sábado, 19 de julio de 2025

 

李 (Li) II

Parte VIII

El viaje hacia el pueblo natal de Feng demoró un poco más de lo previsto y eso permitió a los primos, cimentar una relación comparable a la existente entre dos verdaderos amigos. La diferencia de edad no constituyó un impedimento. Sí, en cambio, actuó como abono, las grandes coincidencias que ambos poseían. La sed por las aventuras era una de ellas pero no fue, en este caso, la verdadera razón del tiempo extra que les ocupó recorrer el resto del trayecto.


- “Pasaremos primero a entregar toda la documentación correspondiente a la notaría y luego, debo reunirme con uno de mis profesores. Es muy probable que todo ello me ocupe la jornada, por lo que haremos noche en la posada donde vivo. Mañana a primera hora podremos continuar y al atardecer, arribaremos a la casa de mis  padres,” manifestó el joven y esperó por la opinión del general, quién estuvo en un todo de acuerdo y agregó que dispondría del tiempo libre para recorrer la ciudad. Hacía décadas que no la visitaba.


Entre lo destacado, se encontraba la llegada del cableado proveniente de la capital imperial, relacionado con un sistema llamado telégrafo. Finalizado el tendido, comenzarían las pruebas operativas y de ser promisorias, continuaría la interconexión con otras ciudades importantes. En una gran mina de carbón cercana, se estaba probando un reemplazo para el transporte del mineral, a cargo de vagones traccionados por una locomotora a vapor, por otra, provista de un motor a explosión. El uso de la electricidad se estaba intensificando  y progresivamente, más hogares y comercios disponían de ella. Se había iniciado, incluso, el iluminado de una de las calles más concurridas. “El progreso es bienestar, pese a todas sus aristas,” pensó el viajero militar, mientras apreciaba todo lo que se ofrecía, delante de sus ojos. 


Como lo había predicho su primo, se reencontraron al anochecer. La cena fue frugal y se retiraron a descansar. Les esperaba un largo día de cabalgata, que se iniciaría con las primeras luces del amanecer. Avanzada la noche, una mezcla de gritos e intensos sollozos terminó por despertarlos. Comenzaron a producirse, en el pasillo común, las apariciones provenientes de cada habitación y fue Feng quien consultó a unos intrigados curiosos, sobre el origen del suceso. Uno de ellos indicó que donde ocurrían los hechos, estaba instalada una pareja, arribada hacía dos días. El joven se acercó a la puerta correspondiente, golpeó y aguardó. La dueña de la posada también se hizo presente, alertada por el revuelo provocado. 


La puerta se abrió lentamente y una mujer, envuelta en ropa de cama y bañada en lágrimas, explicó que su marido se encontraba muy mal de salud. Feng expresó que estaba a punto de recibirse de médico y pidió permiso para ingresar, que le fue concedido. Al observar el cuadro, se retiró nuevamente hasta la apertura, pidió a la mujer que reingrese y sin emerger del todo, solicitó a quienes aguardaban por alguna clase de respuesta, que volvieran a sus habitaciones. Entre refunfuños y gestos de desagrado por el silencio recibido, poco a poco, la vía de circulación común se fue despejando. 


Cuando la chusma desapareció, Feng le hizo un gesto a su primo para que se acercara y estando éste a una cierta distancia, le ordenó que se detuviera. Seguido, le solicitó que tomara distancia del lugar lo más rápido posible. Estaban frente a un caso confirmado de viruela. Había escuchado rumores sobre posibles brotes y de ello habían conversado durante la reunión, en horas de la tarde, con el profesor Sun, director además, del hospital local. El catedrático había confirmado la existencia de la peste en diferentes sitios y remarcó que las migraciones internas, no hacían más que extenderla. Feng agregó que era necesario, también, que la policía rodeara rápidamente la posada y no se permitiera la entrada ni salida de nadie. Pidió, como adicional, que se le informara a su mentor de lo acontecido. Él permanecería en el lugar, asistiendo durante la evolución de la enfermedad. Li cumplió al pie de la letra con todo lo encomendado.


El general consideró que era oportuno dar aviso a la capital de lo acontecido, para que llegara ayuda si era necesario y estar alertas sobre la propagación. Se dirigió a las oficinas donde se estaba terminado de instalar la máquina que permitiría la comunicación entre ciudades. Grata fue la sorpresa al encontrarse con un ex ingeniero castrense que estuviera bajo sus órdenes, como integrante del equipo a cargo del tendido de las líneas y puesta en marcha del telégrafo. El profesional explicó que se encontraban en fase de pruebas y ajustes y que si todo marchaba como hasta ahí, en breve se podrían enviar y recibir oficialmente mensajes. Li comentó sobre lo que estaba ocurriendo y las primeras líneas, de carácter sanitario, fueron enviadas instantes después. 


Con el paso de los días, la rápida respuesta médica y policial frente a los nuevos casos, impidió la epidemia. Feng, finalmente, pudo salir sin consecuencias de la posada y junto a otros compañeros de estudio, se pusieron a disposición de la quienes estaban a cargo, para actuar donde hiciera falta. Lo que debía ser una visita a la ciudad por un día, se terminó transformó en una estadía de casi tres meses.


Li aguardó pacientemente a su primo, usando el telégrafo para mantenerse en contacto con Mei y solo cuando éste lo determinó, partieron hacia el poblado donde lo aguardaba una realidad que aún, permanecía oculta.