Y mewnfudwr (El inmigrante) II
Rhan (Parte) III
Gareth desbordaba de alegría. A la noticia de un nuevo embarazo de su amada Anwyn, se acababa de agregar la novedad sobre uno de los recién arribados. Era oriundo de un poblado vecino al suyo, en las tierras del dragón rojo. Había tenido la oportunidad de visitar dicho lugar un par de veces y un dejo de nostalgia lo sacudió brevemente. Gareth terminó sintiendo una mezcla de orgullo y respeto hacia su coterráneo, al enterarse que, a pesar de su humilde procedencia, había cursado estudios superiores y practicaba la medicina. Hasta esa ocasión, nunca la presencia de alguien fue tan oportuna. Los eventos inminentes que tendría que enfrentar la colonia y en un futuro algo más distante, la pareja de galeses, demandaría, de manera desesperada, por esos conocimientos.
No hubo tiempo para una recepción formal. La urgencia de lo que estaba en ciernes lo impidió. El ojo clínico de Alec lo llevó a no requerir de ninguna clase de explicación previa y rápidamente, impartió las primeras directivas relacionadas con el cuidado de los enfermos y las medidas de prevención para los no afectados. Se trataba de alguna variante de una enfermedad respiratoria. Sus particularidades incluían la manifestación un tanto desplazada en el calendario, la transmisión agresiva y lo más llamativo, la desmedida cantidad de enfermedades oportunistas que arremeterían tras su paso. Afecciones al músculo cardíaco, neumonías, trastornos articulares y neurológicos, comenzarían a irrumpir entre los agotados convalecientes.
Una tos casi incesante, dolores corporales intensos y una fiebre quemante, conducían a la postración. La deshidratación y la falta de apetito, potenciaban el debilitamiento. El médico se abocó a tratar los cuadros más urgentes y en las franjas etarias más vulnerables como los niños pequeños, los ancianos y las mujeres embarazadas. Compresas de agua en la cabeza, cuerpos cubiertos con telas mojadas, administración de caldos e infusiones a cucharadas, eran parte del tratamiento. No había, casi, grupo familiar sin algún infectado. Las primeras víctimas no tardaron en aparecer. Los cuerpos eran sepultados de manera rápida, sin ninguna clase de servicio ni acompañamiento de familiares ni amigos. Los féretros, precarios en muchas oportunidades, eran confeccionados con lo disponible en ese momento. Puertas, muebles y tablas ubicadas en la paredes, formaron parte de la materia prima. Los rezos y lecturas de pasajes bíblicos eran incesantes. El miedo y la angustia oprimían el sentir colectivo.
Francisco y los miembros de la comitiva que se mantuvieron de pie y hablaban idiomas, oficiaron de traductores. Acompañaban de aquí para allá, al incansable galeno. En más de una oportunidad, no pudieron evitar ruborizarse ante el nivel de groserías emitidas por el profesional, cuando las cosas no resultaban según lo esperado. Terminaron siendo testigos de toda clase de prácticas de emergencia como incisiones menores para posibilitar drenajes e incluso, un par de cirugías. No todos los intérpretes estaban preparados para esa clase de espectáculos y huidas a toda prisa, arcadas, vómitos o la pérdida temporal del conocimiento, eran imágenes no tan infrecuentes de observar. A la tercera semana de la aparición de los primeros casos, la evidencia demostraba que lo peor estaba quedando atrás. El número de casos nuevos y sus desagradables secuelas, disminuyó de un modo importante. Lentamente, la vida social comenzó a restaurarse y el dolor provocado por la pérdida de seres queridos, ganó un protagonismo generalizado. El duelo de toda una comunidad, iniciaba su recorrido.
Con algo más de un mes de retraso, los maltrechos miembros sobrevivientes de la comisión de límites, iniciaron su traslado hacia el próximo destino, localizado más al sur. La intención de concluir con la mayor parte del trazado establecido antes de la llegada del siguiente invierno, se mantenía en pie. Un objetivo ambicioso pero posible de conseguir. El tarea de los otros grupos de trabajo no se vio afectada y eso mantenía en alto las expectativas.
Gareth y su grupo íntimo no padecieron los síntomas y signos de la peste. No obstante, existió un precio a pagar. El enojo de los más pequeños y su consecuente gritería, empujones y manotazos a raíz de la reducción del espacio para llevar adelante sus juegos, requirió de los progenitores, grandes dosis de paciencia.
Algo no andaba bien. Anwyn no paraba de quejarse y moverse en el transcurso de las horas de sueño de los últimos días. Por momentos, la producción de sudor era copiosa. Nada de ello había acontecido durante los embarazos anteriores. Definitivamente, algo no andaba bien.