martes, 24 de diciembre de 2024

 

Roldán (MSTH)

Sucesos - parte I

Justo Roldán, más conocido como Roldán a secas, tiene una multitud y ninguna profesión a la vez. Adivinador, tarotista, clarividente, hechicero y algunos más, forman parte del bagaje de títulos atribuidos popularmente. Criado por su abuela y su madre como nieto e hijo único natural, la primera realizaba curaciones menores relacionadas con el llamado mal de ojos y el empacho; conocedora, además, de las propiedades medicinales de variadas hojas, flores y frutos, no tenía remilgos en indicar el consumo de tal o cual, según las circunstancias. En su madre, se agregaron otras habilidades relacionadas con la astrología, la lectura de las líneas de la mano, la borra del café y la posibilidad de establecer conexiones, más bien amigables, con los espíritus de antepasados. Pero existía un límite que no se atrevía a sobrepasar por temor a las consecuencias, contemplables en aquellos temerarios o insensatos que incursionando en ciertos rituales o lecturas, concluían sumergidos en lo más tenebroso del más allá. Para Roldán, en cambio, el trato con esto último, terminó transformándose en un hecho casi cotidiano.

Justo Roldán nació y creció en un barrio populoso de los suburbios. De niño, disfrutó como el resto de sus amigos, de interminables juegos con la pelota y demás actividades propias del aire libre. Siendo adolescente y joven algo más tarde, logró esquivar con éxito las tentaciones y los peligros que se encontraban al acecho. No era de los más juerguistas ni tampoco un automarginado de la vida en sociedad. Las primeras intervenciones en el mundo de la sanación fueron como una especie de diversión entre los más cercanos. Pero las mejoras que se producían en general eran tan notorias, que su nombre comenzó a circular de boca en boca y el prestigio, a la par, no paró de alimentarse y crecer.

La primera situación más compleja que protagonizó en público fue a la salida de un baile. Formaba parte de un grupo ruidoso que no paraba de reírse, debido a las cargadas y bromas circulantes. También ubicados bajo las decrépitas luminarias cercanas al local, se hallaban otros, compartiendo los mismos hábitos. De imprevisto, apareció un desconocido, preguntando por Roldán. Justo se identificó y en medio del silencio general, el recién llegado le solicitó su asistencia para un compañero. Roldán, entre dudas, se dirigió hacia el doliente. Iba acompañado, a cierta distancia, por el resto, ahora transformados en inocultables curiosos.

Estaba en el suelo, apenas iluminado por las luces de encendedores que se prendían y apagaban todo el tiempo. Por momentos inmóvil, por momentos sacudido por los enérgicos espasmos, no respondía a las consultas y babeaba sin cesar. Los ojos entreabiertos y de color blanco, los quejidos o suaves gruñidos que emitía de manera intercalada, tornaban algo tétrica a la escena. Roldán conocía de vista al sufriente y consultó sobre lo que había consumido. Las respuestas coincidieron más o menos en lo mismo. Nada fuera de lo común, más allá de un par de vasos de bebida alcohólica a lo largo de la noche. Era sabido que no estaba tomando ninguna clase de medicación. Roldán pidió que fuera llamada una ambulancia, sin dejar de observar con manifiesto interés al caído. Entre los cuchicheos, una voz en alto señaló que quizás, existía alguna relación con lo que estaba haciendo últimamente. Acompañaba a un conjunto de extraños, en sus frecuentes visitas nocturnas a los cementerios. Según sus palabras, intentaban, mediante conjuros, revivir a un muerto.

Oído lo anterior, Roldán lanzó un fuerte suspiro y meneando la cabeza, se inclinó sobre el infortunado, quedando a muy corta distancia de su cara. Pidió que le sujetaran con firmeza los brazos y las piernas. Con una mezcla de vacilación y miedo, los más intrépidos acataron lo pedido. De inmediato, pronunció un par de expresiones incomprensibles y tras ello, el caído, lanzó una feroz carcajada.

– “¡No tienes idea de cómo proceder, verdad!”, le escupió en el rostro.

Justo, sonriente, le devolvió un “¡Ahora, sí!” Un nuevo palabrerío y la víctima comenzó a revolverse y a maldecir en todas las direcciones. Varios recularon, al borde del espanto. Un par se persignaba, mientras acompañaba en el retroceso. Instantes después, el sometido permanecía como sumido en un sueño profundo. “Pueden soltarlo.”, indicó el tratante, mientras se ponía de pie.

-“¿Qué fue eso?”, se escuchó a modo de interpelación.

