martes, 29 de abril de 2025


El delicado sonido del viento

El fauno se dispuso a esperar, sentado en la roca tantas veces frecuentada. Sin edad definida y con una paciencia generosa, sus ojos comenzaron a recorrer la inmensidad en la que estaba sumergido y al concluir, extrajo del morral que descansaba a su lado, una pequeña flauta. “La espera con algo de música, se hace más llevadera,” se dijo y momentos después, las primeras notas al azar, comenzaban a emerger del instrumento. Hecho de caña y por sus propias manos, mostraba símbolos y figuras finamente tallados en los espacios que separaban los orificios. No era el único que lo acompañaba pero consideraba que éste, para ese instante, era el adecuado. El viento del mediodía no tardaría en acercarse. Las notas que danzaban en el aire comenzaron a enlazarse y el ritmo y la melodía arribaron al instante. La canción, un tanto aguda, era absolutamente festiva. No cabía de ninguna otra manera, para ese día, en ese entorno.

La formación rocosa, sometida a la tranquila pero inexorable erosión, estaba surcada por profundas grietas de variado espesor. El viento, al recorrer los tortuosos recovecos que ofrecían, generaba diferentes sonidos. La variedad sonora dependía, básicamente, de la velocidad del fenómeno al momento de iniciar la agitada incursión. El fauno había descubierto accidentalmente el sitio, en una de sus prolongadas caminatas. Atraído por una especie de silbido intermitente, se aproximó con el clásico recelo. En el lugar y a cubierto, contempló con atención lo que ocurría y una vez lograda la confianza suficiente, transitó el último trayecto, terminando de confirmar la situación. De ahí en más, fue un asiduo visitante y llegó a permanecer tardes enteras, deleitado con lo que oía. Creyó, en algunos momentos, haber percibido cierta cadencia. A esa musicalidad, apreciada además como una suerte de mensaje, la terminó bautizando el delicado sonido del viento. Su memoria era buena y en el hogar, se empeñaba en repetirla una y otra vez.

En una ocasión, haber sabido interpretar a tiempo la especie de sirena que no paraba de reproducirse e incrementar casi sin intervalos su estridencia, probablemente le haya salvado de lesiones físicas muy serias y por qué no, fatales. El día había comenzado diáfano aunque nubarrones en el horizonte, generaban una extensa banda oscura, de aspecto alarmante. Nada hacía pensar en lo que estaba a punto de generarse y a la velocidad en que ocurrió. El fauno, a diferencia de otros de su misma especie, no se incomodaba por una mojadura y un poco de barro consecuente o el estar a merced de un molesto ventarrón. Pero aquello estaba a un nivel que exigía la inmediata búsqueda de un refugio o pagar el precio por ignorarlo.

Se encontraba, como era habitual, con los ojos cerrados y dejándose arrastrar por el torrente musical que brotaba entre las piedras. Un par de estridentes chillidos, lo arrancaron del éxtasis embriagador. Algo no estaba nada bien. Los últimos rayos de sol estaban a punto de extinguirse bajo un manto de una negrura casi perfecta y que no paraba de retorcerse. Un viento feroz comenzó a irrumpir de manera avasallante. Las bocas de los diversos cortes no paraban de escupir una advertencia atronadora de lo inminente. Un fauno algo aturdido, partió raudo hacia la protección. Conocedor del sitio, sabía adónde hallarla. Avanzar comenzó a tornarse un verdadero suplicio. Una verdadera muralla de agua, ramas y pedruscos que golpeaban como proyectiles, castigaban sin piedad, a la desguarnecida criatura. Extenuado, dolorido y sangrante, se introdujo en la cueva salvadora.

Allí permaneció durante horas. Vio ríos enloquecidos descender de las alturas y llevarse consigo, todo lo que podían. Un coloso pétreo detuvo su rodada a muy corta distancia. “Si hubiese terminado contra la entrada, salir de aquí habría resultado casi imposible,” pensó. Era la naturaleza en su costado más salvaje y toda clase de pensamientos, desde los más pesimistas hasta los que consideraban la magnificencia de tal demostración de poder, no dejaban de asaltarlo.

Todo eso forma parte de un inquietante recuerdo. Algunos lo siguen invocando con ribetes de catástrofe. Para él, en cambio, todo sigue reducido a una escala de sonidos y mensajes que esperan ser descubiertos. Pueden ser tan suaves como el gorjeo de un ave impulsado por su sed de apareamiento o vibrantes, como la sinfonía de rugidos, que anteceden a la pelea