Cristalino y Cuartirolo,
Dos ladrones con algo de suerte...
Cristalino y Cuartirolo cumplían al pie de la letra y hasta con creces, la obligación impuesta. Las dos salidas semanales del comienzo, dieron paso a tres y más tarde, casi no disponían de una noche libre. Su eficiencia los condenó a ser los más solicitados. Hasta el jefe terminó reconociendo los resultados, y por ello, realizando lo casi impensado. Cumplió con la palabra de dar por saldado el compromiso y comenzó a otorgarles dividendos. Por fin, la balanza comenzaba a inclinarse lentamente hacia la buena ventura para nuestros protagonistas.
La noche tiene sus códigos y aquellos considerados al comienzo como un par de burdos e inofensivos peleles, los conocían al detalle. No hacer preguntas ni emitir opiniones si no son requeridas, ejecutar sin reparos las intervenciones físicas necesarias y no andar fisgoneando en lo transportado, son parte del tácito decálogo criminal. La tarea se realiza con el máximo silencio posible y la vista concentrada en el objetivo. Algo tan vulgar como un tropiezo y el consecuente porrazo de la persona y lo acarreado, podía implicar que el desafortunado, todavía en el suelo, recibiera un abultado combo de insultos y golpes. Ello, sin otra noble intención que la de promover en el desatento, la toma de conciencia sobre la importancia de hacer las cosas de bien y de una. C y C recibieron, en alguna oportunidad, esta aleccionadora sabiduría.
Poco a poco, esa nada favorable imagen inicial, comenzó a revertirse. Hubo quiénes, nostálgicos quizás, no terminaron de adaptarse a la evolución del dúo y fueron, por ello, amablemente reprendidos. Un par de días de internación, vendas, analgésicos y hasta eventuales inmovilizaciones de brazos o piernas, obraban maravillas en los espíritus menos transigentes.
La vida nocturna los condujo a mantenerse aislados del resto del personal de la empresa. Ingresaban por el vehículo cuando todos se habían retirado y lo devolvían antes de su llegada. La interacción estaba circunscrita al reducido contacto con el jefe y los diálogos con el encargado de la seguridad nocturna. El primero, una vez arribados, transmitía las directrices correspondientes y volvía a lo suyo de manera inmediata. De repente, la rutina laboral cambió. Ambos fueron convocados en horas de la tarde. Un par de choferes habían sufrido un sorpresivo retraso y la entrega, urgente como siempre, aguardaba por su destino. Allí descubrieron la nueva faceta de quienes los empleaban. Desde hacía un tiempo, se había iniciado un nuevo servicio de traslado de mercaderías a plena luz del día y dirigida a depósitos ubicados en los límites con otros estados. Desde ellos, el desplazamiento continuaba con empresas pertenecientes a cada lugar. Eso reducía, en alguna medida, las sospechas de ilegalidad en el asunto.
El viaje transcurría con normalidad. Cuartirolo iba al volante.
– "Parece que estamos transportando contenedores llenos de plumas. Quizás este vehículo está potenciado. O ambas cosas."
– "Así es. Observé el estado de las cubiertas antes de salir y casi no mostraban ningún aplastamiento. Vamos muy livianos."
El diálogo continuó con trivialidades hasta que Cristalino se percató de un seguimiento. Un vehículo se mantenía, desde hacía un buen trecho, a cierta distancia.
– "¡Nos están acompañando!" exclamó por lo bajo.
– "Llama al jefe de inmediato. Estamos próximos a la salida de la autopista." sentenció Cuartirolo.
Tras una efímera comunicación, Cristalino, transmitió las novedades a su compañero.
– "Todo debe mantenerse según lo planeado. No hagamos nada para demostrar que nos dimos cuenta.", expuso por lo bajo.
– "¡Maldita sea nuestra mala suerte! Esto ya se sabía. ¡Nos están usando como un maldito par de cobayos!" escupió Cuartirolo, enfurecido.
– "Parece que sí. No sé cómo continuará, pero me preocupa." respondió Cristalino, con ansiedad.
Con la tensión creciente en ambos, salieron de la multivía, accedieron a otra de menos carriles y finalizaron en un camino que conducía al acceso posterior del depósito buscado.
