sábado, 7 de junio de 2025

 

Y mewnfudwr (El inmigrante) II

Rhan (Parte) IV

Gareth aguardaba impaciente, al otro lado de la puerta del dormitorio, la salida y el veredicto del galeno. Desde hacía varios minutos, Alec se encontraba auscultando a una doliente y temerosa Anwyn. El médico se movía en silencio, guiando con sus manos cuando requería de una determinada postura en el cuerpo de la mujer y apoyando siempre, con suavidad, el entibiado estetoscopio. Al concluir, solicitó el acceso de un angustiado marido y expresó en galés sus conclusiones. La criatura se encontraba estable y todo parecía indicar que la relación entre el tiempo transcurrido de gestación y su tamaño, eran correctos. A continuación, recalcó la probabilidad de un cordón umbilical enrollado, a modo de lazo, en torno a una extremidad o del cuello. Cuando la criatura se movía, su estrangulación total o parcial, restringía el vital suministro de oxígeno y a partir allí, los dolores y la agitación temporal del feto. Recomendó el máximo tiempo posible de reposo y realizar un control seguido. Aclaradas algunas dudas, saludó y se retiró con su habitual no emisión de palabras, frente a situaciones difíciles. Consideraba que no era conveniente, todavía, expresar lo más complejo y no deseable del cuadro. Eso era la posibilidad de una extracción quirúrgica de urgencia, en un medio con limitadísimas condiciones para hacerlo. Dar tiempo a la pareja para asimilar la nueva realidad con consecuencias tanto emocionales como de la misma rutina familiar, formaban parte del paso a paso a seguir.

Se acordó intentar mantener juntos, a los pequeños y sus padres. Gareth permanecería en el hogar, todo lo posible. Los tiempos agrícolas no ofrecen demasiada flexibilidad y una siembra desplazada, podría conducir a un fracaso completo de la siguiente cosecha. Los esfuerzos y recursos que se ponen en juego son tan altos, que realizar ese tipo de apuestas en una actividad con tanta incertidumbre per se, es demasiado. Mientras tanto, la solidaridad hizo su ingreso y mujeres provenientes de familias vecinas, se repartirían la asistencia hogareña a lo largo del día.

Quién no estaba nada satisfecho con las intervenciones de Alec era el médico petimetre de apellido Acosta Lorenzo. Proveniente de la capital del país, se aventuraba cada cierto tiempo por la región, repartiendo sus vastos conocimientos y ostentosas habilidades sobre los infelices habitantes que así lo requerían. Pedante en el trato, había desatado un menosprecio casi generalizado y más de uno, prefería soportar sus dolencias a realizar una consulta. Hasta la llegada de Alec, quién sí gozaba de buen prestigio, era la curandera instalada en la periferia del poblado. Con fuerte ascendiente indígena y pese a un carácter con pocas pulgas, su eficaz sapiencia milenaria, aplicada con sencillez, la habían rodeado de un aura casi milagrera. También detestaba a Acosta y en más de una ocasión, se lo había hecho saber. Gareth, agobiado por la situación y con un poco de vergüenza por su necesidad de una segunda opinión, recurrió a la mujer. Tras observar a la parturienta, su sentencia fue casi sinónimo de lo indicado por el profesional foráneo. No quedaba más remedio que esperar a la evolución de los hechos. Los rezos de Gareth estuvieron presentes durante todo ese periplo.

Los dolores se intensificaron gradualmente y se hizo evidente que ese sufrimiento debía detenerse. La criatura había alcanzado un nivel de gestación que aseguraba, de alguna manera, su supervivencia fuera del seno materno. Alec, terminada la nueva visita y en un breve intercambio de palabras con Gareth, planteó el desenlace inminente. Cuando llegara el momento, la cesárea, prácticamente inevitable, se llevaría cabo en la misma habitación. Eso requería de una preparación previa del lugar y debía hacerse sin dilaciones. Era aconsejable, además, que los hijos pequeños no estuvieran presentes. A partir de esa noche, fueron ubicados de dos en dos, al cobijo de parejas amigas.

El grito desgarrador de la madre, en horas de la madrugada, indicó que el punto cúlmine había sido alcanzado. Gareth salió despavorido en busca del médico y de quién oficiaría de auxiliar. Ambos, asomaron raudos de sus domicilios, dando testimonio de un estado de vigilia compartido. El ambiente hogareño figuraba en un todo de acuerdo, a los requerimientos marcados por el galeno. Un conmocionado agricultor acompañó a la pareja de intervinientes y se detuvo en el ingreso a su domicilio. La angustiante espera comenzaba.

Viviendas cercanas comenzaron a iluminarse y emergentes figuras silenciosas se dirigieron al encuentro de quién no paraba de recorrer un trayecto circular casi perfecto. Abrazos, palmadas y palabras de aliento se generaban, a medida que los arribados y el desencajado galés, entraban en contacto.

El llanto agudo, proveniente del interior, disparó un baño de lágrimas en más de uno de los aguardantes. El amanecer señalaba el inicio de una nueva jornada. La puerta se abrió lentamente y un diminuto ser, envuelto en mantas, fue depositado en los robustos brazos de un padre, suplicante y agradecido al mismo tiempo. El médico hizo su salida final, minutos más tarde. Felicitó a quién no realizaba movimiento alguno ni quitaba la vista del acunado. Previo a retirase, señaló que Anwyn todavía permanecía dormida y que todo se había desarrollado dentro de lo esperable. Vendría a realizar un primer chequeo, horas después.

El grupo, que permaneció fiel hasta el desenlace, tras nuevos saludos y felicitaciones en abundancia, comenzó a dispersarse. Gareth, caminando con lentitud, como buscando no inquietar a la criatura, se acercó a los límites del campo cultivado. En el lugar, comenzó a entonar una alegre melodía infantil de su tierra. Ella hablaba de juegos y su comparación con distintos animales, según su personalidad o atributos físicos.

Los pequeños brotes comenzaban a teñir de verde, la oscuridad del labrado y prolífico suelo argento.