Partisano
Capotes negros
Los bombardeos, sin dudas, estaban dando resultado. Un par de viejos cazas, disponibles gracias a una transitoria baja en la intensidad del combate en el frente principal, habían sido derivados hacia la región y operaban desde unas antiguas instalaciones, reacondicionadas de manera modesta. La escasez de recursos se hacía sentir y lo poco disponible, se destinaba al combustible y los repuestos. La pista de tierra se mantenía a costa del esfuerzo personal de propios y voluntarios y con el empleo de un par de carretillas, picos, palas y pisones de mano.
Los reiterados ataques sobre las líneas de aprovisionamiento provocaban la necesidad cada vez mayor del enemigo, de tener que desviar tropas para obtener recursos. Hasta las necesidades más básicas estaban insatisfechas. Patrullas con alta movilidad, se encontraban desde hacía un tiempo, atosigando a granjeros o pequeñas poblaciones, en demanda, básicamente, de alimentos. Y una de ellas, de hábitos bastante violentos, se desplazaban de manera habitual, en una fracción de terreno no muy alejada desde donde operaban Pier y los suyos.
Ambos grupos eran viejos conocidos. Habían tenido un cruce casual a cierta distancia y los partisanos se llevaron la peor parte. La elevada puntería promedio del enemigo, terminó provocando la inmediata retirada del carpintero y los suyos. El saldo más lamentable fueron dos camaradas seriamente heridos. Uno de ellos terminó falleciendo producto de una sepsis incontrolable y el restante, no tuvo más remedio que alejarse de la activa participación de campo. Tener que emplear elementos de apoyo a la hora de desplazarse, fue determinante en ello.
El tejido cicatrizal de una herida profunda, ubicada en la espalda de Pier, le generó molestias transitorias al comienzo y finalmente, dolores que no se retiraban y progresivos en la intensidad. El veredicto médico fue determinante; sufría de tracciones en la musculatura y no quedaba otra alternativa que una cirugía para su separación. Esto implicaba reposo y sobre todo, paciencia, algo que el carpintero venía perdiendo de manera casi inexorable.
La temporada de lluvias llegó con una duración y abundancia poco comunes. Caminos cubiertos de lodo o directamente inundados y derrumbes en las zonas altas, los habían tornado, en algunos casos, directamente intransitables. Los aviones, que oficiaban de guardianes en la región, debieron mantenerse en el suelo, producto de la pista reducida a una planicie con consistencia jabonosa y plagada de agujeros y cortes, gracias a las incesantes corridas de agua que la surcaban. La llegada de suministros se agravó con el paso de los días. Pronto, las urgencias alcanzaron tal magnitud que se llegó a intentar suerte con el traslado de mercadería a lomo de burros y caballos. Pero rápidamente se detuvo. La demanda satisfecha terminó siendo mínima en comparación con el esfuerzo y los riesgos soportados por humanos y bestias.
Las patrullas furtivas del enemigo, comenzaron a las andadas. Interceptarlos era imperioso, producto de la angustiante existencia de los locales. Pier, todavía en rehabilitación, se sumó a la partida de caza. En carácter de voluntarios, hicieron lo propio, cuatro soldados deseosos de adrenalina. Semanas enteras destinadas a ver cómo llovía, estaba crispando los nervios de quienes no dejaban de convivir con la acción.
El grupo llevaba casi una semana debatiéndose entre el barro, los patinazos, las enterronas y las interminables mojaduras. El no hallazgo del blanco perseguido podía verse como una victoria transitoria pero no dejaba de ser nada más que eso. Los agresores, por sí solos, no se detendrían. La llegada a los asentamientos, les permitió enterarse de la captura de integrantes de patrullas enemigas. Un denominador común era la notable disminución en el peso corporal de los prisioneros. Ello hablaba a las claras, sin dudas, de la ineficiencia en el arribo de suministros elementales que padecían.
Fue en el recodo de un sendero previamente transitado por Pier y compañía, donde se produjo el encuentro. A la sorpresa inicial del repentino hallazgo, ocasionado por los obstáculos naturales que entorpecían la visión y la intensidad del aguacero, que se engullía todos los sonidos, se sumó otra, mucho más desagradable. Varios de los enemigos integraban los denominados de manera despectiva, capotes negros. Así se llamaba a esa especie de secta de fanáticos que disfrutaba de múltiples privilegios y capaces de sacrificar sin remordimientos, a todo aquel visto como opositor, integrante de fuerzas propias o ajenas. Eso explicaba en gran medida, su elevado nivel de preparación e incluso, hasta la excelente condición física. No gozaban de ninguna clase de clemencia durante un enfrentamiento.
Las acciones se desarrollaron mediante el uso de armas de puño y blancas. La oportuna incorporación de soldados a los integrantes de la resistencia, terminó siendo definitiva. Solo se respetó la vida de tres combatientes muy jóvenes que arrojaron sus armas y rompieron en un llanto conmovedor. La pesadilla había concluido.
Con el paso del tiempo, lo que no era más que una expresión de deseos para muchos, comenzó a ganar fuerzas y tomar visos de realidad. El gigantesco arribo de fuerzas aliadas mediante un monumental desembarco estaba a punto de producirse y era esperable, para ese escenario, la masiva convocatoria a todos aquellos compatriotas capaces de brindar su apoyo.
Los partisanos responderían prestos e incondicionalmente a la cita.