El vehículo jamás dejó de estar presente y en ese último tramo por donde avanzaban, se desató el infierno. Después de recorrer una hilera de árboles colindantes a la senda, un par de automóviles interceptaron a los persecutores y se inició un grueso intercambio de disparos. C y C continuaron en movimiento, mientras observaban absortos por los espejos, el brutal espectáculo. Alejados lo suficiente del jolgorio, detuvieron la marcha e ingresaron al sector de cargas a observar los bultos. Estaban completamente ocupados por el aire. Emprendieron el regreso. Desconocían qué les esperaba. No encontraron huella de lo acontecido ni a nadie, aguardándolos en alguna parte.
En la oficina del jefe y esperando recibir una generosa respuesta, debieron contentarse con un escueto resumen, ningún agradecimiento y menos, disculpas. Entre los abatidos, figuraban la pareja de choferes originales. Bajo su conducción, habían recibido un par de asaltos y en el último, la sospecha de su complicidad en los hechos, se hizo bastante probable. Se decidió tenderles una trampa y Cristalino y Cuartirolo formaron parte de ella, en absoluta ignorancia. Terminado el monólogo, fueron despedidos hasta la próxima salida. Quedó demostrado que eran tan prescindibles como el resto. Algo cambió en el interior de ambos y con el tiempo, ese algo sería incontenible en su deseo de hacerse realidad.
La necesidad de dar un paso al costado de la organización o de un profundo cambio en su condición se hizo patente. Pero, cómo lograrlo y permanecer vivo en una sola pieza, eran las claves del asunto. No imaginaban a un jefe condescendiente, aceptando razones y despidiéndose con un fuerte apretón de manos a cada uno. El diseño y ejecución de la estrategia requería de un elevado empleo de materia gris y probablemente, de fuerza bruta. Como siempre, intentaban mantenerse lo más alejado posible de la última, en especial, si no era justificable. Pero ahora, sí podían liberarse acompañados de ella, no dudarían un instante en hacer todo el uso necesario.
Carecían de números precisos sobre las ganancias finales de la operatoria pero suponían que lo percibido por sus servicios, eran verdaderas migajas. Sin derechos de ninguna clase ni voz solicitada para lo mínimo siquiera, les exigían y solo se aceptaba de su parte, una obediencia ciega. La frustración en cada uno, estaba virando gradualmente a la ira.
Después de darle varias vueltas al asunto, pudieron concebir dos únicas maneras de lograr alguno de los objetivos pretendidos. Terminar enfrentando al jefe con los jerarcas de la organización o, mejor aún, enfrentar a la organización con otra rival y exponer a quién los mandaba como el responsable del altercado. Desde que empezaron con los traslados, quedó en claro que no gozaban de la exclusividad en el ramo. Las rutas y los territorios de trabajo debían respetarse de manera estricta pues cualquier modificación, por inofensiva que pareciera, podía encender la mecha y dar comienzo a una batalla campal. Retornar a la tranquilidad implicaba pérdidas humanas y materiales para los involucrados y le permitía a colegas no tan poderosos, entrometerse y pretender una tajada. Como todo ello formaba parte de recuerdos con poco polvo encima, se intentaba evitar que volvieran a repetirse.
La ciudad estaba distribuida en pedazos proporcionales al poderío de las bandas criminales. De todas, había una a la que no se debía provocar. Operaba desde la calle cincuenta y tres hacia el oeste y se caracterizaba por un accionar propio de salvajes. Era el candidato a tener como aliado. La clave residía en cómo poder acercarse sin morir en el intento. Pretender hacerlo, ofreciendo información ventajosa de los propios, jamás. Pocas cosas son más detestadas que la traición, sin importar el perjudicado.
El puerto y sus alrededores constituyen la gallina de los huevos de oro del contrabando. Genera un nivel tan elevado de ingresos, que su explotación ilegal está a cargo de un verdadero conglomerado. Integrado por fuerzas del orden, políticos, jueces, administrativos de toda clase y un cerebro criminal al frente, querer sacar algún tipo de provecho allí equivale a desapariciones sin ninguna clase de rastros o bien a apariciones cargadas con un ampuloso muestrario de traumatismos y partes faltantes. La lección que se pretende impartir, seleccionará el método de persuasión conveniente.
