La silueta... y bonus
Me encuentro viviendo y a cargo, desde hace unos días, de la enorme propiedad perteneciente a los adinerados padres de mi mejor amigo. La casa cuenta con un par de plantas, numerosas habitaciones, baños en cantidades acordes, un espacioso estar, una completísima cocina y recovecos por todas partes. Éstos últimos, cada uno de ellos perfectamente conocido, fueron durante mucho tiempo, los lugares de ocultamiento preferidos durante las interminables tardes de juegos infantiles.
Bautista y yo, compartimos la mayor parte de nuestra etapa educativa. Grandes amigos y fenomenales compinches desde la más tierna edad, nos mantuvimos así hasta nuestros días. Se encuentra a punto de concluir un doctorado en el extranjero y por ello, recibió la sorpresiva visita de sus progenitores. Ellos, no tuvieron la mejor idea que consultarme si deseaba instalarme en la opulenta residencia, hasta su retorno. La respuesta fue una instantánea aceptación. Mi única tarea es encender y apagar las luces que necesito y las que ya no. El personal encargado del mantenimiento, limpieza y seguridad siguen realizando sus labores e incluso, los encargados de preparar los alimentos concurren, pero de manera reducida. Dispongo diariamente, de cuatro preparaciones a la carta y de todas las excursiones a las heladeras que se me ocurran. Un verdadero festín culinario del que no intento abusar. La balanza personal advierte, cuando los excesos se prolongan.
La habitación, quizás la más voluminosa de toda la propiedad, se había transformado en el depósito de todo aquello que gradualmente iba quedando en desuso y que por diversas razones, no se terminaba desechando. Muebles antiguos, obras de artes y hasta juguetes de generosas dimensiones, se encontraban estacionados desde hacía más o menos tiempo. Cada tanto, una generosa repasada impedía el consecuente mal aspecto. La mayor parte del tiempo se encontraba a oscuras aunque un par de pequeños ventanales próximos al techo, garantizaban luz exterior. La puerta de acceso se encontraba abierta de par en par desde mi arribo y así permanecía. Ese espacio había recibido de mi parte, una atención inexistente, hasta que ocurrió el suceso.
Era cerca de medianoche y me dirigía hacia el dormitorio, ubicado al final del pasillo. Al atravesar el espacio de los trastos y dirigir una errática mirada hacia el interior, lo que terminaba de percibir, detuvo de manera abrupta el movimiento. La silueta oscura de una cabeza humana, cubierta por una tela muy delgada y ligeramente separada del respaldo de la vieja mecedora, era perfectamente distinguible gracias a uno de los tenues conos de luz ingresante. Sin mediar análisis de ninguna clase, me abalancé sobre el interruptor de luz. Nada, absolutamente nada, se encontraba fuera de lugar. Me costó conciliar el sueño. La luz de la habitación permaneció encendida hasta el amanecer.
Dos días más tarde del incidente, mi amigo concluyó sus estudios. Ello fue motivo de un largo contacto entre ambos y después de repetidas felicitaciones y conversaciones varias, consulté por la dueña original de la vieja silla mecedora. Ante la cuestión por tal insólito pedido, respondí que simplemente había observado el mueble y recordaba muy vagamente a su propietaria. Mi amigo sonrió ante la respuesta y se explayó con lo siguiente: “Se trataba de mi abuela materna, fallecida cuando ambos éramos niños. Fumadora empedernida y fanática de la lectura como pocos, tenía un trato algo distante y era poco afecta a exteriorizar sus emociones. Un acontecimiento que recuerdo en relación a sus libros, tiene que ver cuando en una oportunidad, tomé uno de ellos y al momento de pretender leer algo, la señora se hizo presente y mientras lo retiraba de mis manos, indicaba lo poco apropiado del contenido. Raro, pero no tanto, proviniendo de alguien con modos poco expresivos.” Y antes de concluir el encuentro, terminé recibiendo el pedido de quedarme a cargo de la casa por unos días más. Los papás de Benjamín habían contratado un paquete turístico familiar que abarcaría unas dos semanas de extensión. Me despedí señalando que lo haría sin inconvenientes y sin hacer referencia al resquemor, que todavía, seguía movilizándome.
Estaba a dos días de concluir el nuevo plazo acordado cuando se produjo un nuevo evento y ahora, con ribetes más tenebrosos. Esta vez, no pude abalanzarme de manera inmediata sobre el interruptor de la luz y esa demora le otorgó a la silueta, el instante necesario para moverse y terminar enfocada en mi dirección. Alcanzar el dispositivo y accionarlo, me exigió un esfuerzo casi sobrehumano. Como en la oportunidad anterior, nada se encontraba fuera de lugar. A partir de entonces, no hubo luminaria que permaneciera sin encender, a lo largo de la noche.
La idea se abalanzó unos momentos antes de la llegada de mi amigo y su familia, que se encontraban ligeramente demorados. Eso me permitió satisfacer la inquietud. Comencé a recorrer cada una de las puertas pertenecientes a la mueblería alojada en la habitación de los hechos. Tras una de ellas, volúmenes de antigua edición y levemente cubiertos de polvo, se encontraban apilados sin un orden aparente. La recorrida por algunos de los títulos, daba certeza sobre la temática que los unía. “Un puente con el más allá”, “¿Quién es el vivo y quién, el muerto?”, “¿El más allá, tan allá?” y similares. Posterior al arribo de los dueños de casa, un almuerzo compartido y abundantes anécdotas, me despedí con la promesa de un pronto retorno.
Mientras ganaba distancia, un nuevo interrogante cargado de una gran intensidad emotiva, no hacía más que desconectarme de mis pasos ¿Las apariciones eran rutinarias y nadie me había hablado al respecto o eran algo inédito, de reciente factura? Comencé a esperar, con incertidumbre, el confronte con esa respuesta.
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¡Muerte de una maldita vez!
Los pajarracos, renegridos y de aspecto algo grotesco, se movían como aspirados por un torbellino estacionario y que giraba con gran lentitud. Cada tanto, alguno interrumpía la monotonía del vuelo circular e iniciaba un calmo descenso hasta que se perdía de vista, en proximidades del suelo. La abundante vegetación impedía distinguir de manera inmediata el blanco del festín. No obstante, las vaharadas pestilentes fácilmente perceptibles, confirmaban su existencia...
Sin razón aparente que lo justificara, el grupo de aves carroñeras que se disputaban los restos, emprendió la desbandada. Atrás quedaban los aleteos y los graznidos, las breves y torpes carreras y algún que otro picotazo al aire. Con los últimos ejemplares esforzándose por ganar altura, producto del sobrepeso de sus panzas regordetas, el cuerpo ya se encontraba erguido y pese a las partes faltantes, realizaba movimientos vivos y completamente coordinados. Olfateo de manera repetida en diferentes direcciones y cuando estuvo seguro de la procedencia, inició la marcha en sentido opuesto...
El cazador arribó al poco tiempo y tras contemplar los despojos que aún permanecían en el lugar, exclamó en voz alta: "¿Qué diablos ocurre con las presas, que se niegan a quedar muertas de una maldita vez y para siempre?" Y sacudiendo la cabeza, la emprendió, como tantas veces, tras su rastro...