– “Había escuchado de las andanzas de ese grupo de inconscientes. Era solo cuestión de tiempo hasta que dieran con lo que no debían. Liberaron un espíritu condenado, propio de algún malviviente con antecedentes de cierto calibre.” , justificó Roldán frente a quienes lo rodeaban, ansiosos de una respuesta que los ayudara a entender.

– “¿No le traerá consecuencias?”, volvieron a preguntarle.

– “ Esta vez, lo dudo. Espero que haya aprendido la lección. Participaba de algo que no justifica la curiosidad ni cualquier otra razón. Las consecuencias pueden ser devastadoras, si se pierde el control producto de una agresión mayor.

El juego de luces colorinches, anunciaba el inminente arribo del vehículo sanitario.

El enfrentamiento cara a cara con espectros, apariciones y demás, tuvo su inicio cuando debió socorrer a su madre, víctima de uno de ellos. Era una sesión de espiritismo más y el ser, dominante y ruin, aprovechó un momento para colarse en la misma. Los participantes comenzaron a ser castigados con brutalidad. Sus gritos y lamentos alertaron al joven Justo, que se encontraba en la habitación contigua, disfrutando de una buena lectura. Apenas ingresado, recibió el impacto de un pequeño candelabro en el rostro. Dolorido y sangrante, ayudó en la evacuación de su madre y la pareja que oficiaba de cliente.

Interesado por la confrontación con individuos del más allá poderosos y por ende, de elevada peligrosidad, había devorado cuanta lectura al respecto había conseguido. Siempre dudó de la completa veracidad de todo lo aprendido y ésta sería una muy buena o muy mala oportunidad para comprobarlo. A solas con el desgraciado, que a duras penas podía divisarse, comenzó con el recitado de frases de protección personal. En el transcurso, el malévolo no dejaba de arrojar objetos y en un par de ocasiones, intentó poseerlo. La propia salvaguarda estaba funcionando. Correspondía proseguir con los enunciados de expulsión y luego vendrían los de purificación del sitio. El agresor detuvo sus movimientos y comenzó a vibrar, de manera progresiva, con una intensidad cada vez mayor. Insultos y pestilencias surtidas, inundaron el espacio. Finalmente, se desvaneció. Roldán estaba exhausto. Cuando se retiró, todo era desorden y roturas en gran parte de los adornos. La sollozante madre abrazó con fuerzas, a la tambaleante figura de su hijo.

Roldán ha soportado denuncias por fraude, relacionadas con su accionar. Si bien es cierto que no existe un rótulo definido para sus quehaceres, también es cierto que nadie ha presentado ante la justicia, algún tipo de queja o demanda. Ni siquiera en Media, la red social por excelencia del cotilleo y la difamación, figura alguna referencia negativa sobre Justo. Fue precisamente en ese espacio donde, famosos clarividentes, incitaron a tales acciones pero en concreto, nada ha empañado la imagen de Roldán. Para completar el panorama, existe una especie de paradoja relacionada con un quiromante. Conocedor de sus limitaciones, deriva casos complejos a quienes considera como los mejores para su resolución. Uno de ellos es Roldán y el otro, el prestigioso Sambueza. El primero admira profundamente al segundo.

Roldán tiene una gran afinidad con el padre Evaristo, un gigantesco sacerdote con espíritu misionero. Instalado en la humilde parroquia barrial, es imposible removerlo del cargo como de ese sitio. Profesa por los feligreses y demás vecinos, un profundo cariño y comprensión. Una prueba de ello son las modestas instalaciones, colmadas de manera abrumadora, cada domingo. Olfatea como pocos la presencia del maligno en todas sus versiones. Las múltiples necesidades crónicas ocasionadas por la miseria, terminan, muchas veces, en desesperación y ésta, empujando al desguarnecido a la imprudencia. Y es allí donde el mal hace su negocio. Tiene entre ojos a dos brujas blancas que lucran con su preparados y hechizos de poca monta. Conoció personalmente a Roldán, cuyo prestigio ya lo precedía, cuando hubo de expulsar a una bruja con todas las letras. Instalada desde hacía un tiempo en una casucha abandonada en el fondo de la villa, no paraba de generar toda clase de calamidades. Era indudable su apoyo en fuerzas oscuras de trascendencia. Roldán vivía donde siempre, a unas pocas cuadras del templo. Allí recibió la visita del párroco. Escuchado el planteo de la situación, accedió al posterior pedido de acompañamiento y entre ambos, después del griterío, malos olores, roturas de objetos y lesiones menores, neutralizaron a la nefasta en cuestión. Una última invocación y un ángel carcelero, de efímera presencia, engrilló sus manos y rodeó su lengua con un anillo. Ambos se desvanecieron casi al instante, lo mismo que sus malsanas destrezas.

Continuará…