hallado. A partir de allí, el número de aves domésticas inició un lento pero irreversible descenso. Estas desapariciones seguían siendo, como el resto, un verdadero enigma...

Los aleteos nocturnos aumentaron en frecuencia e intensidad. Cazadores como lechuzas y búhos fueron descartados por la magnitud de cada evento. Lo llamativo del asunto obligó a una inspección en el transcurso de uno de los alborotos y fue posible divisar a los últimos ejemplares perdiéndose en la oscuridad. Los individuos mostraban una apariencia comparable a un cuervo pero de mayor tamaño. La intriga continuaba...

Me disponía a desmalezar en cercanías del armatoste cuando próximo a la desvencijada puerta, recibí la infame oleada nauseabunda. Con las tripas revueltas por la brutalidad de la pestilencia, intenté divisar a través de las finas hendijas localizadas entre las tablas. Solo pude diferenciar una densa maraña de ramificaciones. Pegué la vuelta y comenté la novedad. En horas de la tarde, estábamos forcejeando contra un obstáculo, que pese a su estado lamentable, oponía férrea resistencia. Vencido el testarudo, su desplazamiento parcial nos dio un panorama completo de los hechos. No era agradable para ninguno de los sentidos...

Restos de toda clase se ubicaban en el suelo, formando pequeños cúmulos. Piel, huesos y plumas, permitieron dilucidar el destino de los otrora motivos de las búsquedas. En la parte superior, ocupando los huecos destinados a los nidos, raros ejemplares parecían estar sumergidos en un letargo profundo. Renegridos, con garras y picos propios de depredadores y lo más llamativo, con una boca provista de tubérculos, destinados al triturado. Esto último lo pudimos confirmar en un ejemplar muerto, ubicado a una distancia inmediata. El hedor obligó a una retirada con celeridad pues la aparición de arcadas colectivas, anunciaban el inminente acto consecuente, más desagradable aún…

Después de una corta deliberación, consecuencia del odio provocado por el trágico final de la mascota y afines, se decidió por la destrucción total de los bicharracos. Simplemente se cubriría con alambre la abertura superior, se acumularía leña en la parte inferior y se prendería fuego. La duda más importante estaba referida a la capacidad de la desvencijada elevación para soportar la abrasadora temperatura, que se terminaría alcanzando. Su probable derrumbe en el durante o la necesidad de tener que inducirlo después, estaba dentro de lo aceptable. Nos pusimos manos a la obra. Mientras unos buscábamos el combustible, otros se dedicaron a rescatar la suficiente malla metálica. Con las últimas horas del día, todo estaba acumulado a los pies del palomar. Ruidos provenientes del otro lado de la pared, alertaban sobre una creciente actividad. Era el momento de retirarse y aguardar hasta siguiente salida de sol. Esa noche, el frenesí de las rara avis fue más intenso que en las demás oportunidades ¿Sospecharían de algo o era solo mera coincidencia? Por primera vez, sentí algo parecido al temor y creo que los demás, también. Nadie lo expresó en voz alta y nadie consiguió pegar un ojo, de manera efectiva, en esa oportunidad...

Los preparativos comenzaron a media mañana y para el mediodía, el fuego crepitaba con estridencia. No hubo reacción alguna de los especímenes durante el armado ni sonido perceptible, cuando se desató el infierno. Hacia el final, un primer quejido de las castigadas paredes indicaron el comienzo del colapso y momentos después, la sucesiva caída de bloques irregulares de mampostería, generaba una seguidilla de explosiones. Sacudidas, polvo y humo, marcaron el cierre del brutal espectáculo...

¿Qué eran realmente esos seres? ¿Existían más o solo los que perecieron aquí? ¿Serían capaces de atacar a un ser humano?, formaron parte de la seguidilla de interrogantes que no dejaron de acompañarme durante las jornadas subsiguientes. Cuando los restos se enfriaron, empezó la remoción. De los ejecutados, no quedaban más que pequeños fragmentos calcinados, distribuidos de manera azarosa…

Con el tiempo, la actividad natural comenzó a restablecerse. Del viejo palomar, solo permaneció un área circular inicialmente desnuda y que poco a poco, se fue cubriendo por un manto verde. Como una especie de homenaje, semanas más tarde, terminó emplazándose en dicha posición, una estructura muy simplificada, consistente en una base que soportaba pequeñas construcciones, adecuadas para la construcción de nidos. Todo ello, sostenido por un pie de algo más de dos metros de altura. De los extraños visitantes, nada más se supo…

Un mezcla de graznido y silbidos disonantes nos hizo saltar de la cama, cuando la negrura de la noche estaba en su apogeo...