C y C estaban retornando al depósito bastante antes de lo previsto. Una falla inesperada, caracterizada por momentáneas detenciones del motor, impedían continuar con el itinerario previsto. En proximidades, observaron al jefe, quién debería estar durmiendo a esas horas, dirigirse a un sector no esperado de la ciudad. Algo estaba ocurriendo y era imposible dejarlo pasar. Arribados, mientras Cuartirolo acomodaba el vehículo para su inspección, Cristalino partió en su motocicleta a gran velocidad. Esperaba poder alcanzarlo. Bastaron unas decenas de cuadras para encontrarse detrás y a una distancia que intentaba disimular el hecho. Finalmente, se despejaron todas las dudas acerca de su destino, al traspasar la cincuenta y tres y continuar avanzando. Iba directo al sitio de reunión de los malnacidos Nórdicos. Cristalino emprendió la retirada.
Era tiempo de cobrar una vieja deuda contraída oportunamente por Luisito, también conocido como el jerbo. Durante una estancia común entre rejas, el haberlo protegido de una inminente paliza a cargo de un par de abusadores, generó el compromiso. El tamaño del pequeño Luis y su nariz larguirucha, acompañada de unos mostachos pelilargos y no muy abundantes, le valieron el apodo, que terminó convalidando más a la fuerza que por convicción.
En la habitación reinaban el caos y la mugre. Luisito, semioculto tras el grupo de pantallas, apenas levantaba la vista mientras dirigía la palabra y seguía en lo suyo, el resto del diálogo.
- "¿Tienen alguna imagen del sujeto?
- "¿No debería pasarte el nombre, primero?, exclamó Cristalino, mientras lidiaba con su celular, intentando encontrar alguna fotografía del jefe.
- "¡Para nada! Donde me manejo, eso aparece como parte de la información del sujeto ¿La encontraste?"
- "Sí ¿Cómo la envío? ¿Por email, bluetooth?"
- "Dame el cachivache", suspiró Luisito. Tras pasar la pantalla frente a lo que se comportaba como un scanner, lo devolvió, sin prestar la mínima atención al propietario.
- "¿Cuánto tiempo te tomará conseguir algo relevante?", señaló Cuartirolo. No es muy urgente pero...
- "¡Apuestas! El tipo es un maldito ludópata y les debe a los vikingos una fortuna. Esos salvajes no se privan de nada que brinde ganancias pero el juego por grandes sumas es su verdadera fuente de ingresos. "
Tras la sorpresa por la velocidad, Cristalino, consultó lo siguiente:
- "¿Tienes formas de acceder a la deuda?"
- "Está delante de mis ojos. Esos idiotas serán unos verdaderos violentos cuando actúan, pero la seguridad del sistema que emplean es más vulnerable que un cavernícola frente a un puñado de caramelos." Y leyó el número en voz alta.
C y C se alejaron unos pasos y tras deliberar en voz baja, se aproximaron nuevamente al jerbo.
- "Es una cifra importante pero la podemos costear. Incluso, agregarle un pequeño bonus. ¿Tienes forma de acceder a esos desgraciados?
- "Sí, y después de eso, estamos a mano, ¿de acuerdo?"
C y C asintieron, levantando casi al unísono los pulgares derechos.
Dos noches más tarde, irrumpieron en la oficina del jefe que, como era habitual, se encontraba en solitario y enfrascado en lo suyo. Levantando la vista, detuvo las tareas. No era común la presencia en conjunto.
- "Ya les entrego el recorrido. Pero, ¿pasa algo más?" Todo ello mientras su mano derecha, se dirigía lentamente hacia el arma alojada de manera estratégica, en la estructura del escritorio.
Cristalino marcó una serie de dígitos en su celular, esperó la conexión y pasó el dispositivo al patrón, quién, con un mezcla de inquietud y dudas, tendió su mano y ubicó el aparato próximo a su oreja. La palidez iba ganando terreno a medida que las palabras llegaban. No hubo ninguna interrupción de su parte.
Cuando la comunicación finalizó, devolvió el aparato y permaneció en silencio.
- "¿Quedó todo claro?" sentenció Cuartirolo, al tiempo que lo fulminaba con la mirada.
Con el rostro enrojecido por la rabia, confirmó sin emitir palabra.
C y C continuaron nuevamente con sus andanzas. Ahora tomaban parte en las decisiones y recibían un porcentaje generoso de los beneficios. En breve, terminarían desplazando definitivamente al otrora cabecilla. Haber comprado la deuda de juego y contratar un seguro de vida a los matones, había invertido la realidad. Accidentalmente, todo eso había llegado a oídos de los verdaderos líderes. Conocedores de las reglas de la calle y de cómo relacionarse con los demás, los transformaba en especímenes con potencial. Esperaban el inminente contacto.