Y mewnfudwr (El inmigrante) II
Rhan (Parte) I
Han transcurrido casi cinco años desde el arribo de Anwyn y Gareth a la incipiente colonia, ubicada en proximidades de la cordillera. La fertilidad de la pareja es tan proverbial como la de la tierra misma y el cuarto vástago descansa en los brazos de un emocionado progenitor. La falta de acuerdo entre ambos sobre la cantidad de hijos considerada adecuada o suficiente, hace pensar en una descendencia final bastante elevada. La creencia bastante difundida, de considerar a varios natalicios como amortiguadores del dolor generado por la ausencia de una muerte temprana, es para ellos, una posibilidad que carece de todo asidero. No hay especulaciones sobre el tema. Cada arribo refiere únicamente, a una pareja sumergida en un desbordado océano de amor.
Las habilidades del agricultor, la bonanza climática de los últimos ciclos de siembra y el riguroso manejo del dinero obtenido, les ha permitido aumentar la cantidad de tierras propias. Dos parcelas circundantes terminaron siendo adquiridas y eso no hizo más que potenciar el círculo virtuoso de producir más e incrementar las ganancias. Varios se acercaron con diferentes propuestas de negocios, algunas con supuestos retornos elevados. Una a una terminaron siendo rechazadas. Gareth solo se sentía cómodo en lo que conocía como semillas o métodos de labranza y consideraba que un inversión equivocada o finalmente una estafa, podía terminar perjudicando, incluso, el bienestar familiar. Y eso era algo que no pensaba resignar de ninguna manera.
El progreso, lenta pero de manera inexorable, continua con su marcha. Las obras de construcción de un ferrocarril que conectará la cordillera con la estepa y las grandes metrópolis están en marcha y esto, facilitará la salida de la producción y la llegada de mercadería. Los caminos existentes, en su mayor parte, todavía se reducen a meras huellas con poco o ningún mantenimiento. El tránsito vehicular es penoso, ni hablar cuando llegan las lluvias y las bajas temperaturas. Lagunas que inundan las pasadas, lodazales que se congelan y algún que otro derrumbe, dejan a las colonias o grupos familiares, directamente aislados y en más de una ocasión, durante semanas.
Un
tema no resuelto y que resulta una verdadera pesadilla, son los
grupos de individuos dedicados al robo, algunos extremadamente
violentos. La masacre de todas sus víctimas, sin distingo de edad
ni sexo, los diferencia del resto. Para ellos no existe más justicia
que la pena capital, sea durante los enfrentamientos o seguido a una
captura, fortuita o no.
Ese era el caso de una banda
integrada por una mezcla de individuos de diferentes razas y países,
que operaba en ambos lados de la frontera. Se movían de un lado a
otro, según las circunstancias. Conocían a la perfección el
terreno y se valían de cuanta ventaja se encontrara a su alcance.
Llevaban adelante los atracos bajo los efectos del alcohol,
totalmente embrutecidos y en ausencia de todo límite.
La
última matanza había obligado a la permanencia en la zona de la
patrulla volante. Conformada por seis agentes del orden, se engrosaba
de manera irregular con la presencia de los vecinos. Éstos, además
de brindar el apoyo logístico en forma de alimentos y albergue, se
desempeñaban como guías durante las salidas, algo fundamental en
circunstancias donde lo empírico tenía más validez que la pobre
cartografía existente, plagada de blancos e imprecisiones.
Una
paradoja del mal tiempo es que impide todo tipo de incursiones,
incluidas las de los maleantes. El largo encierro se combate con
mateadas, repetidas conversaciones y juegos de naipes hasta el infinito. El
repaso, una y otra vez, de los enseres necesarios para cabalgar y de
las armas, completan todo el repertorio que ayuda a pasar las horas.
El consumo de bebidas alcohólicas es controlado con recelo y de
manera entrecruzada, por todos los presentes. Lo último que se
necesita, puertas adentro, es el inicio un conflicto de
consecuencias impredecibles.
La única oportunidad de
cruzarse con los malvivientes fue durante una larga persecución,
donde no se pudo acortar distancia, producto del agotamiento en las
cabalgaduras. El saldo final lo conformó un delincuente herido, gracias a un certero disparo. Días
más tarde, su cuerpo fue encontrado con evidentes muestras de
ajusticiamiento, a cargo de sus socios.
Se había convertido en un lastre, algo intolerable para una
actividad
que requiere siempre, de la máxima movilidad posible.
Gareth
se acercó al capitán, quién repasaba sus notas en silencio. Tenía
algunas ideas que compartir sobre una posible solución del problema.
A media lengua, expresó:
- "Ellos emplean dos pasos
fronterizos para ingresar o retirarse. Uno permanece cerrado
más tiempo a causa de las inclemencias climáticas. Si deciden avanzar
apenas las condiciones lo permitan, lo harán, obviamente, por la
opción disponible. Próximo a la desembocadura de la vía, hay una
fracción de tierra que se torna intransitable en estas épocas. El
suelo es demasiado fangoso y su tránsito fatiga a gran velocidad,
tanto a hombres como a bestias. Habría que conducirlos hasta allí,
donde serían fácilmente reducidos."
- “Aniquilados, querrá decir. Para que eso ocurra, se necesita, en primer lugar, la ventaja de un avistamiento temprano de sus movimientos ¿Es posible contar con ello?”
- “Existe una elevación cercana, que lo permite. Está ubicada a tiro de largavistas. Desde allí saldría el aviso de alerta. Estando a cubierto, la seguridad de quién vigila, está garantizada.”
- “¿Cómo nos llegaría esa información? ¿Cómo conducirlos de manera efectiva hasta la trampa? Podrían salir en cualquier dirección, una vez perseguidos.”
- “Mediante señales de humo. Es un método viejo pero efectivo. La elevación referida, integra un pequeño cordón que impide el paso. Bastaría que un segundo grupo de montados ingrese de manera lateral, para evitar el desbande.”
Considerando la viabilidad y en completa ausencia de alternativas factibles, se convocó a una reunión con los locales. En el interior de un galpón que oficiaba de granero y tras un acalorado mitin, se ultimaron los detalles para la ejecución. Se distribuyeron las tareas, incluso se designaron los jinetes a cargo de la persecución.
En general, todo salió dentro de lo previsto, hasta el exterminio completo de los malnacidos. El viento complicó la dirección del humo, la humedad del suelo el encendido a tiempo de un par de fogatas y la rotura parcial de un un juego de binoculares, la interpretación con claridad de los mensajes. Hasta el inicio fallido de la operación a raíz de una falsa alarma, integró la lista de desaciertos.
Atrapados en el lodo y conocedores del único destino que les aguardaba, los bandoleros se defendieron como bestias acorraladas. Alcanzaron su último respiro de las formas más variadas. Sometidos a balazos, garrotazos, uno por asfixia en el barro y otro, que intentó la rendición, fue degollado sin piedad por un vecino cargado de odio, originado en la muerte de su mejor amigo a manos de esos sanguinarios.
Días más tarde, la patrulla volvió a su habitual recorrido por los caminos de la región, ahora un poco más seguros.