李 (Li) II
Parte VII
La puerta que daba ingreso a la propiedad desde la calle, fue golpeada repetidas veces aunque sin violencia. El general, que circunstancialmente pasaba próximo a ella, se acercó y la abrió.
Un rostro joven y de mirada alegre, exclamó: “Buenos días, ¿es Ud. el Sr Li?”
“Así es”, respondió éste. “¿Qué se te ofrece?”
”Simplemente pasé a conocerlo y saludarlo, Sr”, respondió el visitante. “Mi nombre es Feng y soy su primo.”
La cara de Li fue una muestra de sorpresa e incredulidad al mismo tiempo, tras escuchar la respuesta.
El joven, mientras sonreía al contemplar la expresión del dueño de casa, extraía de entre sus ropas un papel prolijamente doblado y que entregó al militar. Este lo desplegó y leyó en silencio. Al finalizar, levantó su vista y expresó en tono amable: “¿Deseas pasar?” Instalados en el salón de recepción y con una taza de té en poder de cada uno, Li releyó el manuscrito. Feng esperó a que concluyera la nueva lectura dando ligeros sorbos y cuando advirtió el momento, manifestó que seguramente esperaba respuestas adicionales a lo allí señalado. El general asintió.
-”Esa carta está escrita por mi madre. Ella me ha contado, en más de una oportunidad, sobre las penurias soportadas cuando pequeña y de por qué tuvo que ser separada de su familia. Era esa opción o una muerte casi segura. Constituía la menor de dos hermanas y con una gran diferencia de edad entre ambas. Las cosas estaban realmente complicadas producto de una sequía interminable y que diezmó cosechas y causó gran mortandad de animales. Sus padres, nuestros abuelos, se vieron forzados a decidir como continuar viviendo y contemplaron la posibilidad de pedirle a una familia amiga que les ayudara con la crianza de una de sus hijas. Ellos, sin descendencia, accedieron y recibieron a mi madre. Las circunstancias no mejoraron y terminaron empujando a esta familia a emigrar, llevándose consigo a la pequeña. La distancia y la pobreza impidió que las hermanas volvieran a reunirse.”
Li escuchó con su habitual estilo de atención y silencio, la lamentable serie de sucesos. Terminados, manifestó lo siguiente: “Mi madre, fallecida al igual que mi padre, hace unos años, expresaba también, en ciertas ocasiones, especialmente hacia el final de su vida, la existencia de una hermana menor. Tenía pocos recuerdos y todos relacionados con un niña de muy corta edad cuando la separación y que nunca pudieron reencontrarse. No supo, además, precisar hacia dónde se había traslado con su familia adoptiva.”
Y a todo esto:“¿Dónde reside actualmente tu madre?”, preguntó con cierta consternación el general. Feng, tras finalizar el sorbo, respondió: “Vive, junto a mi padre, en un poblado rural que pertenece a la provincia vecina donde habitaban sus reales progenitores. Está allí desde que llegó, con los que siempre consideré mis abuelos maternos.” Meditando unos instantes las próximas palabras, continuó: “No me acerqué con la intención de generar ninguna clase de obligación pero es real que mi madre ansía conocerte. No lo expresa directamente pero es muy perceptible ese deseo, en especial cuando hace referencia a su familia.”
Los ojos de Li exhibieron un brillo especial ante esto último y preguntó a Feng acerca de su vida. El joven indicó que se encontraba establecido en la capital de la provincia donde residían sus padres, trabajando para un letrado y en simultáneo, concluyendo sus estudio de medicina. Agregó, además, que se encontraba circunstancialmente en la capital del imperio realizando papeleo y que al comentar del viaje a su madre, ésta presurosa, escribió esas líneas de presentación. Consultado sobre la previsión del retorno, Feng agregó que lo haría, apenas concluyera con el total de las actividades, es decir, en unos muy probables cuatro días.
Seguido, Li refirió al impacto de la noticia y que lo mantenía conmocionado. Feng confesó que para él, fue una muy grata sorpresa saberse relacionado con una personalidad tan reconocida y que esperaba con entusiasmo, la posibilidad de un encuentro. Antes de despedirse con profusa amabilidad, acordaron una nueva cita.
En solitario, Li volvió a leer la carta, la plegó e intentó reflexionar sobre lo ocurrido. Pensamientos, imágenes y frases familiares se hacían presentes con la misma intensidad, originando una verdadera madeja desordenada que no conducía a otra cosa que sentimientos encontrados y con ello, dolor. Desistió de la intención.
A la tarde noche del día siguiente, Feng se hizo presente y compartió la velada con la pareja anfitriona. A Mei le agradó de inmediato quién era poseedor de una conversación vivaz, inteligente y que se mostraba respetuoso, sin ser solemne.
Al cuarto día y luego de haber concluido sus tareas, Feng se dirigió a la casa de Li. Allí se despidió de Mei. El ayudante de quién practicara leyes y el militar, partieron hacia lo que sería, para el último, un reencuentro con sus raíces.