sábado, 1 de marzo de 2025

 

李 (Li) II

Parte III

El invierno estaba dando sus últimos estertores. La vida comenzaba a salir de su letargo producto de temperaturas cada vez más benignas y horas de luz notablemente incrementadas. La puerta de acceso a la vivienda de Mei fue víctima de los golpes de nudillos pertenecientes la pesada mano del general Hao. El sirviente se dirigió presuroso y al abrirla, la imagen del gallardo militar, acompañado de la habitual custodia de tres soldados y un oficial, dominaba la escena. El sirviente inició rápidamente un respetuoso saludo y esperó en silencio, las palabras del visitante. Hao, de manera cortés, le expresó que deseaba ver a Li, su viejo camarada de armas. El sirviente, tras solicitarle que ingresara al salón de recepción, se retiró a gran velocidad, dando aviso de su llegada. Li se hizo presente unos momentos después, invitó a Hao a tomar asiento y le ofreció algo que le sería irresistible. Instantes más tarde, un par de copas con vino de arroz de exquisita procedencia, esperaban por su degustación.

Posterior a un breve sorbo, Hao preguntó sobre la experiencia del viaje al reino del norte, del que habían transcurrido algo más de dos meses. Li, a su vez, le indagó sobre las últimas actividades protagonizadas. Agotados ambos momentos, Hao señaló el verdadero motivo de la actual visita. Deseaba que Li participara de una cacería de tigres, en una zona boscosa donde solían ser observados. Li terminó aceptando; disfrutaba de la compañía de su amigo y de todo lo relacionado con el viaje y la caza. No obstante, sufría de un verdadera paradoja con este botín en particular, gracias al respeto y la admiración que sentía por él.

Después de una semana de preparativos, que incluyeron diligencias de lo más variopintas, el acopio de alimentos y la contratación de carros para su transporte, junto con a todo lo necesario para la aventura y una permanencia confortable, la expedición se encontraba lista para partir. La noche previa a la salida, Li recibió de Mei un verdadero compendio de recomendaciones y al final, el deseo que todo resultara una grata experiencia.

Instalados en el poblado próximo al sitio de caza, el comentario unánime que se oía por doquier, refería al regreso de una bestia conocida y apodada 老獵人 (viejo cazador). Era un tigre entrado en años, de dimensiones destacables y cuyas irrupciones, un tanto cíclicas, coincidían con la salida de inviernos rudos. Se había intentado atraparlo en varias ocasiones y ninguna con éxito. Se logró, eso sí, lastimarlo en cada oportunidad y con ello, un consecuente aumento en la agresividad del animal. Su avistamiento había terminado convocando a una cantidad inusual de cazadores, varios pertenecientes a las familias más adineradas o a la nobleza imperial. La ostentación de equipos e indumentaria y el desfile de vanidades, estaban a la orden del día.

Enterado de ello, Li se reunió con Hao y a la pregunta de tener conocimientos previos relacionados con la aparición, el segundo apeló a la diplomacia para dar su respuesta, es decir, no negó ni confirmó nada.

Una consecuencia inmediata de la gran movilización fue la rápida no disponibilidad de batidores locales y un aumento progresivo de sus pretensiones, a medida que la demanda se incrementaba. Se agotaron, incluso, los servicios provenientes de las localidades cercanas. A sabiendas de ello, los conductores de los carros dijeron contar con las habilidades suficientes y ofrecieron sus destrezas por un pago razonable. Razonablemente alto, en realidad. La imperiosa necesidad hizo que varios se salieron con la suya.

Los primeros grupos que partieron, llegaron sin novedades. Recién al tercer día, integrantes de la comitiva de un quejoso comerciante de marfil y piedras preciosas, señalaron haber visto pisadas de generosas dimensiones y escuchar un par de rugidos, provenientes de la espesura.

Li y Hao iniciaron sus salidas y todo transcurrió sin resultados. Los carreros tenían un desempeño decente y solo se avistaron presas poco codiciadas en comparación al premio mayor. Todo cambió al finalizar la primera semana; el tigre, evidentemente, comenzó a sentirse acosado y a diferencia de otros animales que podían huir a las alturas, este daba muestras de una actividad cada vez más cercana los hombres. En un sector cubierto por un bosque bajo de gran densidad, se produjo el ataque. Uno de los batidores no tuvo oportunidad alguna. Se hallaba próximo a la sigilosa bestia, que aguardaba refugiada en el denso follaje. Un compañero, alertado por el grito, corrió en auxilio pero al arribar, todo había concluido. El hallazgo de un cuerpo seriamente mutilado, reflejaba el poderío de lo que enfrentaban.

El revuelo terminó alertando a otros y después de confluir en los hechos, se dio inicio a una persecución protagonizada por varios mastines, buscando acorralar a la presa. Ello culminó con varios mal heridos y un animal cada vez más furioso. La adrenalina estaba en el punto más alto y esto trajo aparejado errores de procedimiento, que en esas circunstancias, podían resultar fatales.

El ímpetu provocó dispersiones parciales de los grupos y en un momento, Li se encontraba solo y totalmente alerta, desplazándose arco en mano, en medio de la vegetación. Detuvo su marcha de manera abrupta. Un abultado matorral terminaba de ceder, al paso a un felino que impactaba con su tamaño y magnificencia. Los años de enfrentamientos, le permitieron al general, mantener la concentración e impedir que el miedo lo desborde. Mientras su vista no se apartaba de la inquietante presencia, realizaba suaves movimientos, intentando agregar una segunda flecha al arco. El tigre siguió acercándose y cuando se aprestaba a dar el salto final, dos proyectiles partieron a su encuentro.

La corta distancia del disparo impidió la herida mortal. La inercia del movimiento terminó arrojando a la pesada bestia sobre Li, que fue derribado y aplastado sin consideraciones. El general logró extraer su cuchillo y comenzó a asestarle puntazos donde podía. Con el brazo libre, intentaba evitar las embestidas a la zona del cuello. Con ello, estaba pagando el precio de una extremidad probablemente destrozada.

Se debatía queriendo evitar el anunciado final cuando Hao y otros, alcanzaron la frenética contienda. El tigre, debilitado de forma progresiva por la hemorragia de múltiples heridas, mantuvo hasta su último aliento, una defensa prodigiosa a base de brutales zarpazos y feroces mordidas. Abatirlo exigió tiempo, esfuerzo y un compendio de heridas en los atacantes, fuera de todo registro.

Inerte, el espléndido animal fue rodeado en silencio y varios realizaron gestos o movimientos que señalaban admiración y respeto. Los heridos y el cuerpo del felino, fueron traslados a la poblado. Allí se repartieron varias de sus partes, a modo de trofeos. Li recibió la codiciada piel. Pudo tomar conciencia de ello cuando la fiebre, la infección y los intensos dolores de su martirizado brazo, se lo concedieron.

La angustiante espera tuvo su recompensa. El miembro que actuara de escudo, permanecería en su lugar. Recuperar su movilidad, inevitablemente reducida, tomaría una buena temporada.