El extraño (MSTH)
Soy un borracho intentando su recuperación. Por segunda vez. Creyendo tener el poder sobre el control de la bebida, he reincidido y de inmediato, supe que todo se me iba de las manos. Este nuevo intento de querer mantenerme sobrio, muestra el verdadero rostro de la abstinencia. Alucinaciones acompañadas de una sudoración tan elevada que me termina empapando, ataques de ansiedad, de pánico y dolores comparables, tal vez, a los de una mutilación, me vapulean por separado o en combinaciones. Esto eleva el sufrimiento personal a un nivel cercano al desquicio. Había escuchado alguna vez la expresión de estar en el infierno y brindar con el diablo. De haber transitado por lo primero a lo largo de mi trayectoria como bebedor y en este momento, estoy completamente seguro y de lo siguiente, no podría confirmarlo ni desmentirlo. Y es esto último, precisamente, lo que realmente me preocupa.
Mi integridad se encuentra en un estado de fragilidad elevada. Infecciones respiratorias, digestivas y hasta cutáneas, se declaran y progresan de un modo vertiginoso y erradicarlas se torna complejo. No tengo margen para una nueva recaída y de hacerlo, sin dudas, terminaría de un modo fatal. Al menos por el momento, no tengo intenciones de comprobar esa casi segura certeza.
He sido todo el tiempo, un consumidor solitario. Me considero una especie de moderno ermitaño. Terminados los estudios universitarios, que me permitieron asegurar la independencia económica, comencé progresivamente a distanciarme de la interacción social. No pienso que los demás son personas con vidas o hábitos equivocados. Simplemente y a muy temprana edad, había descubierto el maravilloso encanto de la soledad, con su incomparable sensación de libertad frente a toda clase de ataduras, afectivamente cercanas o distantes.
La adición tuvo su origen durante el transcurso de los estudios superiores. En las juergas, era común compartir cierto tipo de bebidas. Inicié con las de baja graduación y de a poco, el porcentaje de alcohol y sus respectivos volúmenes, se fueron incrementando. La aparente resistencia a sentir los efectos de la droga, causaba cierta admiración entre mis compañeros y eso no hizo más que impulsarme en la ingesta. Hacia el final de la carrera, podría decirse que era un alcohólico en ciernes. No obstante, mi comportamiento discreto, producto de un aparente autocontrol, evitó la marginación y el rechazo de los demás. Logrado el preciado egreso y de allí en adelante, continué como único participante de una desenfrenada carrera que tenía por meta, el beber y beber. Las resacas, mientras transcurrían, podían compararse a un viaje con permanencia en el averno. Dolores de toda clase y hemorragias internas, cortes en el rostro y moretones varios, aparecían cada vez con más frecuencia. Nunca supe si eran producto de golpes propinados por las fuerzas del orden mal humoradas que debían acudir a mi rescate, o bien, consecuencia de caídas donde el control personal brillaba por su ausencia.
Entre vapores de alcohol, en los bares más recónditos y con las eternas aves nocturnas como ensimismados testigos, recuerdo, de manera remota, la enigmática presencia. Llegaba en altas horas de la noche, siempre en silencio. Vestía infaltablemente de negro. Su mirada parecía indagar hasta en lo más oculto de quién se le atravesaba en el camino. Ordenaba con gestos y consumía dando sorbos regulares. Solía recorrer con la yema del índice, el borde del vaso que descansaba sobre el círculo de papel. Ubicado en proximidades y ante un brindis ocasional, el sorbo subsiguiente podía saber a néctar o a hiel. Una sensación de calor sofocante o frío glaciar podía invadirme según el tenor de las breves palabras intercambiadas.
Cuando todo aquello se hizo presente en los recuerdos, la inquietud me impulsó a visitar los espacios frecuentados con asiduidad. En dos de ellos recordaban su paso y abrupta desaparición, cuando dejé de concurrir; en otro, en cambio, comentaron algo muy poco habitual. Había reaparecido por allí y se instalaba en cercanías de un desguarnecido borrachín. Una noche, partieron juntos y al día siguiente, el enfermo fue hallado muerto a escasa distancia y con una expresión en su rostro que reflejaba el haberse enfrentado a un terror absoluto. Me retiré del sitio lo más rápido que pude.
Ideas y sensaciones encontradas no cesan de ir y venir desde entonces. ¿A quién tuve enfrente? ¿Por qué me acompañaba? ¿Guardaba alguna relación con lo último? Y si es así, ¿pretendía lo mismo para mí? En nuestros reducidos y confusos diálogos, ¿asumí algún compromiso o hice algún ofrecimiento de los que tenga que arrepentirme? El tiempo transcurrido desde las ocasionales reuniones y la ausencia de algo inesperado, parecen demostrar que no hay razón para alarmarse.
El miedo desbocado impide que los violentos temblores lleguen a su fin. No puedo alejar de mi cabeza la cara del extraño, con su mirada profunda y el vaso en alto, reflejados en el líquido de la botella. Ésta descansa en el sector de bebidas alcohólicas del gran almacén, que termino de visitar.