El vuelo del águila...
“Dedicado a Jack London, cuyas líneas directas y cargadas de realismo, disparaban mi imaginación durante los momentos de lectura…”
Se detuvo en el borde de la saliente. Buscó la mejor orientación con respecto al viento y cuando la obtuvo, desplegó las alas y se arrojó al vacío. Instantes después, surcaba los aires con la elegancia y la eficiencia propias del cazador. El tercer párpado no cesaba de humedecer la poderosa visión. Detectada la presa, un vuelo en picada y el abalanzamiento sorpresivo final. Vuelta a ganar las alturas y encontrar un espacio tranquilo donde engullir el premio. Puro instinto. Pura naturaleza...
No siempre fue salvaje. Sustraído del nido siendo apenas un polluelo, pasó a manos de quien se encargaría de criarlo y más tarde, someterlo a entrenamiento. Sin malformaciones ni secuelas de traumatismos o de enfermedades que afectasen la capacidad de vuelo y la eficacia de los sentidos, apenas alcanzó el tamaño suficiente, soportó una rutinaria enseñanza de habilidades que lo terminaron convirtiendo en un instrumento de caza. Nada de eso consiguió apagar en lo profundo, el llamado de lo salvaje. Bastó una corriente inesperada que lo elevara por los cielos, durante una monótona jornada de cestería, para observar desde las alturas cuán amplio y majestuoso es el mundo y pequeño y miserable el grupo de hombres debajo. Rompió de manera instantánea la cadena invisible que lo mantenía prisionero y se alejó en búsqueda de lo incierto y maravillosamente desafiante…
Los primeros tiempos de libertad fueron los más duros y por lógica, los que más dudas y zozobras trajeron. La comida y el cobijo no estaban siempre garantizados y obtener, sobre todo lo primero, no era tan simple. El ambiente natural y sus condiciones no se apiadan de las necesidades. Tan solo es así y quién no se adapta, perece. Lo aprendido para hacerse de alimento, servía de manera relativa y tuvo que conseguir la técnica adecuada, a golpe de fallos y hambre. Pero no desistió. Prefería pagar con la vida antes que retornar al cómodo sometimiento...
Cuando alcanzó la edad necesaria, la urgencia de la reproducción predominó por sobre todas las emociones. Disputó con fiereza una porción de territorio a un viejo macho y una vez sometido, se adueñó del lugar y comenzó el cortejo y la cópula con la hembra de turno. Brindó calor y alimento a las ocasionales crías y se mantuvo solícito hasta su primer vuelo, para luego alejarse, sin remordimientos…
La dieta, generosa y nutritiva, a base de pequeños mamíferos y peces, le garantizaron la salud y el vigor necesarios. Instalado en lo alto y en lugares de difícil acceso, logró evitar el ataque inesperado de los depredadores. Con el tiempo, comenzó a soportar el acoso de jóvenes cargados de pretensiones pero por el momento, bastaba con un par de violentas sacudidas para poner las cosas en su lugar. Permaneció alejado de los humanos. Lo compartido fue gradualmente suplantado por las nuevas experiencias y eso afirmó las conductas instintivas, que sólo saben de jugar en libertad, las reglas del medio...
El tiempo y las etapas biológicas propias de cada ser vivo no cesan en su avance. La fortaleza ya no es la misma y el último retador, cargado de ínfulas, apenas fue contenido. El contrincante lo supo y era solo cuestión de tiempo, uno muy breve, para que volviera a intentarlo...
El momento de dar paso a quién lo suceda ha llegado. Elige la piedra más alta y el día más luminoso para realizar el último vuelo. Las condiciones no son las óptimas para el planeo y permanecer en el aire exigirá un gran esfuerzo, que no podrá sostener por mucho tiempo…
Se para en el filo, despliega sus alas e instantes después, se lanza al sobrevuelo del majestuoso paisaje...